Intentos de estudio sin final feliz:
Si yo lo intento, en serio, pero no hay manera. Los jueves, viernes sábados o domingos no se puede estudiar. Y los lunes, martes y miércoles tengo que descansar de los intentos anteriores y reponer fuerza para los siguientes, así que... ¿ayudas, trucos, giratiempos de Hermione, por favor?
¿Qué leo?
  • La chica del átomo dorado de Ray Cummings.
  • Lecturas anteriores, en este enlace. Un párrafo de cada libro que leo, café en mano.
    Citas literarias:
    Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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    rojonegro
    [Imagen: Manganite]

    ” En la vida has ido conociendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado. Esa idea te deprime y entonces es cuando buscas apresuradamente un remedio para poder arrastrar con dignidad el futuro. Ahora no tendré a nadie a mano cuando me asalte el miedo.
    (…)
    Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.
    (…)
    Una voz misteriosa me soplaba la lección entonces y yo atribuía a los ángeles, pero ahora advertía que no eran los ángeles sino ella; su fe me fecundaba por que la energía creadora era de alguna manera transmisible ¿De quién me compadecía entonces, de ella o de mí? ”

    Mujer de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes

  • Muere Miguel Delibes a los 89 años
  • Especial de Miguel Delibes en Público
  • Situación de la obra de Delibes en la novela española
  • Aunque viví hasta el 2000…, el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literariamente no le sirvieron de nada.

    El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración… En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida.
    (…)
    Los optimistas que sobreviven a un cáncer suelen decir que lo vencieron. Yo no me atrevo a tanto. Los cirujanos impidieron que el cáncer me matara, pero no pudieron evitar que me afectara gravemente. No me mató pero me inutilizó para trabajar el resto de mi vida. ¿Quién fue el vencedor

    Texto extraído del primer volumen de sus Obras Completas
    Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores

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    La filología (del latín philologia y éste del griego “amor o interés por las palabras”) es la ciencia que estudia una cultura tal como se manifiesta en su lengua y en su literatura, principalmente a través de los textos escritos.

    365×5=1825.
    1825/2=912 y medio.

    Por otros 912 días y medio como éstos.
    Gracias, como siempre, por todo.

    Supongo que ya no seremos protofilólogos nunca más aunque en el fondo siempre lo seremos. Esta noche seremos semifilólogos y luego empezará el arduo camino como cuasifilólogos… Esta noche brindaremos por las letras en nuestro paso de ecuador.

    [Imagen: Forges, como otras veces.]

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    [Imagen: pinguin1961.]

    Isabelita tenía gustos o inclinaciones muy distintas de las de su hermano. Más que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa de que los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. No miremos con indiferencia el retoñar de los caracteres humanos en estos bosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras premisas; nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?

    Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en esto gusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Tenía la manía coleccionista. Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuanto objeto rodaba sin dueño por la casa, iba a parar a unas cajitas que ella tenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado que tocara nadie aquel depósito sagrado!… Si Alfonsín se atrevía a poner sus profanas manos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirando una semana entera… Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbaban cuando estaba más delicada de salud. Su único contento era entonces revolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de una variedad extraordinaria, y por lo común, de una inutilidad absoluta. Los pedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajón. Los botones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellos de correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías, las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicación, rayaban en lo incalculable.
    Pero el montón más querido lo componían las estampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos del Sagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de Bernardette, pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con el mismo estilo de los figurines de modas. También había lo que ella llamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren las cajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustín, y se lo había dado Felipe. No contaré los papelillos de agujas vacíos, los guantes viejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, los muñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allí hacinadas. En otra parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentro de la cual, al agitarla, sonaba una música deliciosa de cuartos. Estaba ya tan llena, que pesaba así como un quintal. No le costaba a ella poco trabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manos de Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero y gastarlo todo en triquitraques… o comprar un carro de mudanza con caballos de verdad.

    Capítulo XL, La de Bringas, Benito Pérez Galdós.

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    [Imagen: from orange to juice.]

    Hoy cambio café por zumo de naranja y me meto a la cama en horas diurnas, rodeada de botellas de dos litros de agua, naranjas exprimidas, ibuprofenos, el móvil en la mesilla para quejarme a la gente sin moverme y pocas ganas de nada.
    Intento aprovechar el tiempo y leer, pero es que he abierto el libro de Rubén Darío y, será por las drogas legales que llevo en el cuerpo, por mi sueño, por las nulas ganas de pensar o porque es un grandísimo poeta, que con una de sus poesías, ya ha sido suficiente por hoy.

    Lo fatal

    Dichoso es el árbol que es apenas sensitivo,
    y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
    pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
    ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

    Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
    y el temor de haber sido y un futuro terror…
    y el espanto seguro de estar mañana muerto,
    y sufrir por la vida y por la sombra y por

    lo que no conocemos y apenas sospechamos,
    y la carne que tienta con sus frescos racimos,
    y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
    y no saber adónde vamos,
    ni de dónde venimos…!

    Rubén Darío

    Ay, y es que ya lo decía el poeta, fatal, fatal, aunque él se refería a ser y no saber nada, no al resfriado que llevo >.<

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    [Imagen: Enfundada en bufanda, de la ilustradora de LIJ Rebeca Jiménez]

    Ya no se veían las aceras. Ya no se veían las esquinas. La calle Veintitrés es de las más concurridas: y un tendero compasivo tuvo que poner en su esquina un poste que decía: “Esta es la calle Veintitrés”. A la rodilla llegaba la nieve, y del lado del viento, a la cintura. La ventisca rabiosa mordía las manos de los caminantes, se les entraba por el cuello, les helaba las orejas y la nariz, les metía puñados de nieve por los ojos, los echaba de espaldas sobre el nevado resbaladizo, los sujetaba sobre él con nuevas ráfagas, los lanzaba danzando y sin sombrero, contra la pared, o los dejaba dormidos, dormidos para siempre, ¡sepultados! El uno, un comerciante, en la flor de la vida, había de aparecer hoy, hundido en el turbión, sin más señal de su cuerpo que la mano alzada por sobre la nieve. El otro, un mandadero, azul como su traje, sale en brazos de sus compañeros piadosos de aquella tumba blanca y fresca, propia de su alma de niño. El otro, clavado hasta la cabeza, con dos manchas rojas en el rostro blanco, y los ojos violáceos, duerme.
    Nueva York bajo la nieve, José Martí.

    Pepa Bueno le aconseja a Lorenzo Milá que se suba la bufanda y no coja un resfriado. A Lorenzo le llega la nieve por las rodillas y Nueva York es un caos monumental. Los neoyorkinos convocan peleas de bolas de nieve por facebook. Toda la ciudad se junta en Central Park para disfrutar de peleas de bolas de nieve entre vecinos. Sólo haría falta una estrella azul, como en Pinocho, para darles vida a los muñecos de nieve.

    Las once de la noche. -3ºC en el termómetro de la calle que veo desde mi ventana. Las ramas de los árboles desnudos bailan al son del cierzo. Estaba ordenando apuntes y he recordado a Martí, una de las últimas lecturas previas a los exámenes de febrero. Nueva York bajo la nieve escribía él hace más de un siglo. Y seguimos igual. En la ciudad del cierzo la nieve no cuaja, lástima; me gustaría una pelea de bolas de nieve en la plaza del Pilar, escondiéndonos detrás de la bola del mundo o resguardándonos entre las tres carabelas de Colón. Y patinar sobre hielo bajo la atenta mirada de Goya.

    Me voy a hacer un café calentito, con canela o vainilla, y seguiré ordenando los apuntes de este cuatrimestre que acabamos de terminar. Quien dijo que el saber no ocupa lugar no estudiaba, seguro. O tenía los apuntes en un pendrive y los leía en su e-book, todo es posible. Pero tomando apuntes con el ordenador o leyéndolos en el e-book, el mundo se perderá las maravillosas obras de arte y marginalia que los estudiantes garabateamos en los márgenes de lo que supuestamente debería estar dentro de nuestra cabeza.

    Me vuelvo a mis apuntes de papel. Al menos, si hace frío, si la ciudad del cierzo amanece bajo la nieve como Martí describía a Nueva York, podré quemarlos en una hoguera. Algunos no me importarán en absoluto; otros me dolería en el alma. No sé durante cuánto tiempo puede arder un e-book. Ayer jugué al escondite con un pendrive; más bien jugó él conmigo. Ganó.

    Ayer, a horas indecentes de la madrugada, mi estado del Facebook decía:
    … dentro de una semana, a estas horas, estaré al otro lado del cristal de mi ventana. Seguro. Mientras, los apuntes se reproducen exponencialmente y no encuentro explicación científica para ello O.o …

    Sí, sigo de exámenes. Me queda una semana. El tiempo se ralentiza de forma proporcional a las ganas que tienes de que pase rápido. Y viceversa. Estoy convencida. Les tengo que pedir a unos cuantos científicos locos que tengo encerrados en el sótano -inventando máquinas teletransportadoras y clones de Aragorn para uso exclusivo y personal- que me expliquen ese fenómeno. Y también la autorreproducción exponencial de mis apuntes ya de paso.

    Por cierto, artículo del día en el cultural de Zaragózame: Intentos de estudio por la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad del cierzo.
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    [Foto con mi móvil, a finales de diciembre, de una de las goteras de la sala de estudio.]

    Del mal estado en el que se encuentra la sala de estudio de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza ya habíamos hablado antes. Si antes el agua llegaba de arriba, de las goteras, ahora llega de abajo, de los géisers que se forman si se rompe alguno de los radiadores.

    Dos filólogos -éste y éste- estaban intentando estudiar en la sala de estudio de nuestra facultad, cuando:

    Carmen es una señora de la limpieza de la FyL.
    Estaba tranquilamente limpiando uno de los pasillos cuando por su walkie-talkie la ha llamado Marisa para avisarla de un código rojo en la sala de estudio.
    -¡Código rojo!, ¡código rojo! ¡Carmen, cubos!
    Carmen ha cogido todos los cubos que ha podido y ha venido como un “velocirraptor” para ver lo que ocurría. La sala de estudio se está inundando, se conoce que intentando arreglar un radiador no les ha salido muy bien.
    Ahora Carmen está luchando contra las aguas bravas, una vez el heisser ha sido controlado, para evitar que el desastre se extienda.
    Mientras tanto, los estudiantes que van llegando escuchan las leyendas de los pocos que sobrevivimos al desastre.

    Y mientras, los estudiantes seguimos de exámenes, intentando estudiar a pesar de que el mundo parece estar en nuestra contra…

  • Pregunta cotilla a mis lectores de fuera de la ciudad del cierzo:
  • ¿En qué condiciones están vuestras facultades? ¿Tenéis goteras, géisers en radiadores, escaleras que dan más miedo que un relato de Poe, socavones repentinos que se tragan a los estudiantes?

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  • Prosa: Bécquer -Leyendas, Rimas, Cartas desde mi celda, etc.-
    Bécquer y laqueaquíescribe.
  • Rima XI

    —Yo soy ardiente, yo soy morena,
    yo soy el símbolo de la pasión,
    de ansia de goces mi alma está llena.
    ¿A mí me buscas?
    —No es a ti, no.

    —Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
    puedo brindarte dichas sin fin.
    Yo de ternura guardo un tesoro.
    ¿A mí me llamas?
    —No, no es a ti.

    —Yo soy un sueño, un imposible,
    vano fantasma de niebla y luz.
    Soy incorpórea, soy intangible,
    no puedo amarte.
    —¡Oh ven, ven tú!

  • Poesía: El estudiante de Salamanca, de Espronceda
  • Así en tardos pasos, todos murmurando,
    el lúgubre entierro ya cerca llegó,
    y la blanca dama devota rezando,
    entrambas rodillas en tierra dobló.

    Calado el sombrero y en pie, indiferente
    el féretro mira don Félix pasar,
    y al paso pregunta con su aire insolente
    los nombres de aquellos que al sepulcro van.

    Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera,
    cuando horrorizado con espanto ve
    que el uno don Diego de Pastrana era,
    y el otro, ¡Dios santo!, y el otro era él…!

    Parte cuarta, El estudiante de Salamanca.

  • Teatro: El trovador, de Antonio García Gutiérrez
  • NUÑO – Llevadla.
    AZUCENA – ¡Conde!
    NUÑO – Que le mire expirar.
    AZUCENA – Una palabra, un secreto terrible; haz que suspendan el suplicio un momento.
    NUÑO – No, llevadla.
    (La toma por una mano y la arrastra hacia la ventana.)
    Ven, mujer infernal… goza en tu triunfo.
    Mira el verdugo, y en su mano el hacha
    que va pronto a caer…

    (Se oye un golpe que figura ser el de la cuchillada.)

    AZUCENA – ¡Ay! ¡esa sangre!
    NUÑO – Alumbrad a la víctima, alumbradla.
    AZUCENA – ¡Sí, sí… luces… él es… tu hermano, imbécil!
    NUÑO – ¡Mi hermano, maldición!…
    (La arroja al suelo, empujándola con furor.)
    AZUCENA (Con amargura.) Ya estás vengada.

    FIN DEL DRAMA

    Segunda parte de la quinta jornada de El Trovador.

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  • Prosa: Cartas Marruecas de Cadalso.
  • Oh tempora! Oh mores! -exclamarán con mucho juicio algunos al ver tantas páginas de tantos renglones cada una-. ¡Obra tan voluminosa!, ¡pensamientos morales!, ¡observaciones críticas!, ¡reflexiones pausadas! ¿Y esto en nuestros días? ¡A nuestra vista!, ¡a nuestras barbas! ¿Cómo te atreves, malvado editor, o autor, o lo que seas, a darnos un libro tan pesado, tan grueso, y sobre todo tan fastidioso? ¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra benignidad? Ni tu edad, que aún no es madura, ni la nuestra, que aún es tierna, ni la del mundo, que nunca ha sido más niño, te pueden apartar de tan pesado trabajo. Pesado para ti, que has de concluirlo, para nosotros, que lo hemos de leer, y para la prensa, que ahora habrá de gemir. ¿No te espanta la suerte de tanto libro en folio, que yace entre el polvo de las librerías, ni te estimula la fortuna de tanto libro pequeño, que se reimprime millares de veces, sin bastar su número a tanto tocador y chimenea que toma por desaire el verse sin ellos?

    Protesta literaria del editor de Cartas Marruecas

  • Poesía: Meléndez Valdés y unos cuantos más.
  • Tímido corzo, de cruel acero
    el regalado pecho traspasado,
    ya el seno de la yerba emponzoñado,
    por demás huye del veloz montero;

    en vano busca el agua y el ligero
    cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
    cayó y se agita, y lanza congojado
    la vida en un bramido lastimero.

    Así la flecha al corazón clavada,
    huyó en vano la muerte, revolviendo
    el ánima a mil partes dolorida;

    crece el veneno, y de la sangre helada
    se va el herido corazón cubriendo,
    y el fin se llega de mi triste vida.

    La fuga inútil, Meléndez Valdés

  • Teatro: El sí de las niñas, de Moratín.
  • [DOÑA FRANCISCA, RITA]

    RITA Señorita… ¡Eh!, chit…, señorita…
    DOÑA FRANCISCA ¿Qué quieres?
    RITA Ya ha venido.
    DOÑA FRANCISCA ¿Cómo?
    RITA Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.
    DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Dios!… Y ¿qué debo hacer?
    RITA ¡Donosa pregunta!… Vaya, lo que importa es no gastar el tiempo en melindres de amor… Al asunto… y juicio… Y mire usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy larga… Ahí está.
    DOÑA FRANCISCA Sí… Él es.
    RITA Voy a cuidar de aquella gente… Valor, señorita,y resolución.
    (RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)
    DOÑA FRANCISCA No, no, que yo también… Pero no lo merece.
    El sí de las niñas - Acto segundo – escena sexta
    Leando Fernández de Moratín

    Y algo más que hemos leído por el camino…

    El protofilólogo que con un palo escaló el Everest ya ha dicho lo estupenda que ha sido una de nuestras últimas clases del cuatrimestre. Así que no lo repetiré y simplemente voy a colgar aquí el poema que he leído hoy en clase, del poeta Oliverio Girondo.

    volar

    No se me importa un pito que las mujeres
    tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
    un cutis de durazno o de papel de lija.
    Le doy una importancia igual a cero,
    al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
    o con un aliento insecticida.
    Soy perfectamente capaz de sorportarles
    una nariz que sacaría el primer premio
    en una exposición de zanahorias;
    ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
    bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
    (…)
    Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
    que nos aproximaba al paraíso;
    durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
    como dos ángeles, y de repente,
    en tirabuzón, en hoja muerta,
    el aterrizaje forzoso de un espasmo.
    ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
    aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
    (…)
    Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
    la seducción de una mujer pedestre,
    y por más empeño que ponga en concebirlo,
    no me es posible ni tan siquiera imaginar
    que pueda hacerse el amor más que volando.

    No se me importa un pito que las mujeres…
    Oliverio Girondo

    [Imagen cazada de alguien que también habla del poeta]
    Si queréis leer más de Girondo, en este enlace.

    Viernes. Las tres de la madrugada. Bueno, ya sábado. Primer intento de estudio en viernes.
    Un poco de niebla en la ciudad del cierzo, pero no llueve. Parece que al otro lado de mi ventana hace un poco de frío. Aquí dentro, café en mano, no se está mal…

    El señor Dixon sigue insistiendo en su teoría lingüística sobre las lenguas borrachas, que van de farola tipológica en farola tipológica, mareando a los pobres filólogos. Y en ponernos ejemplos en ruso, chino, australiano o drávida. Los literatos del siglo XVIII se preguntan sobre la cuestión de España mandándose cartas, escribiendo correspondencia incluso a escritores extranjeros. Los de Hispanoamérica son todos unos revolucionarios que se recorren el continente de punta a punta, renegando de todos nosotros salvo de Larra. Los protagonistas de las obras románticas del siglo XIX no hacen más que enamorarse y morirse, amor, morir, amor, morir. Y se me mueren en cualquier sitio, incluso en la torre del Trovador, en la Aljafería de Zaragoza.

    Así que tengo a todos, personajes y literatos, dando voces de tinta en mi habitación. Los del s.XVIII defendiendo -o criticando, o ambas posiciones a partes iguales- a España, los del otro lado del charco, pidiendo la independencia, y los del s.XIX parece que se han tomado una pócima de amor y si abres cualquiera de los libros del Romanticismo, puedes acabar herida por una flecha perdida de Cupido.

    Además, las palabras juegan a disfrazarse, a ponerse los trajes de sus abuelas o tataratatara-abuelas, en Historia del Español. Yo antes era una f, ahora soy una h. La z se ha casado con la s y ha tenido descendencia. Luego se divorciaron, obviamente. Y la yod es una embaucadora de cuidado, que no hace más que convencer a las demás letras para que cambien su evolución tradicional. Y fíjate -te dice de repente una palabra cualquiera- he adelgazado un par de kilos, he monoptongado mis vocales.

    Yo voy a seguir leyendo un rato en la noche, bajo la luz de mi flexo.
    Aunque yo estaría mucho mejor dándome un paseo en bicicleta por la playa de Riazor.