Archivo de la categoría ‘Leyendo café en mano’

[Imagen: Louiseattaque.]
Durante estos dos últimos meses, he estado leyendo y comentando muchos, muchísimos libros con mis compañeros templarios para el reportaje central del décimocuarto número de la revista de literatura juvenil El Templo de las Mil Puertas, en el que otorgábamos los Templis -nuestros premios particulares- a los mejores libros del año pasado. Hemos hecho (casi)interminables listas de los libros publicados el año pasado, hemos leído más que un universitario en época de exámenes, hemos discutido sobre autores, personajes, estilos, etc. Hablamos de la originalidad en las historias, del parecido entre muchas tramas y personajes, de la calidad de las novelas.
Nos llamaba la atención el elevado número de traducciones de libros juveniles en comparación con la producción nacional por parte de nuestros escritores y su publicación en nuestras editoriales. El número de candidatos a mejor novela independiente extranjera doblaba al de novela independiente nacional y no digamos ya si contrastamos números entre sagas extranjeras y nacionales.
Y ahora, leyendo algo galdosiano para clase, me encuentro con:
Por eso no tenemos novela; la mayor parte de las obras que con pretensiones de tales alimentan la curiosidad insaciable de un público frívolo en demasía, tienen una vida efímera determinada sólo por la primera lectura de unos cuantos millares de personas, que únicamente buscan en el libro una distracción fugaz o un pasajero deleite. [...] En vano algunos editores diligentes han acometido la empresa con ardor, empleando en ello todos los recursos de la industria librera; en vanos las revistas y las publicaciones periodísticas más acreditadas han tratado de estimar a la juventud, prefiriendo algunas obras muy débiles de escritores nuestros a las extranjeras, relativamente muy buenas; en vano la Academia ofrece un premio pecuniario y honorífico a una buena novela de costumbres. Todo es inútil. Los editores han inundado el país de un fárrago de obrillas, notables sólo por los colorines de sus cubiertas.
[...]
Hay además el gran inconveniente de las circunstancias tristísimas de la literatura considerada como profesión. Domina en nuestros literatos un pesimismo horrible. Hablarles de escribir obras serias y concienzudas de puro interés literario es hablarles de otro mundo. Todos ellos andan a salto de mata, de periódico en periódico, en busca del necesario sustento que encuentran rara vez; y la mayor recompensa y el mejor término de sus fatigas es penetrar en una oficina, panteón de toda gloria española. Todos reposan su cabeza cargada de laureles sobre un expediente; y el infeliz que no acepta esta solución y se empeña en ser literato a secas, viviendo de su pluma, bien podría ser canonizado como uno de los más dignos mártires que han probado la amargura de este valle de lágrimas. [...] El escritor no se molesta en hacer otra cosa mejor, porque sabe que no se la han de pagar; y ésta es la causa única de que no tengamos novela.
Observaciones sobre la novela contemporánea en España,
Benito Pérez Galdós. 1870.
Sólo os recuerdo que ésto fue escrito en 1870…

[Imagen: JcOlivera.]
Estos días de lluvia en la ciudad del cierzo me recuerdan mucho a la lluvia de Edimburgo. Cielo gris, tiempo desapacible, pocas ganas de salir a la calle. Casa, cama, café y lectura. Y eso he hecho. He leído un libro que me regalaron mis amigas por mi cumple -¡gracias, chicas!- y que me ha llevado de vuelta a la ciudad en la que viví dos intensos, estupendos e irrepetibles meses: Edimburgo.
¡Proa hacia el Sur! Henos aquí, en marcha por las carreteras de Francia, peregrinos sobre patines en busca de un sueño imposible. Menuda pareja formamos: un adulto desgarbado con bigotes de gato y un pelirrojo con el corazón de madera. Somos Don Quijotes al asalto de los paisajes del western andaluz. Luna me ha descrito el sur de España como un lugar imprevisible en el que los sueños conviven con las pesadillas, de la misma manera que conviven indios y vaqueros en el Oeste americano. Vivir para ver.
La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu, nos narra la historia de Jack, un chico con un reloj por corazón, que se enamora de Miss Acacia, una pequeña bailarina andaluza algo cegata. Ella vuelve a Andalucía y él, completamente enamorado, decide ir tras ella. Y así, en Edimburgo y en Andalucía trascurre la historia.
Tras algunos meses, nuestro amor continúa creciendo, pero parece que ya no puede contentarse con alimentarse tan solo en los senos de la noche. Mandad llamar al sol y al viento, nos hace falta calcio para los huesos de nuestros cimientos. Quiero dejar caer la máscara de murciélago romántico. Quiero amor a pleno día.
Aunque me ha gustado mucho el inicio de la historia, el final no me ha convencido demasiado. No me gusta cómo se desarrolla finalmente la trama ni ese epílogo que el autor escribe para sus personajes. De todas formas, es un libro entretenido, ágil y con algunos momentos en la prosa que merecen su lectura, como:
Su cuello está salpicado de minúsculos granos de belleza, constelaciones que descienden hasta sus senos. Me convierto en el astrónomo de su piel, hundo mi nariz en sus estrellas.

[Imagen: pinguin1961.]
Isabelita tenía gustos o inclinaciones muy distintas de las de su hermano. Más que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa de que los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. No miremos con indiferencia el retoñar de los caracteres humanos en estos bosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras premisas; nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?
Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en esto gusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Tenía la manía coleccionista. Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuanto objeto rodaba sin dueño por la casa, iba a parar a unas cajitas que ella tenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado que tocara nadie aquel depósito sagrado!… Si Alfonsín se atrevía a poner sus profanas manos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirando una semana entera… Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbaban cuando estaba más delicada de salud. Su único contento era entonces revolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de una variedad extraordinaria, y por lo común, de una inutilidad absoluta. Los pedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajón. Los botones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellos de correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías, las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicación, rayaban en lo incalculable.
Pero el montón más querido lo componían las estampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos del Sagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de Bernardette, pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con el mismo estilo de los figurines de modas. También había lo que ella llamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren las cajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustín, y se lo había dado Felipe. No contaré los papelillos de agujas vacíos, los guantes viejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, los muñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allí hacinadas. En otra parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentro de la cual, al agitarla, sonaba una música deliciosa de cuartos. Estaba ya tan llena, que pesaba así como un quintal. No le costaba a ella poco trabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manos de Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero y gastarlo todo en triquitraques… o comprar un carro de mudanza con caballos de verdad.Capítulo XL, La de Bringas, Benito Pérez Galdós.
Yo quiero vivir en una caja ciudad en cuyas calles haya grafitis de cafés. Tengo que ir a Nueva York para ver ésto en persona:

[Black coffee once found on brick on Bleecker & MacDougal Streets in Greenwich Village, NYC street. By Professorbop.]
Lo diría una indígena y tendría razón:
“Ustedes tienen la vida organizada en cajas.
Nacen y les depositan en una cajita,
su casa es una caja, y las habitaciones
son cajas más pequeñas.
Suben a la casa en una caja,
bajan a la calle en una caja.
Viajan en una caja.
Duermen y hacen el amor sobre una caja.
A través de una caja ven el mundo.
Cambian de casa: lo meten todo en cajas.
Los Bancos y las Cajas hacen caja.
Y cuando mueren
les introducen también en una caja.
Todo está hecho para que encajemos.”
Nos encajan la vida.
Algunos no encajamos, y nos desencajamos.Cajas, Ángel Guinda
Nos encajan (en) la vida.

[Imagen: from orange to juice.]
Hoy cambio café por zumo de naranja y me meto a la cama en horas diurnas, rodeada de botellas de dos litros de agua, naranjas exprimidas, ibuprofenos, el móvil en la mesilla para quejarme a la gente sin moverme y pocas ganas de nada.
Intento aprovechar el tiempo y leer, pero es que he abierto el libro de Rubén Darío y, será por las drogas legales que llevo en el cuerpo, por mi sueño, por las nulas ganas de pensar o porque es un grandísimo poeta, que con una de sus poesías, ya ha sido suficiente por hoy.
Lo fatal
Dichoso es el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y porlo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…!Rubén Darío
Ay, y es que ya lo decía el poeta, fatal, fatal, aunque él se refería a ser y no saber nada, no al resfriado que llevo >.<

[Imagen: Simply Breakfast]
Examina otras diez fotografías con el mismo decepcionante resultado. Un anciano en una silla de ruedas, tan flaco y delicado como un gorrión, que lleva unas gafas ahumadas de ciego. Una joven sonriente con una copa en una mano y un cigarillo en la otra, vestida a la moda de los años veinte y tocada con un casquete. Un hombre tremendamente obeso con una calva inmensa y un puro encajado entre los dientes. Otra muchacha, china esta vez, que lleva leotardos de bailarina. Un hombre moreno de bigote encerado, ataviado con frac y sombrero de copa. Un chico durmiendo en el césped de lo que parece un parque público. Un hombre maduro, de unos cincuenta y cinco años, tumbado en un sofá con las piernas apoyadas en un montón de almohadones. Un vagabundo de aspecto esmirriado, con barba, sentado en la acera y abrazando a un enorme perro callejero. Un negro regordete de sesenta y tantos años con una guía telefónica de Varsovia de 1937-1938. Un joven delgado sentado a una mesa con cinco cartas en la mano y un montón de fichas de póquer frente a él.
Viajes por el Scriptorium, Paul Auster.
A veces leo libros que me reconcilian con la literatura. Vuelvo ahora de la librería donde me he gastado una cifra demasiado elevada en libros de lectura obligatoria para este segundo cuatrimestre de la Universidad. Supongo que encuentro un misterioso placer en que mi familia me amenace cada vez más a menudo con echarme de casa si me sigo comprando libros. Quien dijo la famosa frase: El saber no ocupa lugar estoy segura de que no estudiaba Filología Hispánica.
Pero a pesar de las quejas, a pesar de que cada profesor cree que sólo tenemos su asignatura o que ya hemos conseguido robarle el giratiempo a Hermione, a pesar del mínimo de dos libros hispánicos semanales que tengo que leer estos tres próximos meses -¿y la literatura de placer, dónde queda?-, a pesar de que conforme voy completando mi biblioteca particular se va vaciando mi cuenta corriente y nunca tiene lugar el fenómeno contrario, a pesar de todo eso… a veces leo libros que me reconcilian con la literatura.
Camina por la calle, un hombre discute con violencia con una mujer, parecen drogados. La gente mira de lejos, pero nadie interviene. En la parada del autobús hay un cartel con una modelo que anuncia lencería femenina. Alguien ha escrito con un rotulador azul, encima de su viente: “Mamadas a 10 euros.” Tres estudiantes caminan ruidosos por la acera. Un hombre detiene un taxi. En el semáforo, una niña rumana limpia cristales de los coches mientras los conductores tratan de eludirla. En su caseta, un vendedor de lotería ciego escucha la radio. Dos mujeres avanzan por la acera, caminan juntas pero cada una de ellas sostiene una conversación por su móvil. Lorenzo se siente protegido, reconfortado. [...] Se da cuenta de que el estado de ánimo es una cuestión de energía. Si te paras, te hundes. El equilibrio es una cuestión de movimiento, como esos platos que giran sobre la punta de un bastón.
Saber perder, David Trueba.

A Sylvia le gustan los libros usados. Los libros nuevos tienen un olor agradable, pero dan miedo. Es como avanzar por una carretera por la que nadie ha pasado nunca.
Desde hace unos días, estoy avanzando sin frenos por la carretera de Saber Perder, de David Trueba. Sin frenos, sin mapa, sin acompañante, sin rumbo fijo y sin ganas de llegar al final. Hacía tiempo que un libro no me fascinaba tanto.
Porque, cuando un libro comienza con este párrafo, no puede sino mejorar:
El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.
Porque, a veces, los personajes tienen que aprender a saber perder. Y nosotros también. Más a menudo que ellos incluso.
La respuesta de Ariel ha devuelto a Sylvia de un bofetón a la realidad. Le recuerda quién es él, quién es ella. Los pies en el suelo. Tendrá que evitar que Ariel se cuele por todas las rendijas de su fantasía, de su imaginación. Tendrá que vigilar que no asalte sus sueños, los ratos en que su pensamiento se evade. Que no se introduzca en sus lecturas, en la música que escucha. Que no alimente los ratos muertos con el anhelo de una llamada de él, de un contacto que no llega. Sabe que el único placer del que puede disfrutar es el que provoca esa punzada de dolor, esa especie de desolado conformismo. Está triste, pero al menos la tristeza es suya, la ha fabricado ella con sus espectativas, no se la ha provocado nadie, no es víctima de nadie. Se siente bien en ese sufrir, no le molesta. Se tumba. A esperar. No sabe qué.

[Imagen: Enfundada en bufanda, de la ilustradora de LIJ Rebeca Jiménez]
Ya no se veían las aceras. Ya no se veían las esquinas. La calle Veintitrés es de las más concurridas: y un tendero compasivo tuvo que poner en su esquina un poste que decía: “Esta es la calle Veintitrés”. A la rodilla llegaba la nieve, y del lado del viento, a la cintura. La ventisca rabiosa mordía las manos de los caminantes, se les entraba por el cuello, les helaba las orejas y la nariz, les metía puñados de nieve por los ojos, los echaba de espaldas sobre el nevado resbaladizo, los sujetaba sobre él con nuevas ráfagas, los lanzaba danzando y sin sombrero, contra la pared, o los dejaba dormidos, dormidos para siempre, ¡sepultados! El uno, un comerciante, en la flor de la vida, había de aparecer hoy, hundido en el turbión, sin más señal de su cuerpo que la mano alzada por sobre la nieve. El otro, un mandadero, azul como su traje, sale en brazos de sus compañeros piadosos de aquella tumba blanca y fresca, propia de su alma de niño. El otro, clavado hasta la cabeza, con dos manchas rojas en el rostro blanco, y los ojos violáceos, duerme.
Nueva York bajo la nieve, José Martí.
Pepa Bueno le aconseja a Lorenzo Milá que se suba la bufanda y no coja un resfriado. A Lorenzo le llega la nieve por las rodillas y Nueva York es un caos monumental. Los neoyorkinos convocan peleas de bolas de nieve por facebook. Toda la ciudad se junta en Central Park para disfrutar de peleas de bolas de nieve entre vecinos. Sólo haría falta una estrella azul, como en Pinocho, para darles vida a los muñecos de nieve.
Las once de la noche. -3ºC en el termómetro de la calle que veo desde mi ventana. Las ramas de los árboles desnudos bailan al son del cierzo. Estaba ordenando apuntes y he recordado a Martí, una de las últimas lecturas previas a los exámenes de febrero. Nueva York bajo la nieve escribía él hace más de un siglo. Y seguimos igual. En la ciudad del cierzo la nieve no cuaja, lástima; me gustaría una pelea de bolas de nieve en la plaza del Pilar, escondiéndonos detrás de la bola del mundo o resguardándonos entre las tres carabelas de Colón. Y patinar sobre hielo bajo la atenta mirada de Goya.
Me voy a hacer un café calentito, con canela o vainilla, y seguiré ordenando los apuntes de este cuatrimestre que acabamos de terminar. Quien dijo que el saber no ocupa lugar no estudiaba, seguro. O tenía los apuntes en un pendrive y los leía en su e-book, todo es posible. Pero tomando apuntes con el ordenador o leyéndolos en el e-book, el mundo se perderá las maravillosas obras de arte y marginalia que los estudiantes garabateamos en los márgenes de lo que supuestamente debería estar dentro de nuestra cabeza.
Me vuelvo a mis apuntes de papel. Al menos, si hace frío, si la ciudad del cierzo amanece bajo la nieve como Martí describía a Nueva York, podré quemarlos en una hoguera. Algunos no me importarán en absoluto; otros me dolería en el alma. No sé durante cuánto tiempo puede arder un e-book. Ayer jugué al escondite con un pendrive; más bien jugó él conmigo. Ganó.
Ñam es la obra ganadora del Premio Internacional de Ilustración 2009, otorgado por la editorial SM. El autor e ilustrador es Puño, David Peña. El jurado destacó el carácter trasgresor y tierno a la vez, atractivo y chispeante del libro.
Y a mí me ha encantado porque, a veces, sobran las palabras.
Quizás no todas pero, a veces, en pocas páginas, se condensa la mejor de las historias.
Un día, aparece un monstruo en la ciudad y amenaza con destruirla. La gente grita, la policía no puede pararle, el alcalde le pide al monstruo:
- Señor Monstruo, como dirigente de esta ciudad me veo obligado a impedir su destrucción, y no le permitiré que se coma a sus habitantes -dijo con aire solemne.
El monstruo se paró a pensar un momento… y se lo comió.
El final supera todo lo que podríamos haber imaginado, porque:
La niña coge de la mano al monstruo y le dice:
- ¡Y que sea la última vez que te escapas sin permiso!
Y fin.
Y Puño te deja con la boca abierta, un final sorprendente, genial, inesperado y, en esos momentos, lo único que puedes hacer es abrir el libro por la primera página y dejarte llevar de nuevo por la historia y sus ilustraciones.
Laura Gallego nos pide nuestra opinión sobre la portada de su novela Dos velas para el diablo. Yo, como la letrera Alba, prefiero la portada francesa, pero en este enlace tenéis toda la información para votar el diseño que más os guste.
La autora de Persépolis nos abre las puertas del universo femenino iraní. Marjane Satrapi comienza explicándonos el porqué del título de su libro:
Bordados:
1. Bordado// Adorno en un tejido o una piel con cosidos hechos en relieve.
2. Cotilleo// Difusión o narración de chismes entre varias personas.
3. Reconstrucción quirúrgica del himen para simular la conservación de la virginidad.
4. Título original francés de Bordados, Broderies, de Marjane Satrapi.

El samovar de la tarde y de la noche.
El té que se preparaba en esas ocasiones tenía un objetivo muy distinto. Todas nos reuníamos alrededor de la bebida con el fin de dedicarnos a nuestra actividad preferida: la conversación. Pero esa conversación tenía un significado muy peculiar: Hablar a espaldas de los otros sirve para airear el corazón.
Las mujeres de Bordados airean el corazón mientras sus maridos duermen la siesta.
Las mujeres de Bordados charlan a espaldas de sus maridos. Las mujeres de Bordados no tienen pelos en la lengua. Las mujeres de Bordados tienen relaciones antes del matrimonio. Las mujeres de Bordados tienen maridos con amantes, y ellas tienen amantes con los que engañan a sus maridos. Las mujeres de Bordados hablan de testículos, pilillas, prepucios, sangre, cosa blanca. Las mujeres de Bordados tienen que casarse, pero no saben si por amor, por sentido común o por recomendación de los padres. Las mujeres de Bordados no quieren necesitar a los hombres; no quieren ni quererlos. Las mujeres de Bordados están pintadas en blanco y negro, pero tienen su mente es la paleta de un pintor vanguardista. Las mujeres de Bordados se ayudan las unas a las otras, se cuentan sus problemas, se cuentan incluso los problemas de las vecinas y amigas. Las mujeres de Bordados son modernas o intentan serlo. Las mujeres de Bordados quieren ser independientes, libres, quieren ser mujeres.

La persona con la que comparto día de llegada al mundo y muchos samovar o tés o cafés me ha regalado este libro. Muchas gracias, no imagino mejor lectura para un sábado de exámenes como éste. Aunque prefiero que volvamos a quedar y te lo digo en persona, que siempre es mejor.