Archivo de la categoría ‘reflexiones’
El otro día en clase, un profesor nos preguntaba por qué en las noticias había media hora de fútbol.
Yo recuerdo ahora algo que publiqué en el blog hace un par de años:

País,
de Joan Brossa (1986).
Poesía visual objetual.
Y algo que leí hace unos pocos días:
Si es la verdad, cuando te has currado la Tercera Regional y los putos campos de fútbol de toda España, después de conocer a la gente de verdad que hay ahí fuera, te juro que me ponen a Lorca o a Bécquer delante o a Machado, yo qué sé qué les diría. Imagínate que salieran a recitar sus obras maestras en mitad de un campo de fútbol, ¿cuánto tardaría la gente en saltar a pisotearles las vísceras? No, hombre, no, la poesía es una mentira que nos hemos inventado para hacernos creer que a ratos podemos ser tiernos y civilizados.
Saber perder, de David Trueba
Y poco más se puede decir. O nada.
Supongo que sólo nosotros podemos votar a las tres de la mañana quién es mejor, si Anna Karerina, Madame Bovary o La Regenta. Supongo que sólo nosotros podemos casi llegar a las manos discutiendo sobre Dios o no Dios. Supongo que con todos los vasos encima de la mesa, las botellas que ya se veían más vacías que llenas y los cubitos de hielo que se nos habían acabado, estas conversaciones deberían ser absurdas, sin fundamentos lógicos y ausentes de toda coherencia. Pero no seríamos nosotros si a las mil de la mañana no empezamos a pensar de dónde procede históricamente la palabra cerveza y recordamos que del céltico.
Por más cervezas, ron, vodka, cubitos y conversaciones metafísicas.
Porque, al fin y al cabo, no importa cómo, sino con quién.
Aunque sea en un bar de chinos a las siete y pico de la mañana.
Por cierto, conversación final entre Booth y Bones en el capítulo 14 de la quinta temporada de Bones. Igual así se explican mejor ambas posturas:
Bones: – Tengo que preguntarte algo.
Booth: – ¿Vas a preguntarme sobre Dios y el Diablo? Ibas a preguntarme cómo Dios puede poner una carga tan fuerte sobre la gente buena.
Bones: – No. Iba a preguntarte cómo puedes seguir creyendo en una especie de Dios después de un caso como éste.
Booth: – ¿Si mi fe fue alterada? Sí, claro. Esta noche estaré en la cama, dando vueltas y voy a cuestionarlo todo.
Bones: – ¿Obtendrás tu fe de nuevo?
Booth: – Siempre la he recuperado en el pasado.
Bones: – ¿Así que debo tener fe en que podrás conservar tu fe? ¿Por qué?
Booth: – Porque, Bones, el sol saldrá y mañana será un nuevo día.
Bones: – Conozco ese sentimiento.
Booth: – ¿En serio? ¿Sabes que se siente al tener tu fe de vuelta?
Bones: – Cuando veo los efectos y no soy capaz de determinar la causa, mi fe en la razón y en las consecuencias se sacude.
Booth: – ¿Y entonces qué pasa?
Bones: – Dos más dos son cuatro. Pongo azúcar en mi café y sabe dulce. El sol sale porque el mundo está girando. Esas cosas me parecen bellas. Hay misterios que nunca entenderé, pero a donde quiera que mire, veo la prueba de que para cada efecto hay una causa correspondiente, incluso si no la puedo ver. Encuentro eso tranquilizante.
Booth: – Y la vida es buena otra vez.
Bones: – La vida es muy buena.5×14. Bones.
PD: Yo estaba con Bones. Y los de Booth eran mayoría ¬¬
Mascarada nocturna.
Aunque toda noche ya es de por sí una mascarada.

Máscara
Esta mañana fue difícil
colocarme la máscara
No lograba encajarla conmigo
Tal vez llegó el momento
de cambiarla.De Pulso interno, de María Clara González.
[Imagen: De máscaras y enigmas, by Lou Rouge.]
Un editor o, mejor dicho, editora es la persona que está detrás del estupendo blog Editar en voz alta. Un blog que está dando sus primeros pasos y al que hay que seguir de cerca. Al menos, eso dicen por aquí y por allí y si lo dicen ellos, yo me lo creo. Y al leer entradas como ésta, me convenzo del todo y lo añado a mis blogs de lectura obligatoria:
¿De qué se puede hablar en LIJ?
No hay límites al qué, pero hay que pensar bien el cómo. ¿Por qué? Porque lo que leen los niños y jóvenes tiene un impacto en su desarrollo y nosotros, como editores, queremos tener un control explícito sobre ese impacto.
Exacto.
Ayer, estaba ayudando a uno de mis niños de repaso -algún día os hablaré de ese par de monstruitos a los que adoro- a escribir un relato para el concurso de literatura del instituto. El tema es el El viaje y quiere contar una futura escapada a París que tiene planeada con los amigos después de los exámenes de Selectividad. La historia empieza justo después del último examen y le propongo:
- Bueno, pon algo así como “Fulanito, levantando la cerveza y brindando por el final de exámenes, preguntó si teníamos vértigo, porque el mirador de la torre Eiffel estaba muy alto”.
- No, mejor voy a poner coca-cola, que seguro que a la profe no le parece bien que nos estemos tomando unas cervezas.
- ¿No le va a parecer bien a la profe que unos chavales a punto de entrar en la Universidad se estén tomando unas cervezas para celebrarlo? ¿Os vais a poder ir solos a París una semana y no os vais a poder tomar un caña?
- Voy a poner cocacola. O mejor, pongo sólo que brinda con el vaso y no pongo la bebida. Así no me mojo.
- No mojarse no es la solución. En fin, haz lo que quieras, que es tu relato. Pero piensa en ello. Y piensa en que si apruebas y te veo de bares celebrándolo, a qué te gustaría que te invitara, si a una cocacola o a un chupito.
Compromiso
.…no me gustan las novelas en las que ella es tonta, patosa, frágil y necesitada de protección, y además guapísima y capaz de enamorar al chico al primer vistazo (aunque haya muchas chicas tontas, patosas, frágiles y necesitadas de protección, y además guapísimas), porque establecen la norma de que hay que ser así (y no inteligente, divertida, fuerte y decidida) para enamorar a un chico al primer vistazo. Es más: ¿de verdad el objetivo último es siempre enamorar al chico?…no me gustan las series de televisión en las que se escenifica una guerra de sexos basada en el supuesto de que ellas solo quieren pescar marido y ellos solo quieren acostarse con la chica y salir corriendo (aunque haya muchas chicas que quieren pescar marido y muchos chicos que sólo quieren acostarse con la chica y salir corriendo), porque establecen la norma de que si eres chica debes querer pescar marido y si eres chico debes querer acostarse con la chica y salir corriendo.
Poco más puedo decir al respecto que no haya dicho ya Elsa Aguiar en esta entrada de su blog.

[Don Quijote y Sancho en los trazos de Saura]
[...]
3. El pánicoEl cansancio. La sed. El pánico.
Dentro. Fuera no se mueve. Dentro,
pánico. Humedad que traspasa la
casa-huesos. Entonces voy donde
hay muchos. Como si algo fuese
cierto. Como si algo cambiase y por
eso fuese cierto. Entre todos. Entre
muchos. Cierto porque se mueve.
Como si hubiese meta. Si no se
alcanza no importa. Mejor no
alcanzar. Como si. Para que sea
cierto -¿cierto?-La hora estimada. La hora de llegada
estimada. Como si algo ocurriese.
Por el movimiento. Por el nombre
que cambia. El del lugar. El de los
ojos, no. Los ojos siguen fijos en el
rostro. El rostro que no veo. Siguen
mirando fuera. Yo nunca veo la
mirada de mis ojos mirando fuera.El movimiento atrapando la
atención. Reteniéndola. Guiándola.
Llaman historia a ese movimiento
que retiene la atención. Cuando no
hay movimiento fuera, la historia
ocurre dentro. Pueden haber muchas
historias a partir de un solo
movimiento. Entre todas forman una
situación. La situación es un nudo, a
veces una madeja, pero siempre es
un nudo. Algunos nudos retienen el
pánico.Se produce en el silencio,
antes del movimiento, y
también después. El pánico es
un furor detenido. En un principio
fue el pánico. Tuvo que serlo. Luego,
el furor fue las formas, ésas que el
movimiento produce en razón de sus
detenciones, de sus sacudidas.Cuando el espacio entre las
sacudidas se prolonga, decimos
que alguien ha muerto. Entonces vuelve
el pánico o, mejor dicho, se abre. Se
abre el pánico y el furor se detiene.Suele ocurrir también que alguien,
en el movimiento aún sostenido,
caiga en la abertura del pánico. Es
por efecto del vértigo que arrastra
como un esfínter los bordes de
la abertura. Su tiempo,
entonces, queda detenido. En el
pánico.Por eso hago como si algo ocurriese.
Ocurre al menos la historia como si
algo ocurriese. Un movimiento,
una vez más. Tal vez sirva. Para que
haya historia y me la crea. Lo justo
para poder caer más adelante.
[...]
Pánico. Algunos exámenes son como los gigantes molinos de Don Quijote: nos empeñamos en luchar contra ellos y ni siquiera vemos su verdadera forma. Puede que este poema hable sobre eso: gigantes, molinos, exámenes. O quizás no.
Pocas cosas tienen tanto poder como para provocar pánico. Los exámenes no son una de ellas, desde luego, no se lo merecen. En realidad, casi nada es tan importante como para provocar pánico. ¿Importante o urgente? No siempre lo urgente es lo importante. Así, dejamos cosas importantes aparte, siempre aparte, siempre en estado de espera, siempre subordinadas a las cosas urgentes. Como el examen de mañana, algo urgente por lo que debería dejar de bloguear ahora mismo. O quizás no.
Puede que la poesía provoque pánico. Desde luego, la poesía sería quizás una de las pocas cosas que tuviera semejante poder. Cada vez que leo a Chantal Maillard y su desencanto del Quijote, me encuentro cayendo cayendo cayendo, con cierto pánico. O igual ya estoy cayendo y en el camino leo a Chantal Maillard. Todo es posible. O quizás no.
Limitación o censura que se impone uno mismo.

[Imagen: Grizzly Studio.]

La idea de que el mundo de los libros actualmente se encuentra asediado por los bárbaros está tan difundida hoy en día que se ha vuelto casi un tópico. En su versión más extendida, yo diría que se apoya sobre dos pilares: 1) la gente ya no lee; 2) quien hace los libros sólo piensa en el beneficio y lo obtiene. Expresado así, suena paradójico: está claro que si fuera verdadero el primero, no existiría el segundo.
[...]
¿es verdad que el énfasis mercantil mata el rasgo más noble y elevado de los gestos a los que se aplica? ¿Están matando a Flaubert? [...] La novela es el producto que convirtió en real un público que era únicamente potencial.
[...]
Seguro que aquella vieja familia ensanchada de cultos-escritores-lectores miraría con desagrado un comercio y una producción que ponía los libros en manos de señoras sin preparación y de aprendices que apenas sabían leer. Y de hecho la novela burguesa, en sus inicios, fue percibida como una amenaza y como un objeto esencialmente nocivo -los médicos no por nada la prohibían: seguro que fue percibida como una degradación del rasgo noble de escribir y leer. Seguro que fue atribuida a una ávida voluntad de éxitos y de ganancias. ¿No es éste un paisaje que os recuerda algo?
[...]
¿Cuál es la idea de calidad que han impuesto los bárbaros de la última oleada, los que han venido a invadir las aldeas del libro en estos últimos diez años? ¿Qué demonios quieren leer? ¿Qué es, para ellos, un libro? ¿Y qué nexo existe entre lo que ellos tienen en la cabeza y lo que nosotros identificamos aún como industria editorial de calidad? [...] Los bárbaros no destruyen la calidad de la ciudadela literaria, pero es indudable que la han contagiado. Algo de su concepción del libro ha llegado hasta allí.
Libros. Los bárbaros, Alessandro Baricco
Los bárbaros, de Alessandro Baricco, es la lectura que tiene la culpa de que aún no haya empezado a estudiar los exámenes de febrero. Esta Caperucita queaquíescribe está perdida entre las páginas de ese libro y no se da cuenta de que las orejas del lobo, con forma de examen universitario, están ya demasiado visibles.

Ya ha llegado el frío. Ya nos podemos tapar con capas y capas de calor simulado. Ya podemos imaginar abrazos con los abrigos gordos de invierno. Sentir agradables caricias de lana de nuestra bufanda. Nos ponemos el jersey en vez de que nos lo quiten. Manos inertes, guantes, que nos cogen de la mano y nos acompañan imitando otras manos cálidas. Sentir escalofríos sin que nadie los provoque. Sonreír al llegar a casa, por el calor y no porque estés ahí. Botas altas, cuanto más protegidos -de todo, no sólo del frío- mejor. Sonrojarse en el bar por el contraste de temperatura con la calle, y no el contraste del tacto del vaso helado del cubata a la piel de tu espalda. Inmovilismo mecánico debido al efecto capil del invierno. Inmovilismo mental, las ideas congeladas bajo el gorro que lucha contra el cierzo. Neuronas ralentizadas, sanfre fría, despedidas rápidas, portales cerrados, labios refugiados tras bufandas, manos en los bolsillos, piernas envueltas en medias, cuellos inaccesibles, miradas fugaces, pestañas que sucumben al frío.
En la ciudad del cierzo, las aceras invadidas por hojas caídas de árboles de hoja caduca.
Son unos pájaros de expresión triste. Su plumaje es negro, tienen las patas y el pico de un vistoso color rojo y la cara como si llevaran una máscara blanca. Los islandeses los llaman lundis. Los ingleses, puffins. En español se les conoce como frailecillos. Emigran a finales de abril, y realizan un alto en su camino en una isla perdida en mitad del Atlántico Norte por la que atraviesa el Círculo Polar Ártico, llamada Grimsey. De la noche a la mañana, los solitarios acantilados de ese lugar remoto se pueblan de miles de pájaros tristes. Permanecen allí alrededor de tres meses, el tiempo suficiente para que los polluelos nazcan y aprendan a volar. Levantan el vuelo durante la última quincena de agosto, dicen que nunca más tarde del día veinte. Dejan tras de sí la negra desnudez de los acantilados huérfanos y un vaticinio de castátrofe en el aire.
En lugares como Grimsey, la llegada del invierno siempre es una catástrofe.
Círculo Polar Ártico, del libro de relatos Los que rugen, de Care Santos.
[Foto de Josefina Andrés, estupenda fotógrafa y gran amiga.]
Este año me he propuesto no quejarme, pasar del tema. Intentaré para focalizar mi odio profundo hacia la Navidad en un odio hacia los exámenes de febrero que nunca me dejan disfrutar de las vacaciones de diciembre sin estudiar o celebrar mi cumpleaños en febrero como yo querría.
No me gusta la Navidad, así que no esperéis en este blog espíritu navideño. Me he propuesto no quejarme tanto como otros años, pero es un poquito inevitable y ya he escrito alguna reflexión al respecto:
En serio, yo no quería quejarme, pero el otro día cuando bajé a comprar bombones, casi no los encuentro. Estaban escondidos detrás de varias pilas y pilas de turrones con sabores de lo más variopinto. Y al volver a casa, los escaparates de un par de tiendas de chinos alumbraban más que las farolas.

Ayer regalé bombones. Creo que es lo mejor que he hecho en semanas, sólo por la sonrisa con la que fueron recibidos.
Me fascina el poder de una canción, un libro o un poema. Me intriga el ángulo exacto de inclinación del palillo de madera para que la olla a presión deje de pitar. Me pregunto si en los hilos de la tela de mi gorro se quedarán atrapadas las ideas que hoy no encuentro en mi cabeza y por qué el bote de sacarina no se acaba nunca. Tengo curiosidad por saber dónde está mi otro calcetín azul, la moneda de dos euros que desapareció dentro de mi bolso o cómo es posible que pueda perder y encontrar un libro varias veces en un mismo día. Me gustaría saber si el ordenador entiende que las sonrisas no son para él o si el móvil sabe que no es a él a quien nos gustaría tocar en ese momento. Me asustaré el día en el que el ordenador pueda analizar nuestras miradas o el Iphone tenga la aplicación para medir nuestro pulso cardíaco cuando suena esa canción.
Mientras, nos ajustaremos bufanda, guantes y gorro para sentirnos un poquito más calentitos, más protegidos, más queridos, y seguiremos regalando bombones para disfrutar de las sonrisas que provocan.