Marlango – The Long Fall
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Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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Mañana o Ayer, de la estupenda Georgina.
Saca disco en Octubre, ya era hora, se lo merece. Fue un gran descubrimiento hace meses gracias a cierto blog.

Estamos siempre pensando en mañana o ayer.
Lo que fue y lo que será o puede ser o puede no ser o no puede ser.
Y Septiembre es mes de inicios, o de finales, o de replanteamientos.
Reset, reinicio y a empezar de nuevo. Uf.

Hemos tenido dos meses de descanso, para pensar, pero no había tiempo entre cubata y cubata, entre sol y luna, entre amaneceres y atardeceres.
Decisiones tan trascendentales como cogerse una asignatura más o dos sacarse ya la entrada para un concierto de Pilares, por ejemplo.

Y alguna otra más, claro.

Florencia es una ciudad de luz, arte y palacios.
En Florencia puedes ver la Venus y la Primavera de Boticelli en la Galería de los Uffizi. En Florencia puedes pasear, escogiendo qué palacio comprarás cuando tengas dinero, para instalar una gran gran biblioteca y robar la impresionante colección de arte del palacio Pitti. En Florencia puedes cenar gofre con helado, mientras un pequeño gorrión te mira anhelante, a la espera de que le des un poquito. En la plaza del Duomo de Florencia puedes elegir con qué quedarte sin respiración: si con el estilo gótico italiano del Duomo o con las puertas del Baptisterio de Bernini. En Florencia le puedes ver el culo del David de Miguel Ángel, de Donatello y de Verrochio en un mismo día. En Florencia te faltan ojos y la cámara nunca capta lo que sientes. En Florencia hay muchas tiendas de cuadernos, plumas, tinta, porque las musas están en el ambiente. En Florencia está uno de los puentes más bellos, el puente Vecchio, y ver atardecer allí es irrepetible. En Florencia me enamoré definitivamente del Arte, así, con mayúsculas.

En Florencia nació Dante Alighieri, allá por la primavera de 1265.

En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida.

¡Ay, qué decir lo que era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
cuyo recuerdo renueva la pavura!

[...]

A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;
mas ya movía mi deseo y mi velle,
como rueda a su vez movida,

el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.

Principio y final de La Divina Comedia, Dante Alighieri.

Ya no hay poetas porque ya no hay amor.
Beatriz fue la Calíope de Dante.
Y Laura la de Petrarca y pocos poetas más amaron así.
Pocos poetas hay, porque hay poco amor.

Los cantantes modernos hablan de amor.
Los poetas modernos hablan del desamor.
¿El desamor con música es mejor, es amor?

Ya no hay selvas oscuras en el camino de la vida.
Talaron los árboles, ahora son todo autopistas.
Ahora el camino recto es el obligatorio.
Pero no hay camino, es mentira,
se hace camino al andar,
perdiéndose en la selva, sin gps.

Si hay autopistas, ya no hay camino.
Ya no hay bajada a los infiernos.
Si no hay bajada, no hay subida.
Por eso no hay amor, no hay paraíso.

Las autopistas no van a ninguna parte.
Hemos perdido el mapa del amor.
Los poetas modernos viajan en autopista.
Y ya no existen las selvas, ya no hay camino.

La vida nueva (fragmento)

Muchas veces me vienen a la cabeza
la oscura cualidad que me da el Amor
y me tengo lástima y así me digo:

¡Ay de mí!, ¿les pasa esto a otros?;
porque tan hábilmente me asalta el amor
que la vida casi me abandona:
sólo un hilo de espíritu deja medio vivo,
uno que sólo por ti vive y razona.

Luego me esfuerzo, yo deseo salvarme,
y casi muerto, sin ningún valor,
vengo a verte, creyendo así curarme:

y cuando alzo los ojos para observarte
en mi corazón se inicia un terremoto
que suspende en mi alma todos los latidos.

Dante Alighieri

Dante intentó una vida nueva. ¿Se puede?
Con un helado lo consigues, hasta que te lo terminas.
Habrá que cambiar el oxígeno por helados de vainilla.
Sólo tenemos una vida, poco tiempo. Habrá que disfrutarla.
Con amor o sin amor. O con amor desenamorado. O con desamor enamorado.
O con Calíope y punto.

Habrá que volver a Florencia, a ver si esta vez se despista el segurata y podemos tocarle el culo al David de Miguel Ángel. Aunque el de Donatello no está nada mal.

[Imagen: Duomo de Florencia, a 5min de la casa de Dante, en el casco histórico de la ciudad del arte, luz y palacios.]

Y es que el verano (y las demás estaciones) está lleno de holas y adioses.

Que no, que esto de estudiar no es tan fácil como parece.
No se puede estudiar ni en sábado, ni en domingo… ni un jueves por la noche.

Tengo la ventana abierta y el flexo encendido.
Hay un par de mosquitos pesados que no sé si lo que quieren es leerse mis apuntes o chuparme la sangredeestudianteuniversitariasufridora. Los mosquitos sabiossuccionadoresdesangreculta son seres nocturnos, como los vampiros verdaderos.
Pero no quiero cerrar la ventana, me gusta la noche estival, me gusta el cierzo jugando con las hojas de los chopos, me gusta esa moto metiendo ruido a las 3am, me gustan los semáforos dándole órdenes a coches invisibles. Me gusta la luna tras el cristal de mi ventana, me gusta hacer garabatos en el márgen de los esquemas que intento memorizar. Me gusta el café que se me ha quedado frío, me gustan las galletas a las 4am, me gusta ver una ventana con luz encendida en el edificio de enfrente y pensar que es otro estudiante como yo. Me gusta salir al pasillo de puntillas para rellenar la botella de agua. Me gusta ver películas raras subtituladas a las 5am, me gusta descubrir grupos de música nueva con los cascos puestos.

No me gusta pensar que es jueves por la noche y estoy en casa. No me gusta pensar que se está bien en la calle a las 3am un jueves cualquiera, como éste, y no podemos. No me gusta pensar en coger el boli mañana a las 8.30am. No me gusta rellenar folios y folios y folios con datos y datos y datos y gastar tinta y tinta y tinta de mi boli preferido. Luego acabamos los dos exhaustos. Y no podemos tomarnos una cerveza un jueves por la noche aún.

Acaba de entrar otro mosquito en la habitación.

Si el aula es el living room de la cultura,
¿qué es el estanque de la facultad de la plaza San Francisco?
¿La terraza?

¿Qué haremos ahora los estudiantes sin clases?
¿Con qué excusa podremos bajarnos al césped del estanque, a solucionar el mundo tumbados al sol?

[...]
En Fedra de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”.

Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas en que la escritura y la lectura servirían para extender la información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando no la sabiduría) humana.

La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que brindaría la palabra impresa.

De modo que sí, deben mostrarse escépticos hacia mi escepticismo. Puede que aquellos que descarten a quienes critican Internet por considerarlos luditas o nostalgistas tengan la razón y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas de datos, surja una era dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal.

Pero, de nuevo, la Red no es el alfabeto y aunque pueda sustituir a la imprenta produce algo por completo diferente. El tipo de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor, sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras desencadenan en nuestras propias mentes. En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro o, si a eso vamos, por cualquier otro acto de contemplación, realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como afirma Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo.
[...]

Fragmento del artículo ¿Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?, de Nicholas Carr.

Llevo varios días pensando en las nuevas propuestas de Trinidad Jiménez y Bibiana Aído. Llevo varios días queriendo escribir una entrada del blog sobre el aborto, pero no sabía cómo. Muchas ideas rondando la cabeza, muchas variantes, diferentes opiniones…

Hoy he leído la columna de Encarna Samitier en la contraportada de la edición impresa del Heraldo de Aragón y le pone palabras a alguna de las ideas que yo no sabía cómo expresar.

Al día siguiente

Al día siguiente, la profesora nota que esa alumna está más ojerosa que de costumbre. A la fría luz de esta mañana del lunes, el plan del sábado tarde, 18 horas, 8 euros, parece un sueño lejano. Consumición extra y descuento en entrada a todas las chicas con minifalda. Si estás soltera, subástate; si estás soltero, puja… “Minifalda`s party es la mejor forma de encontrar pareja”. Hoy, nadie diría que la chica ojerosa fue la reina de la fiesta. Pero quizás la noche se hizo demasiado larga. la profesora adivina lo que los padres de esa chica ni siquiera se plantean. Las invitaciones del “Minifalda`s party” no traen manual de instrucciones para la soledad de madrugada, cuando de repente de esfuma todo el mundo.
Fundido en negro y dos ministras en pantalla. Bibiana Aído anuncia que Igualdad prepara un informe sobre machismo adolescente. Trinidad Jiménez informa de que la píldora postcoital se venderá libremente en farmacias. La chica ojerosa no puede comprar tabaco, y se ha agenciado el alcohol con carné falso, pero se podrá administrar sin receta, sin prescripción médica, una bomba hormonal de frío nombre médico, levonorgestrel. La profesora piensa que las ministras sonrientes empiezan la clase por el final del temario. Que no es justo que le hablen a esa chica, y a las demás, claro, más de levonorgestrel y menos de responsabilidad, más de cómo salir rápidamente de un apuro y menos de cómo valorar las consecuencias de sus actos, de cómo dirigir su propia vida, más allá de quienes te la ofrecen trillada: “Minifalda`s party”, la mejor forma de encontrar pareja.
Para la tristeza del día siguiente no hay fármacos sin receta.

Encarna Samitier

No puedo estar más de acuerdo.

Que Internet rompía las barreras del espacio ya lo sabíamos.
Puedes hablar con tu amigo que está en Inglaterra, mandar un CV a un puesto de trabajo para Italia, estar trabajando para una empresa de Madrid (o de Bruselas) o comprar en China.

Pero que rompía también la barrera del tiempo…

Acabo de hablar con Valle-Inclán. Sí, con el gran escritor de Luces de Bohemia. En la red social Tuenti.

Valle-Inclán habla con sus lectores, sus ahora tuenti-amigos. Me ha comentado mi foto en la Plaza Syntagma de Atenas y le he dado la noticia de que los espejos del Callejón del Gato están restaurándolos.
Pero no sólo eso.
Valle-Inclán se ha puesto a hablar con su también tuenti-amiga Carmen Laforet.

Los lectores pueden hablar con sus escritores favoritos, incluso después de muertos.
Los escritores muertos pueden hablar con otros escritores muertos.

¿Pueden los estudiantes de 2ºBachiller pedirle en el Tuenti a Valle-Inclán que les explique el esperpento por si les cae en el examen de Selectividad? ¿Aparecerá algún grupo de ex-alumnos en el Facebook en el que se vuelvan a encontrar los escritores de la generación del 98? ¿Serían Cervantes y Lope amigos en las redes sociales? ¿Cuántos followers tendría de la Serna si publicara sus greguerías en Twitter?

Sol.
Algunas gotas.
Parece que va a llover.
Muchos apuntes encima de la cama.
Los libros por el suelo, en columnas de precario equilibrio.
Con ganas de poco. De nothing. Gracias.

Silence.
Para leer. Para (d)escribir a Durandarte. Para inspirarme (en) el trabajo. Para ordenar(me) los apuntes.
Desconectando la música, el ordenador, desconectándo(me).
Sólo silence. How? Get me drunk each night.

Merece la pena leer el discurso de Juan Marsé en la entrega del Premio Cervantes.

Pero la primera lectura completa del Quijote fue, por supuesto, una experiencia especial. Si recuerdo bien, al tercer intento lo leí de cabo a rabo. Tardes enteras de domingo sentado en los bancos ondulados del parque Güell, en el otoño del 49, bajo un sol rojizo y en medio de un griterío de niños jugando en la plaza entre nubes de polvo. Una lectura germinal. Y siempre que he revisitado el libro, esa impresión germinal ha persistido. En el corazón del caballero chiflado que no distingue entre apariencia y realidad, anida, como es bien sabido, el germen y el fundamento de la ficción moderna en todas sus variantes. Por supuesto, el lector adolescente no se paró a pensar en eso. Ninguna teoría le distrajo entonces de unas aventuras tan descomunales y descacharrantes, sujetas a tantos desencantos y amarguras, pero hoy le gusta pensar que algo percibió de aquel prodigio fundacional, del remoto primer deslumbramiento que supuso aquella lectura. Me refiero, y no pretendo descubrir
nada nuevo, al asunto que articula la entera composición del genial libro, la temática medular de la que nacerá, según opinión general, la novela moderna.

Bueno, yo no leí El Quijote en el Parque Güell.
Pero estuve en el Parque Guëll con filólogos que estamos en proceso de leernos El Quijote.

Veamos si consigo explicarme.
En el origen de la vocación, allá por los años cuarenta del siglo pasado, habría en la imaginación del aprendiz de escritor un famoso esqueleto de leopardo sobre las nieves del Kilimanjaro, una imagen germina1 que evoca una senda recorrida, de la cual, sin embargo, no queda ningún rastro, ninguna huella. Sería algo parecido al recorrido del Minotauro en su laberinto. Nadie sabe si el monstruo podrá salir, si recuerda el trazado de su propia obra, los oscuros motivos que le indujeron a su construcción, y los meandros y detalles de su intríngulis. Nadie sabe si, en realidad, es prisionero de su obra. Sabemos, eso sí, que Teseo ha sido lo bastante ingenioso para tender un hilo que le permite rehacer el camino y salir. Pues bien, ese hilo, ese ingenioso ardid, no sería otra cosa que el relato literario, la forma inteligible que desvela la personal arquitectura monstruosa, al fondo de la cual se esconde el terrible constructor, con sus sueños y obsesiones, su verdad y sus quimeras. El escritor, en fin. Él es, a la vez, los despojos del remoto leopardo y el urdidor del trazado inextricable que lo encierra herméticamente en su propia obra. Frente a este misterio, o tal vez sería mejor decir frente a este galimatías, a tenor de la confusa exposición que temo haber hecho, siempre me reconfortó recordar algo que dejó dicho el gran poeta, y controvertido ciudadano, Ezra Pound: El esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor.

Porque no es necesario tener algo que celebrar para comer chocolate.
Aunque el chocolate sabe mejor si hay algo que celebrar.
Y porque las celebraciones los miércoles sientan bien.
Y, misteriosamente, si celebras algo ajeno, te lo pasas mejor.

Pasea y piensa. O piensa y pasea. A veces no se da cuenta de que pasea. Sólo piensa, mirando sin mirar. Siempre mirando sin mirar, siempre atento sin atender, siempre ocupado sin nada que hacer, siempre haciéndose el interesante y tan tremendamente perdido como los demás. Y a veces, cree que piensa y no sabe en qué.
Y llega a casa y le duelen los pies.
Helena Torres.

Este finde he vuelto a comer fresas.
Y a terminar otro libro. Y a ver la peli rara de los sábados en la tv.
Me sigue doliendo el pie, a veces.
Aunque el reloj sigue sin pilas, tempus fugit, o tempus me fugit.
Y me encontré a mi arañita metiéndose dentro del bolsillo de mi abrigo.
Creo que se quiere venir a Grecia en Semana Santa.
No es tonta la arañita, no.

Edit: Y si tenía poco tiempo, hay que cambiar la hora.
A las 2am serán las 3am.
¿Dónde irán esas horas perdidas?