Marlango – The Long Fall
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Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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[Un dibujo de Wil Freeborn de una librería de Glasgow llamada Voltaire and Rousseau. Imagen encontrada en Librosfera.]

Ahora que se han terminado los exámenes, tenemos un poco más de tiempo libre y no todo van a ser pintas, pubs y noches. Que hay que aprovechar los pocos días de sol que tenemos aquí en Inglaterra.

De nuevo, el césped de la Universidad, una cheesecake, un coffe-frappé y Carlota Fainberg de Antonio Muñoz Molina.

Dos hombres que sólo tienen en común la nacionalidad y que no volverán a verse nunca mantienen un encuentro fortuito en una sala del aeropuerto de Pittsburgh. Uno de ellos es Claudio, un profesor de literatura que se dirige a Buenos Aires a dar una conferencia, a quien Marcelo, extrovertido ejecutivo de empresa que espera vuelo a Miami, cuenta una historia secreta que vivió en un hotel bonaerense.
Luego los viajeros se separan, y pronto Claudio descubrirá en el mismo hotel en que estuvo Marcelo los límites entre realidad y ficción. La tenue frontera donde pueden coexistir amor y muerte.

Me ha llamado la atención en este libro el uso de ciertas palabras en inglés, que el autor ha escrito deliberadamente en ese idioma, sin traducirlas, ni siquiera con notas aclaratorias a pie de página. Muchas de ellas son expresiones inglesas -o americanas-, o palabras para las que no tenemos una traducción exacta en nuestro idioma. Es curioso ir leyendo y no pararse en la narración, sea ésta en español o en inglés, cuando tienes un cierto conocimiento del idioma extranjero y entiendes que esos términos en concreto que el autor ha escrito en inglés no se pueden traducir, no manteniendo todos los matices necesarios para ello, y sigues leyendo, asimilando la palabra inglesa y disfrutando de la estupenda prosa de Muñoz Molina en castellano.

Los dos personajes, Claudio y Marcelo, son españoles. Marcelo identifica a Claudio como español en la sala de espera del aeropuerto y a partir de ahí se inicia la conversación, la trama de la novela. ¿Podemos los españoles identificarnos entre sí?

[...]
Un español reconoce a otro mucho antes de oírlo hablar, nada más que viéndole la pinta. Vas por Nueva York, un ejemplo, por la Quinta Avenida, a la hora de más gentío y más tráfico, ves en un semáforo a una pareja, de espaldas a ti, los dos con camisas y vaqueros, de unos treinta y tantos años, (…) y no sé por qué pero lo sabes, lo puedes jurar: “Esos son españoles”. Qué le vas a hacer, tenemos esa pinta, ese look, como dicen ahora.
[...]

Carlota Fainberg, Antonio Muñoz Molina

Este año que he pasado en el extranjero he vivido alguna situación parecida, sobre todo los primeros meses. Cruzarte con alguien en el campus de la Universidad e intuir, saber, que es español. Una sonrisa al hablar en inglés en un pub y preguntar sin ninguna duda ¿eres español, verdad? ¿Es cierto que nos podemos reconocer, nos distinguimos de alguna manera especial respecto a personas de otras nacionalidades?

No puedo dejar de hacer un apunte filológico, como estudiante de Hispánicas que soy. En Carlota Fainberg se nombra brevemente El Quijote. Quien haya leído un poco de bibliografía sobre él, o simplemente sepa de algunas de las nuevas corrientes teóricas que han surgido en literatura en el último siglo, este párrafo del texto le sacará una sonrisa divertida:

[...]
- Pero tú también has escrito sobre Cervantes, Morini -acerté desmayadamenta a objetar.
- Por supuesto, pero desde un approach innovador, teniendo en cuenta a Lacan y la Kristeva, y sobre todo la Queer Theory, el cutting edge de la crítica, atreviéndome, arriesgándome un poco, Claudio, off the beaten track, acuérdate de mi estudio sobre drag queen epistemology y cross dressing en la segunda parte del Quijote…
[...]

Carlota Fainberg, Antonio Muñoz Molina

Ahora que se acerca el verano, ese momento de elegir libros para leer durante los meses de descanso, mi recomendación es cualquier libro de Antonio Muñoz Molina. Vosotros, queridos lectores fantasmas, ¿me recomendáis algún libro para cuando vuelva a la ciudad del cierzo, dentro de un mes y poco?

Se acabaron las clases en la Universidad, en aulas modernas con ordenadores, proyectores y pizarras blancas. Se acabaron los exámenes casi más formales y con más papeles que rellenar que Selectividad. Se acabó lo de escribir essays deprisa y corriendo la tarde de antes. Se acabó el buscar bibliografía en la biblioteca. Se acabó ir a clase con un café gigante del Starbucks porque la noche anterior habíamos salido.
Se acabó oficialmente el curso erasmus, un mes antes de lo que estoy acostumbrada.
Queda esperar las notas de los exámenes, de los essays, preguntar cómo se hacen las convalidaciones, terminar papeleo erasmus, perseguir a los coordinadores por los pasillos para que te firmen los papeles para irte, etcétera. Y el papeleo al volver a la Universidad de Zaragoza, claro.

¿Y ahora?
Me queda un mes para volver a la ciudad del cierzo, en la que ahora se está celebrando la Feria del Libro. Ayer me perdí el recital de poesía de Luis Alberto de Cuenca y la presentación de Los hijos de Mary Shelley. Me consolaré yéndome una semana a Escocia. La semana que viene vamos a Edimburgo y subiremos al Lago Ness y las HighLands. La última semana de junio iremos a Londres, porque Londres es Londres y es imposible no visitarla cuantas más veces mejor. En medio, terminaremos de ver Birmingham, iremos un día a Manchester, diría que disfrutaremos de la primavera inglesa, pero ahora mismo, si saliera a la calle, estaría por ponerme el abrigo, así que no sé. Haremos maratones de series y pelis en nuestro piso erasmus, tenemos algunas pendientes. Pensaré en los cafés con hielo y las cañas que me tomaré con los amigos en terrazas en la ciudad del cierzo mientras aquí sigue haciendo frío.
Y escribir un poquito, que siempre es bueno.

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[Ilustración: #15m, de Medina]

La semana pasada fueron todo etiquetas: #15m #nolesvotes #spanishrevolution #acampadasol #acampadazgz #estoesreflexión y muchas más. La semana pasada fue raro estar en Inglaterra cuando el centro de la noticia era España. La semana pasada explicábamos a los amigos extranjeros lo que nosotros creíamos que estaba pasando, de pinta en pinta, o de descanso de biblioteca en descanso de biblioteca. La semana pasada no hubo manera de centrarse en los apuntes. Ni libros, ni apuntes, ni reportajes que terminar, ni essays que imprimir, ni acordarse de poner la lavadora, ni de responder a unos cuantos emails pendientes. La semana pasada hizo frío. Es junio y estamos a 10ºC.

A las 3am seguíamos conectados a Facebook y Twitter comentando los resultados. Pues vaya. Teníamos un examen a las 9am. Café. Cuéntame lo que sabes de estos dos libros, 1.30h. Luego al pub, a seguir comentando lo que pasa a kilómetros de distancia. Volvemos a estudiar, mañana otro examen. Llueve y hace frío.

Después de comer me voy a la biblioteca. Voy a la sección de literatura española y busco algo de poesía. Es uno de esos lunes lentos. Luis Alberto de Cuenca me llama desde la estantería. Voy a comprar fruta y té y decido que ya estudiaré esta noche. La verdad, ahora no me apetece nada.

La verdad

La verdad es que no sé qué es la verdad,
y no puede ser bueno que no sepa
algo tan importante como eso.
La verdad es que si alguien va y me dice:
“Es muy sencillo, imbécil: la verdad
es esto o es lo otro o las dos cosas”,
me deja estupefacto. Y si pregunto
qué es la verdad en realidad, si esto,
si lo otro o si al tiempo las dos cosas,
mi informante contesta: “Eso depende”,
y, la verdad, me quedo como estaba.

En Animales Domésticos, Luis Alberto de Cuenca.

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[Imagen de mi cajón de sastre. Alusión a las tramas policiales y la novela negra que pueblan mis apuntes sobre la literatura española de los años ochenta.]

Estudiando a Antonio Muñoz Molina para mi asignatura de Spanish Fiction since 1975, me encuentro con un artículo titulado Los libros y los trenes que escribió en enero de 1989. Este año estoy viajando mucho en tren, mucho. Y leyendo también mucho en ellos. Por eso, me siento un poco identificada con lo que comenta el escritor.

Las novelas que leemos al viajar recobran su primitiva condición de relatos orales, como si un desconocido sentado frente a nosotros nos contara una historia y sentimos que las palabras avanzan impulsadas por la misma velocidad con que el tren cruza el paisaje, y cuando bajamos de él, extraviados y torpes, nos parecerá que salimos de un libro.
Dice recordar algunos viajes no por el lugar a donde fue, sino por el libro que leyó durante el trayecto. En los trenes ha leído algunos de los libros que más le importan, y es posible que una parte de la intensidad con que se fijaron en mi memoria deba atribuirla a la circunstancia del viaje, porque la soledad del tren anima a mirar y a leer con avaricia.
___
Los libros y los trenes, 21 de enero 1989, en La voz narrativa de Antonio Muñoz Molina, de Manuel María Morales Cuesta en editorial Octaedro, pág. 77.

Y recuerdo, este año, The Curious Incident of the Dog in the Night-Time, Mark Haddon y el viaje a Liverpool, El guitarrista de Landero y Cardiff, Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente y Warwick, Pomelo y limón, Begoña Oro y Mi vecino de abajo, Daniel Nesquens y Madrid (esa vez, en bus), Smoke and mirrors, Neil Gaiman, en avión a Zaragoza, de nuevo El medallón perdido de Ana Alcolea volando a Francia, La retaguardia, Hans Waal y Londres de nuevo, El gran teatro del mundo, Calderón de la Barca y los viajes en cercanías a Birmingham. Y algún otro que me habré dejado por el camino.

And I`m scared that this could end
face down in the park again
wondering where I left my mind last night
but that`s alright, you`re my terrible friend
Everyone is pretty and fun, everyone is lovely and young
Everyone is gentle and gone, but everyone`s just everyone

Nosotros queríamos cruzar el charco. Pasar un verano en Nueva York, ir a conciertos de jazz en clubs de la gran ciudad y ver atardecer en la azotea de un rascacielos. Cruzar la 66 con un viejo coche y parar en todos los cruces de camino a tirar una moneda y que ella decida nuestro camino. Queríamos ponernos tacones y corbata en París, cenar en el césped frente a la Torre Eiffel e ir a la ópera. O tomar una copa en una terraza en Viena y escuchar música clásica, Bach, por ejemplo, que fue nuestro primero. Ir todas las noches al teatro, al cine o a un concierto. Queríamos hacer la maleta y decirle a nuestra familia: – volvemos en tres meses, llevamos la tarjeta de crédito, cámara de fotos y las ganas de ver sitios nuevos.

Queríamos cruzar el charco, pero nos conformamos con el canal de la Mancha.
Algún año iremos a Coachella.

Lunes lento. Tormenta de verano en Birmingham. Relámpagos a mediodía. De ir a comerse una cheesecake a la biblioteca con la excusa de estudiar un poco ni hablamos. Tumbarse en la cama con música de Marlango después de haber comprado el billete de avión para volver a casa en julio. Esto es definitivo, se acaba, me quedan dos meses de erasmus. Todo tiene fecha de caducidad, algunas cosas más que otras.

Too many words
to explain all the ways
to get lost
or get found
or just stay here going round

too many days
to find too many ways
to get lost
or get found
or just stay here sitting round

I hide my head between my arms
and see all things flying by
swirling in the air
shifting as I stare

Hoy he terminado de leer un libro que me ha encantado. Si es que ya os lo decía, hay que dejarse aconsejar por buenos amigos. Los libreros de la preciosa librería El pequeño teatro de los libros me recomendaron un libro sobre una mujer que intenta montar una librería: La librería, de Penelope Fitzgerald. En España está publicado por la editorial Impedimenta con una edición y traducción cuidada.

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- ¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? – le gritó al viento-. ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?
- Han perdido el deseo por las cosas raras -dijo Raven mientras seguía limando-. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.

Novela finalista del Booker Prize, La librería es una delicada aventura tragicómica, una obra maestra de la entomología librera. Florence Green vive en un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 está literalmente apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por «lo que no tiene». Florence decide abrir una pequeña librería, que será la primera del pueblo. Adquiere así un edificio que lleva años abandonado, comido por la humedad y que incluso tiene su propio y caprichoso poltergeist. Pero pronto se topará con la resistencia muda de las fuerzas vivas del pueblo que, de un modo cortés pero implacable, empezarán a acorralarla. Florence se verá obligada entonces a contratar como ayudante a una niña de diez años, de hecho la única que no sueña con sabotear su negocio. Cuando alguien le sugiere que ponga a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, se desencadena en el pueblo un terremoto sutil pero devastador.

Como dicen, No English fiction of recent times, it seems to me, not even Graham Swift’s admittedly wonderful ”Waterland,” commands this novel’s chosen geography, the endless salty waterlands of eastern England, as Penelope Fitzgerald’s does. Leyendo La librería volvemos a finales de esos años cincuenta en los que en un pequeño pueblo del este de Inglaterra ser invitado a una fiesta o las visitas para tomar el té todavía son símbolo de estatus social y el café instantáneo acaba de llegar a las tiendas. La lectura nos atrapa sin apenas darnos cuenta y pronto estamos siguiendo con interés el intento de Florence Green de abrir una librería en Hardborough, en una casa cerca del mar, con humedad y un caprichoso poltergeist.

Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad.

Estos días han salido dos discos nuevos de esos que si estuviera en España me compraría sin pensármelo dos veces. Coque Malla y Vetusta Morla tienen disco nuevo. Russian Red también estrena dentro de poco. Y Amaral ya está en el estudio grabando. Buena música es lo que necesito para recuperarme. No prometo que no vuelva a hacer la locura de esta última semana: escribir cuatro essays en semana y media. Pero intentaré organizarme mejor. La eterna promesa del estudiante. Ja.

Después de buscar los efectos dramáticos en La vida es sueño, desenredar el metateatro en El gran teatro del mundo, analizar al protagonista de El guitarrista y explicar la mezcla de cartas, recortes de revista, radionovelas y canciones populares en la narración de Boquitas Pintadas, nos hemos sentado al sol de la primavera inglesa, en el césped de la Universidad, con una cheesecake con mermelada de frambuesa y un café frío. Por la tarde, nos hemos ido a ver al guapo de Thor al cine.

Esta noche, todo lo que voy a hacer es tumbarme en la cama a escuchar esto:

o esto:

Y luego, algo de lectura de placer: La librería, de Penelope Fitzgerald.
Ya pensaremos en los exámenes mañana si eso.

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[Imagen de mi cajón de sastre: american typerwrite by delacomisura]

Leyendo artículos sobre el Bildungsroman o novela de aprendizaje/formación para mi essay sobre El guitarrista de Luis Landero para Spanish Fiction since 1975, he encontrado entre la bibliografía que nos pasó la profesora un interesante artículo de Julio Llamazares.
Merece la pena remarcar que es de 1991, aunque podría pasar perfectamente como un artículo publicado en el periódico de esta semana. Os dejo un fragmento:

(…)

Sea por ello o sea porque en España cualquier disculpa es buena para creernos interesantes, la cuestión es que de un tiempo a esta parte se está viviendo una euforia entre los distintos gremios de la industria literaria (editores, agentes, libreros, críticos e incluso algún escritor deslumbrado por el brillo de la fama) que a algunos les ha llevado a creer que estamos viviendo un nuevo Siglo de Oro, y a otros, mucho más prácticos, a descubrir con sorpresa que tienen entre las manos la gallina de los huevos de oro que tanto andaban buscando. Llevados por esa euforia, los editores publican cualquier texto que les cae entre las manos (siempre, eso sí, que el autor de la novela sea joven y, a ser posible, premiado), en las librerías se apilan en torres las novedades, los críticos descubren un nuevo genio cada mañana (encantados de que, al fin, les hagan caso), las autoridades políticas utilizan el fenómeno como . propia propaganda, y los novelistas se dejan querer y escriben a toda máquina, conscientes todos de que el momento es bueno y de que hay que aprovecharlo. Así las cosas, sin ningún criterio crítico, sin ninguna autocensura, sin ninguna selección editorial en muchos casos, la producción literaria se ha disparado en España (más que un Siglo de Oro, parece que estuviéramos viviendo el de la invasión de los bárbaros), y el panorama que se presenta ante los lectores es tan desalentador como desconcertante.

Con tanta nueva novela y tanto autor a su alcance, el problema es tener tiempo para poder leer tanto. Entretanto, mientras todos participan del festín (cada cual a su manera y en su grado), nadie parece acordarse de que la literatura es ante todo oficio de solitarios, que una novela -como un cocido- necesita su tiempo de cocción y de reposo, que en literatura el éxito es un factor secundario y que, para un escritor, lo más importante de ella ha de ser únicamente ayudarle a entender la vida o, al menos soportarla. Y que, aun desde la óptica de quienes la consideran como un negocio o como una puerta a la fama, nada más contraindicado que convertir la novela en un boom o en una moda, porque a la larga, y por mucho que queramos ignorarlo, el destino de las modas es pasar, y el de los booms, convertirse en bumeranes.

TRIBUNA: JULIO LLAMAZARES
La nueva novela española
EL PAÍS – Opinión – 04-06-1991

Ya está aquí el nuevo número de nuestra revista de literatura juvenil El Templo de las Mil Puertas. ¡Esperamos que os guste! Para leer la revista, en este enlace o pinchando en la imagen.
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La nieve se ha derretido, la primavera ha llegado y con ella el Día Internacional del Libro, entre otras cosas. Un año más se organizan ferias, las editoriales nos traen jugosas novedades y las librerías se equipan para hacer frente a la avalancha de compradores.

En este nuevo número nosotros celebramos el Día del Libro con entrevistas a la simpática Carmen Pacheco y al emblemático autor de la serie Pesadillas, R. L. Stine. Además, rendimos un pequeño homenaje a Eva Ibbotson, fallecida en 2010, dedicándole el apartado Autores de Ayer. Los padres tienen un puesto especial en este stand número 21 de nuestra feria particular, pero no os preocupéis: solo hablamos de los arquetipos que aparecen en los libros, no sobre los que tenemos en casa.

Por otro lado, decimos adiós, al menos de momento, al reportaje habitual sobre géneros literarios, pero tranquilos porque tenemos sección nueva para sustituirlo. Con Lugares fantásticos nos acercaremos a los mundos creados por la mente de nuestros autores favoritos, aunque también nos introduciremos en universos ya existentes provenientes de mitos y leyendas y que aparecen en muchos de los libros de fantasía que conocemos (como el Olimpo o la Atlántida). Para empezar con buen pie con la nueva sección, nada mejor que pedirle ayuda a nuestro «padrino» literario, Michael Ende, sumergiéndonos en Fantasía.

Ya de vuelta en el mundo real nos vamos de visita a la librería El Dragón Lector, y os traemos un reportaje sobre los libros anexos, aquellos que complementan nuestras sagas favoritas y que todo fan declarado debería leer.