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Una estudiante de Filología debe hacer fotos filológicas, ¿no?

En el trabajo de Nerea Marco se aprecia la interpretación del cartel como herramienta de comunicación y, también, la invitación a reflexionar sobre la estética en la presentación de los mensajes en la Grecia actual. Se podría hablar de “fotos filológicas” donde emisor, mensaje y receptor están presentes como motivo y latentes como estímulo a la creación.

Algunas de las fotos de la serie Carteles en Grecia que mandé para el concurso:


En las fotos filólogicas no podía faltar El Quijote,

… algún sintagma, …

… alguna teoría al respecto.

Que un Stop al revés te indique que pares…

… y decidir si entrar o salir,…


… si ir a la biblioteca infantil o a la cafetería.

[Artículo publicado en la revista Eléboro del IES Elaios de Zaragoza]

La gracia de Grecia – crónica de un viaje anunciado

Érase una vez unos alumnos de Humanidades a los que el director nunca hacía caso. Ellos, tan cultivados, querían visitar Grecia, cuna de la cultura y las letras, o eso dicen los libros.

Un buen año, el profesor de Latín consiguió que le dejasen organizar la expedición1. Y aquel fue el principio de un viaje inolvidable.

También fue el principio de una serie de movimientos estratégicos por parte de los alumnos del centro para dar a conocer el viaje, el primero de muchos otros.

Primero, fue un impresionante concierto con diferentes estilos de música y un mismo objetivo: mendigar dinero a nuestros amigos y conocidos. Después, fue la tarde de bailes griegos y sándwiches caseros. Unas danzas que más tarde practicaríamos en las discotecas griegas (jaja). Y, por último, fue el blog, lagraciadegrecia.wordpress.com, un lugar virtual de encuentro para los que no estaban en el instituto pero iban al viaje; entre ellos exalumnos (las que escriben esto), otros profesores y amigos de éstos. En el blog colgamos informaciones de los sitios que íbamos a visitar, perfilamos el planning del viaje y cultivamos las ganas de que llegara el día de nuestra partida.

Y llegó.

Amanecía cuando llegábamos a Madrid después de cuatro horas de autobús sin poder descansar. Una vez facturadas las maletas y la mitad del grupo entrando en el avión, unos duendecillos malvados se comieron los cables del tren de aterrizaje. Menos mal que Iberia nos puso en otro avión y nos dio de almorzar. Primera anécdota de las muchas que vivimos.

…¡Y por fin llegamos a Ítaca, digo, a Atenas!

La calle de Aristófanes no era tan cómica como el autor al que debe su nombre. Recordaremos siempre el bar Goya y las estupendas vistas al edificio abandonado que veíamos desde nuestros balcones. Eurípides, el nombre de nuestro hotel, sí hacía honor al ambiente trágico de la calle por la noche.

La tarde del domingo, el día que llegamos, dimos un paseo por la multicultural plaza Monastiraki y el Parque Nacional. Nos hicimos la primera foto de grupo en las escaleras de la plaza Syntagma y vimos el cambio de guardia. También nos sorprendimos de la gran cantidad de perros con pulgas y sin dueño que vagaban por las calles (aunque para los griegos, los gatitos, menos numerosos, son más monos y se merecen postales y calendarios). Nos tomamos nuestra primera pita en Grecia, algo más cara de lo acordado, y nos volvimos al hotel a descansar.

Queríamos celebrar el cumpleaños de Ana Celia, nuestra estupenda guía, en la Acrópolis, pero la lluvia nos aguó la fiesta. Eso sí, muy pocos turistas pueden presumir de haber visto el Partenón con tan poca gente colándose en sus fotos. Se encontraba en peor estado del que nos pensábamos, pero aun así es mágico y sorprendente que lleve dos mil años en pie.

Una parte importante del viaje consistía en patearse el máximo número posible de museos de la ciudad con nuestro pase VIP, la carta mágica, el free-pass autorizado por el embajador griego en España e ilustrado con una foto del mayor entusiasta del grupo (al que le exigimos una fotocopia). Gracias a ese extraordinario documento entramos by the face en el Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Cerámico.

Probamos la riquísima mousaka, plato muy típico de Grecia, y nos fuimos a dormir pronto. Al día siguiente, martes, salíamos de excursión. Nuestra primera parada fue en el canal de Corinto, que vimos todavía sin haber despertado. Ya más despejados llegamos a Epidauro. Las fotos no le hacen justicia (porque no cabe en una sola foto). El coro oficial del viaje intentó demostrar la capacidad acústica del teatro, pero les superó el himno italiano. Pasamos la mañana en la cuna de la tragedia y la comedia y por la tarde nos dirigimos a Micenas. En la fortaleza de Agamenón, buscamos el tesoro de Atreo y con mucha imaginación visualizamos lo que fueran las propiedades del famoso rey, padre de Ifigenia y cuñado de la bella Helena.

Ya de vuelta en Atenas, catamos la cerveza griega con los profesores y comprobamos la simpatía de las camareras antes de irnos al sobre.

El miércoles, después del desayuno en la azotea del hotel con vistas a la Acrópolis, cogimos el metro hasta el puerto de Atenas, El Pireo, y allí nos embarcamos en un ferry que nos llevaría a través del relajante azul hasta la isla de Egina, donde las hormigas se convirtieron en mirmidones. Como caído de ese cielo ya casi veraniego, conseguimos un autobús que nos hizo una ruta completa por la isla, parando en el templo griego de Aphaia (no eran nada tontos estos dioses griegos cuando elegían los emplazamientos para sus templos), el monasterio ortodoxo de San Nectario, recién restaurado, y el templo de Apolo (del que sólo quedaba una columna).

Después de comer, unos cuantos valientes probaron la sal del mar Egeo, bañándose en el agua no del todo clara de la costa de Egina. Ya por la tarde, al bajar del ferry en el puerto de Atenas, se propusieron diferentes planes para pasar la tarde y cada cual eligió el que más le gustaba: compras en el Pireo, paseo por Monastiraki y visita improvisada al estadio olímpico, el templo romano de Zeus y la puerta de Adriano. Esa noche, antes de volver al hotel, encontramos un ciber y actualizamos el blog del viaje a Grecia, La gracia de Grecia.

Nos dimos cuenta de que en pocos días alcanzamos la armonía y compenetración en este grupo tan dispar. En el ecuador de nuestro periplo por tierras griegas, habíamos conseguido un nivel de convivencia del que no puede presumir todo el mundo.

El jueves subimos al bus en Atenas y cuatro largas horas después bajamos en Delfos, con ganas de preguntarle al oráculo si íbamos a aprobar los exámenes de junio. Poco tiempo, calor, ladera demasiado empinada de la montaña y muchas piedras por el suelo es lo que más recordamos de nuestra fugaz visita al mítico Delfos. Eso, y el ómphalos, el ombligo del mundo, en el museo del yacimiento. Por un instante, nos sentimos el centro del mundo.

Después de comer subimos de nuevo al autobús, con la perspectiva de otras cuatro horas hasta Kalambaka. Corríamos el riesgo de aburrimos mortalmente en el trayecto, pero el conductor ligón y nuestra guía más dicharachera e internacional nos amenizaron el camino sin dejar descansar ni un momento el micrófono (ni a nosotros, que queríamos siestear). Aquella noche, como buenos preuniversitarios, los alumnos de Bachiller no se quedaron en el hotel de Kalambaka. Por sus ojeras al día siguiente y su café en vena, supimos que se habían corrido una buena juerga.

Viernes. Vamos a Meteora. El madrugón mereció la pena. Meteora era el principio del cielo y el final de la tierra. Los monasterios construidos por los monjes tenían las mejores vistas de todo el viaje (si no te dan miedo las alturas). Siempre recordaremos esas faldas tan a la última moda que nos tuvimos que poner las féminas del viaje. Meteora era otro mundo; nuestra carta mágica de los museos no funcionó.

La excursión de dos días por la geografía de Grecia se acababa y había que volver a nuestro querido hotel Eurípides en Atenas. De camino a la capital helénica, hicimos una parada en el mítico Paso de las Termópilas, donde yacen los trescientos valientes de Leónidas (y sus acompañantes), que perecieron ante el numeroso ejército del persa Jerjes. La panorámica nocturna de Atenas desde el monte Licabitos nos dejó a todos sin palabras: la luna llena, la Acrópolis iluminada, la bruma nocturna, los cortes de electricidad en el funicular de bajada.

Sábado, nuestro último día en la capital griega. Día libre para compras, para repetir visitas (ver la Acrópolis con sol y turistas), para ver más museos o para coger un bus y bajar al Finisterre griego, el cabo Sounion, a ver atardecer por última vez en Grecia. Saturday night: Salimos a saborear la Atenas nocturna2 y no resultó tan diferente de la española. Nuestro barrio, que por el día no era demasiado acogedor, acabó siendo estupendo para agotar las pocas fuerzas que nos quedaban en el cuerpo tras esta intensa semana.

A la mañana siguiente, último desayuno en Atenas, cerrar las maletas deprisa y corriendo, últimas fotos en el aeropuerto y despedirnos de este país tan lleno de contrastes. Y así, de esta manera, terminó nuestra expedición por la tierra de la mitología y cultura clásicas, a la que seguirán otros muchos más viajes culturales organizados por nuestro querido profesor de Latín y Griego, Tomás Funes.
¿En una palabra? Inolvidable, irrepetible, irrepetible, irrepetible,… maravilloso, mágico, inimaginable, fantástico, mítico, impresionante, divino… Elegid vosotros.

Yo, definitivamente, me hubiera quedado en Grecia

…pero me han obligado a volver. Snif.

Muchas ruinas. Muchas fotos. Mucha gente. Muchas risas.

Y dos finales del mundo en los que me hubiera quedado sin dudarlo.

Meteora, el final del mundo y el principio del cielo.


Sounion, el final de la tierra, un Finisterre griego.

Pero no penséis que todo han sido vacaciones, no. La carrera y los trabajos me persiguen aunque huya a otro país. Tanto que, cuando salía a la calle, lo único que veía eran sintagmas.

Preparando maleta, comprobando pasaporte, releyendo a Kavafis, escogiendo Moleskine para escribir el diario del viaje a Grecia…

“Nuestro viaje comienza en esa misteriosa hora entre el sábado noche y el domingo madrugada, en la que no se sabe si es muy pronto o demasiado tarde. Después de varias horas en el bus intentando dormir un poco, llegaremos a Madrid para desayunar y bajaremos del avión justo para comer en Atenas.”

Podréis seguir nuestras aventuretas por el país de la mitología y la cultura clásica, los monasterios de Meteora, el teatro de Epidauro, el griego clásico y moderno (y nuestros intentos por pronunciar algunas palabras), la Acrópolis, el oráculo de Delfos, los gyros, las musakas y Kavafis en La gracia de Grecia, el blog del viaje.

Prometo esconder bien en la maleta la piedra-ruina de recuerdo que robe en la Acrópolis, probar el eco del teatro de Epidauro, hacer fotos que provoquen vértigo en Meteora y preguntarle a la Pitia de Delfos si aprobaré los exámenes de Junio.

Y volver a la ciudad del cierzo. Bueno, eso no lo prometo tanto.

Sócrates decía: sólo sé que no sé nada.
Yo algo sé, que nos vamos a Grecia.

[La Wiki, que ha ganado a la Encarta por goleada, nos dice que:]

Él no se consideraba a sí mismo sabio, aun cuando uno de sus mejores amigos, Querefonte, le preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates, y la Pitonisa le contestó que no había ningún griego más sabio que él. Filósofos, poetas y artistas, todos creían tener un gran conocimiento, pero en cambio Sócrates era consciente tanto de la ignorancia que le rodeaba como de su propia ignorancia, y este conocimiento lo llevó a tratar de hacer pensar a la gente y hacerles ver el conocimiento real que tenían sobre las cosas. Fingiendo saber menos, conversaba con la gente y luego les hacía notar sus errores; a esto se le denominó «ironía socrática», la cual queda expresada con su célebre frase «Sólo sé que nada sé».

Su más grande mérito fue crear la mayéutica, método inductivo que le permitía llevar a sus alumnos a la resolución de los problemas que se planteaban, por medio de hábiles preguntas cuya lógica iluminaba el entendimiento.

Murió a los 70 años de edad, en el año 399 a. C. aceptando serenamente una condena e ingiriendo cicuta, como método elegido de entre los que un tribunal, que le juzgó, le ofrecía para morir por no reconocer a los dioses atenienses y por, según ellos, corromper a la juventud. Según relata Platón en la apología que dejó de su maestro, éste pudo haber eludido la condena, gracias a los amigos que aún conservaba, pero prefirió acatarla y morir.

Ayer noche nació un nuevo blog en esto de la blogosfera.
La que aquí escribe se debatía entre terminar un trabajo o estudiar el examen del viernes y prefirió salirse por la tangente montando un nuevo blog.

Esta vez no es sólo un proyecto virtual (hay vida más allá de interné, of course). El blog tiene una intención práctica y real: ayudarnos a organizarnos nuestro próximo viaje a Grecia.
Así que os invito a visitar La gracia de Grecia, donde leerán las aventuras y desventuras de un grupo de jóvenes (y sus profesores) en su viaje cultural a Grecia. Por ahora, y hasta que nos vayamos de viaje en Semana Santa, iremos colgando información turística, organizando la ruta que queremos realizar, etc.

Por supuesto, si alguien ya ha visitado las tierras a cuyas ruinas la que aquí escribe lleva años soñando viajar, se agradecerá la aportación de su experiencia como turista en Grecia y los consejos que nos pueda dar.

Y, sin más dilación, damos la bienvenida al mundo de la blogosfera al recién nacido blog:

La gracia de Grecia

EDIT: ¿Podéis hacerme algún comentario en ese recién estrenado blog? Es para comprobar que todo funciona como debería… ^^

Quiero perderme.
Ahí por ejemplo.
¡Qué ganas!

Los Monasterios de Meteora, en griego, ??????? ??????????, en español Monasterios suspendidos del cielo, están localizados al norte de Grecia, en la llanura de Tesalia, en las proximidades de ciudad de Kalambaka, en la desembocadura del río Pinios, en el valle del Penee.

Están clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 1988, son construcciones encaramadas en la cumbre de impresionantes masas rocosas grises, talladas por la erosión y llamadas Meteora. Se encuentran hasta una altura de 600 metros y están habitados desde el siglo XIV.