Marlango – The Long Fall
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Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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keepcalmandreadabook

[Imagen del cajón de sastre de laqueaquíescribe.]

Hoy se cumple un mes de mi final del erasmus. A estas horas, hace un mes, estaba en uno de los aeropuertos de Londres, con una maleta enorme llena de recuerdos y con las gafas de sol puestas, porque se me veía la tristeza en la mirada. Me han dicho que he vuelto muy inglesa y yo respondo que me ha gustado mucho más de lo que me esperaba ese país de lluvia, frío y té.

Pero después de tanto viaje, hay ganas de descansar un poco, admitámoslo. De tumbarse en la hamaca a leer, café con hielo, gafas de sol, terraza del pueblo y tranquilidad. Y libros por leer. Así que este agosto va a ser, como dice el cartel inglés que veis aquí arriba, muy tranquilo. Keep calm and read a book. Or more. Por ejemplo: El viajero del siglo, de Andrés Neuman, Premio Alfaguara 2009 y premio de la Crítica del mismo año; Blanco nocturno de Ricardo Piglia en Anagrama, premio de la Crítica 2010; Una esposa de fiar, de Robert Goolrick en Salamandra; Fiesta en una botella de John Collier en Contraseña editorial; Conan Doyle y James Patterson en inglés y algunas novelas de literatura juvenil para El Templo de las Mil Puertas.

Así que keep calm and read a book in August. Ya volveremos a contar cosas interesantes en el blog en septiembre. Quizás.

Luis García Montero escribe en su blog Libre, el cuaderno de verano que ha mantenido estos meses en Público.es:

Cuando agosto nos ofrece una hamaca, cuando disfrutamos en la piel una sensación de plenitud soleada que nos une a la tierra, y las noches crecen como interminables enredaderas con olor a jazmín y amistad, y llegan a nuestros ojos, con la puntualidad de un tren perfecto, las páginas de los libros y los desnudos de las sábanas, caemos en la tentación de considerar que el tiempo es una propiedad privada. Pero el tiempo, enamorado de sí mismo, va de mostrador en mostrador, sin casarse con nadie.

La marea del tiempo se lleva agosto y nos deja a las puertas de un otoño duro. Parece que el invierno será duro también, como la primavera, en la que brotarán flores de un color indeciso. Pero no estoy dispuesto a volver a la ciudad con ojeras.

Quedarte un día más de vacaciones, renegar del final del verano, volver el lunes a la ciudad del cierzo, cuando todos vuelven en domingo. Cerrar la casa, ventana por ventana, poco a poco. Meter las camisetas de tirantes a la maleta, los libros que no te ha dado tiempo a leer. El sol escondiéndose tras la ermita cercana al pueblo, los días acortan. El último baño en la piscina, el último café con hielo, la última partida de rabino del verano, las últimas cuestas del pueblo.

Recorrer la carretera que casi te sabes de memoria, sabiendo que no bajas al pueblo de al lado a comprar, ni al del otro lado de juerga, sino que buscas la autovía. Conducir por la autovía al atardecer y, en la radio, de repente, escuchar No quedan días de verano, de Amaral. Ahogar un amago de lágrimas tras las gafas de sol que te han acompañado estos dos meses.

Llegar a casa corriendo. Apenas dejar la maleta, ducharte, y salir de cena con los amigos de la ciudad. Para llegar al bar: google maps, ascensor, autobús, semáforos, portero. Compararlo, inevitablemente, con el pueblo, llevas en el bolsillo todavía la llave de la peña. En el bar, de cervezas, de risas, de anécdotas de verano, de cena de despedida -de las muchas que me quedan por delante, cenas pre-erasmuseras-, suena, de repente, Marta, Sebas, Guille y los demás, de Amaral.

Estoy perdida en un pueblo de Teruel que celebra estos días sus fiestas en honor a San Roque.
Ver atardecer al despertarte y amanecer cuando te vas a dormir.

Como todos los meses de agosto…

Ya os conté que tenía una arañita de mascota que habita en el exterior de mi ventana. Tenemos un acuerdo tácito: yo la dejo pasearse de vez en cuando por el cristal, fuera de mi cuarto, y ella respeta mi intimidad y no entra en mi habitación.

Esta tarde, estaba haciendo la maleta para irme unas semanas a un lugar indefinido de Teruel donde este año sí tendré internet, cuando he visto a una salamanquesa tomando el sol tranquilamente en mi ventana. Supongo que la arañita -que algunas veces vuelve a visitarme- le habrá dicho a la salamanquesa que no me molesta que tomen el sol en mi terraza, donde deben vivir ambas estos meses de buen tiempo.
Salamanquesa 001

Ya hemos pasado el ecuador del verano. Pasé el inicio del verano fuera de tierras aragonesas, lejos de mi ciudad del cierzo. Ahora también me voy, un poco más al sur, a tierras turolenses en las que hay que coger una chaqueta por la noche para ver amanecer con los amigos después de una noche de risas y juerga.

A diferencia de los dos años anteriores, este año no le doy descanso estival al blog. Me apetece seguir asomándome a esta ventana intangible.

Simbólicamente, cerramos el verano, sanseacabó.
Literalmente, en la foto, el candado de mi peña del pueblo, snif.
Hasta el verano que viene, quedan 334 días para volver a empezar.

Ayer, última noche del verano, cierre final de noches de peña, luna, pueblos, risas y amigos.
Y ahora estoy de nuevo en la ciudad del cierzo, con semáforos, ascensores y wifi, con el horario cambiado y así no hay quien duerma. Y además, no se ven las estrellas en el cielo.

No me he tomado una cerveza en Japón, ni en Australia, ni en Canadá, pero todo llegará.
Hasta entonces, me la tomo en el bar de las piscinas de mi pueblo, con el pelo mojado del chapuzón de mitad tarde, mientras echamos un guiñote, o un rabino, o me enseñan a jugar al pocker, o planeamos la noche en algún pueblo cercano de fiestas, o intentamos conseguir el mismo local que el año pasado para hacer la peña, o calculamos cuantas botellas de ron diarias nocturnas nos tomaremos la semana de fiestas.

Café con hielo, ron con cola o simplemente una cerveza.
Pero con amigos, que es lo más único importante.

La RAE dice que

… pero a mí me da igual.

Como el año pasado, este blog cierra por descanso estival.

Para los que se van al pueblo, para los que se van a Ibiza, para los pálidos, para los morenos, para los que vuelven del Camino de Santiago, para los que se van al extranjero, para los que se quedan en la ciudad, para los que no tienen vacaciones, para los que las alargarán algo más, para los que se quedarán sin wifi, para los que pasarán del móvil, para los de playa, para los de montaña,…
¡Pasároslo bien en elmesmáscalurosodelaño Agosto!

La frase más repetida de esta semana es nos vemos en Septiembre. Pues eso. Espero que para entonces le hayamos puesto suficientes trampas a la muerte al sol.

Todo el finde sin música. Y sin ordenata ni wifi. Sin cobertura en el móvil.
Pero qué bien se está en el pueblo.

Lluvia, algo de frío, paisaje verde, sin semáforos, sin coches, con silencio. Pájaros como despertador.
La estufa encendida, el sillón cómodo y lecturas varias, del s. XVI y del S. XXI.

Summertime es lo que quiero. Un ritmo lento, relajante, armónico, como el hang. Dormir hasta la hora que me dé la gana. Volver a salir todos los días de la semana. Leer por placer. Pero hasta que no sea summertime, me temo que no.

Las lecturas eran para trabajos de la carrera. Ahora a escribir, con citas, con notas a pie de página, con bibliografía ordenada alfabéticamente…


También en la voz de Billie Holiday, Janis Joplin o Leona Lewis.

[Hang, instrumento que descubrí en el Parque Güell el finde filólogo en Barcelona...]


[Ciruelo japonés en flor, en la huerta de mi pueblo.]

En el pueblo no hay wifi y casi no hay cobertura.
Se te puede calar el coche subiendo una cuesta marcha atrás.

Puedes terminar de leer un cuento de hadas a la sombra de los ciruelos japoneses en flor, hacerle alguna foto a las primeras avispas del verano o escribir una historieta bajo los pinos, al lado de los avellanos.

Puedes disfrazarte frente al espejo gigante de la habitación y preguntarle quién es la más guapa del reino, aunque sea del de tu imaginación. Reírte del disfraz, cambiarte, ponerte un sombrero de chistera e intentar sacar un conejo. Como no funciona (parece que el sombrero tampoco tiene pilas), reírte como el Sombrerero Loco y decidir que tampoco te gusta ese disfraz, que algo falla, que te gusta más el café que el té. Y volver a ponerte tu propio disfraz.

Puedes escuchar el silencio.
A veces, risas de gente en la rambla, otras veces, el tractor del vecino.
Y con ese silencio, a veces, puedes hasta escuchar tus pensamientos.

¿Qué hacer cuando se acaba el verano?
Recordarlo, of course.

¡¡Esas UBIs!!!