Archivo de la categoría ‘En mi cuaderno…’
(…)
Oh the light is fading all the time
And this life I’m in, it seemed to pass me by
But I still remember which way to go
I’m on the road, the road to homeNow I must say goodbye
Keep telling myself now don’t you cry
But I’m here where I belong
I’ll see you soon, it won’t be long
I’ll see you soon, it won’t be long
Voy a pagar sobrepeso en la maleta seguro, pero no me importa. No me quiero dejar nada aquí. Bueno, algo me dejaré, que dicen que si te olvidas algo, volverás a ese sitio. Pero me llevo la mayoría dentro de mi maleta y casi no cabe. No hay manera, me voy a tener que sentar encima de la maleta para cerrarla, pero no quiero olvidar nada.
Los nervios y las indecisiones están al fondo de la maleta, allí los desterré tras acompañarme los primeros días de octubre. Pronto las nuevas amistades fueron haciéndoles sombra y ocupando su espacio. Con los meses, sacaba camisetas de manga larga, bufandas y abrigo y metía viajes, experiencias, películas y libros en versión original, fiestas, viajes en tren y noches en club. Quizás algún kilo de más es debido a las conversaciones, en varios idiomas, acompañadas de cupcakes, cookies, cheesecakes, lattes, tea, carrots cakes o muffins. Sí, será el aprender varias palabras en diferentes idiomas lo que pesa en la maleta.
En el centro de la maleta está la vida en Birmingham, esa extraña e innexistente rutina erasmus. A su alrededor, crecen las fotos y los recuerdos de Londres, Liverpool, Manchester, Warwick, Stratford, Bath, Nottingham, Lincoln, etcétera y ya en la periferia, casi rodando con las esquinas de la maleta, están los viajes a República Checa, Escocia, Gales, Francia o Polonia entre otros.
Las risas son demasiadas y se escapan por los huecos de la cremallera, incapaces de guardar silencio u orden por unos instantes; los sentimientos alterados y desordenados, que no se quedan quietos dentro del vestido vintage inglés en el que los he plegado. Hay millones de fotografías y casi medio centenar de postales entre las que he comprado yo y las que me han mandado los amigos para adornar mi habitación erasmus en este año de exilio inglés. Pero son más las fotografías mentales, los instantes que se han quedado en la memoria: pasear por Londres, el sol en Bath, la música en directo de Liverpool, la tumba de Shakespeare en Stratford, el césped de la Universidad, con frappés y cheesecakes en Birmingham, las housepartys en Selly Oak, roadtrips conduciendo por la izquierda en el bosque de Sherwood, tumbarse en los jardines de la abadía de Lord Byron, visitas frikis en Londres a Abbey Road, Baker Street o andén 9 3/4, jugar al tetris con la maleta para salir varias veces de esta isla, el frío de las HighLands en pleno verano, el atardecer desde Canton Hill en Edimburgo, el sonido del mar en la bahía de Cardiff…
Estoy sentada en el suelo de mi habitación, con la ventana abierta -hace sol-, las paredes vacías, ya sin fotografías, posters o post-its, escuchando a Amy McDonald cantar The road to home y mirando la maleta que voy a tener que cerrar en breves. Definitivamente, llevo demasiado equipaje para volver a la ciudad del cierzo. Ha sido un año erasmus muy intenso…
And I`m scared that this could end
face down in the park again
wondering where I left my mind last night
but that`s alright, you`re my terrible friend
Everyone is pretty and fun, everyone is lovely and young
Everyone is gentle and gone, but everyone`s just everyone
Nosotros queríamos cruzar el charco. Pasar un verano en Nueva York, ir a conciertos de jazz en clubs de la gran ciudad y ver atardecer en la azotea de un rascacielos. Cruzar la 66 con un viejo coche y parar en todos los cruces de camino a tirar una moneda y que ella decida nuestro camino. Queríamos ponernos tacones y corbata en París, cenar en el césped frente a la Torre Eiffel e ir a la ópera. O tomar una copa en una terraza en Viena y escuchar música clásica, Bach, por ejemplo, que fue nuestro primero. Ir todas las noches al teatro, al cine o a un concierto. Queríamos hacer la maleta y decirle a nuestra familia: – volvemos en tres meses, llevamos la tarjeta de crédito, cámara de fotos y las ganas de ver sitios nuevos.
Queríamos cruzar el charco, pero nos conformamos con el canal de la Mancha.
Algún año iremos a Coachella.

[Ilustración: Betania Zacarías]
Noche de ronda
En otro tiempo hubieras empleado la noche
en hablarle de libros y de viejas películas.
Pero ya eres mayor. Ahora sabes que a ellas
les aburren los tipos llenos de nombres propios,
que tu bachillerato les tiene sin cuidado.
De modo que le dejas tomar la iniciativa,
desconectas y finges que escuchas sus historias,
que invariablemente -recuerdas de otras veces-
versan sobre el amor, los viajes, la dietética,
su familia, el verano, la buena forma física,
el más allá, las drogas y el arte postmodemo.
De cuando en cuando asientes, recorriendo sus ojos
con los tuyos, rozando levemente sus muslos,
y elevas a los cielos una angustiosa súplica
para que aquella farsa termine cuanto antes.
Pasarán, sin embargo, todavía unas horas
hasta que, ebria y afónica, se abandone en tus brazos
y obtengas la victoria pírrica de su cuerpo,
que, pese a los asertos de tres o cuatro amigos,
será muy poca cosa. Y, cuando esté dormida,
saldrás roto a la calle en busca de una taza
de café gigantesca, maldiciendo las copas
que arruinaron tu hígado en la estúpida noche
y pensando que, al cabo, merece más la pena
no comerse una rosca y hablarles de tus libros,
amargarles la vida con Shakespeare y con Griffith.
O buscarse una sorda para que nada falte.
…en otro tiempo hubiera empleado la noche en intentar acercarme a ti, de nuevo, como siempre. En otro tiempo y en otro lugar fuimos felices. En otra noche hubiera intentando preguntarte si estás contento con tu vida, si sabes lo que haces, lo que quieres, lo que harás, hacia dónde vas, si te has comprado un mapa o vas improvisando. Tú me responderías preguntándome que si tu problema es que no tienes caminos, el mío es que tengo demasiados. Yo me reiría y te diría que claro, que sí, que sentiría miedo al vacío de no tener caminos entre los que elegir, pero que tú estás seguro entre ellos, que mi brújula siempre señala hacia ti.
En otro tiempo hubiera empleado la noche en ir contigo a recitales de poesía, a proyecciones de cortos, a exposiciones de cuadros que ni tú ni yo entendemos, a probar el café de todas las cafeterías del mundo, viajaríamos a Londres, a Venecia, a Nueva York. En otro tiempo te hubieras dado cuenta de lo que pasa a tu alrededor, de quienes son tus amigos y los que no, de qué está pasando más allá de esa noche, más allá de la sonrisa en las fotos. En otro tiempo hubiera empleado la noche en convencerte para que te quedaras conmigo, para tomarnos una más, para cerrar el bar, para desafiar juntos al cierzo en la vuelta a casa.
En otro tiempo hubiera empleado la noche en todas esas cosas y más. Ahora, no. Mi brújula no te reconoce, mi mapa se ríe de ti porque no sabes lo que te has perdido, porque de tu mapa al mío había un camino posible en el que no has querido seguir caminando.
Oh, y nunca sabrás ésto, porque lo negaré siempre, porque hoy todo es broma, pura ficción y mentira. Como todas y cada una de las letras que estás leyendo ahora mismo, ficción, literatura y poco más.

[Ilustración de Hollie Chastain]
Patas arriba. Mi habitación, el armario, la biblioteca y mi vida. Patas arriba.
Conversaciones a tres en Skype, cada loco con su tema, o mejor, cada protofilóloga con su coordinador, intentando conseguir las firmas necesarias. Parece casi como intentar completar un álbum de cromos, en el que el cromo más importante, la firma indispensable para poder matricularte ya de una vez e irte al extranjero, se resiste a salir, por muchos sobres que abras, por muchos despachos a los que llames.
Desde Lyon, nos dicen que una vez allí, perdidos en un lugar que no es el nuestro, en un idioma que no es el nuestro, con unos amigos que acabarán siendo los nuestros, tienen que conseguir más firmas. Siguiente nivel, sube la complicación. Llamo a una amiga a Grecia, vía Skype. Necesito el móvil de un chico que ahora mismo no sé dónde está en España, pero la semana que viene estará en Londres. En la videoconferencia, veo la Acrópolis de fondo. Aquí el cierzo mueve los chopos y en octubre ya hará frío. Vía libre a la lectura, pero haremos las charlas bajo techo, no vaya a ser que la lectura se la lleve el cierzo.
Estoy en Zaragoza y mi mente está en Birmingham. Estaré en tierras inglesas y terminaré detalles de las jornadas literarias del primer fin de semana de octubre en Zaragoza. Intentaré volar el día de la huelga, volveré días después a Inglaterra a horas intempestivas para los ingleses. Ayer una amiga me invitó a probar té de China y de París. Mis amigos escriben libros mientras yo peleo con los aviones. Mis padres piensan que hablo sola en la habitación y al otro lado del Skype mi amiga les traduce en griego a sus compañeros lo que le cuento. Veo pelis en inglés subtitulado, pero mis profesores de allí no tendrán subtítulos instantáneos. O sí, que son muy modernos y usan internet en la Universidad. Mando muchos mails al día, muchos, y me descargo guías de Inglaterra al ordenador.
Quiero ir de compras a Londres, ver a los Beatles en Liverpool, a Shakespeare en Stradford-Upon-Avon, un partido de fútbol en Manchester, creerme una estudiante en Cambridge o en Oxford. Este año tengo amigos en Francia, Inglaterra, Grecia, Finlandia y República Checa. ¿Conocerán el auto-stop los ingleses? Me manda un privado una amiga: ¡ha bajado la libra!. Ya, pero determinada firma necesaria sigue sin llegar al papel. Rompo las sandalias de verano y pienso que será hora de ir comprando un paraguas plegable. Comprimo mi vida en 15kg de maleta e intento comprar un giratiempos para estas últimas semanas de septiembre.
Hago la maleta por enésima vez en estos tres últimos meses y me voy por ahí este finde. Amigos, conversación, libros, risas, sonrisas y poco más.
Y el lunes os cuento cómo le dejaremos Vía libre a la lectura en Zaragoza el primer fin de semana de octubre.

[Fotografía: Josefina Andrés]
Miraba sus fotos y pensaba que no le importaría ser cualquiera de ellas. Ella quería tocar la guitarra como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Quería tener un novio fotógrafo que se la llevara al campo los domingos, que le hiciera todas las fotos del mundo y luego, ya sí, que se la llevara al campo, como todos los días. Quería ser diseñadora de camisetas, dibujante, ilustradora, quería tener muchos seguidores en Facebook y reconocer sus diseños en las tiendas del Barrio Gótico de Barcelona. Llevar siempre gafas de sol gigantes y tres pintalabios en el bolso.
Ella quería una tía solterona, de esas que no se casan nunca, que tienen mucho dinero porque han trabajado siempre sin vacaciones. Quería una tía soltera y mecenas que le pagase sus viajes a Londres y le sufragara la compra de telas, bolsos y camisetas en Camdem. Ella quería merendar en la Boquería, todas las tardes, y pasear por las Ramblas, poniendo atención en los modelos que llevan las putas, las guiris y los mimos.
Ella quería un cuerpo delgado, llevar tacones sin que le dolieran los pies, tener tres o cuatro amigos gays y que una lesbiana le tirara los tejos.
Quería llevar camisetas que nadie llevara, que le sentaran los vestidos mejor que al maniquí y pasearse por la playa con una reflex y las gafas de sol más grandes de la tienda. Quería tener los labios siempre pintados de rojo, las uñas de negro, los leggins ajustados, las faldas horteras y un armario más grande que la cocina.
Ella quería forrar su apartamento, un ático en Barcelona, con sus fotos posando, pin-up para su novio y para la revista de moda. Escuchar música electrónica mezclada con jazz y blues, fumar Camel, llevar anillos gigantes y no mirar nunca el reloj.
Ella quería ser una de sus fotos. Y se quedó atrapada en su sueño, en papel fotográfico, en aquel momento, en stand-by eternamente.

[Imagen: Unos desayunos que simplemente, me encantan]
He visto dioses griegos en el s.XXI comiendo pizza mientras escuchaban música de los ochenta. Una musa que no sabía tocar la flauta. Y que había testimonios gráficos, ya sabéis, fotografías en papiros de la época, material altamente clasificado. He escuchado a Amaral y a Xoel cantar juntos Perlas ensangrentadas. He creído por un momento que aún estábamos a marzo o abril y me daba tiempo de redactar bien los trabajos y estudiar todos los días. He pensado que estaba estudiando en lugar de escribir en el blog. Luego he despertado del sueño, pero seguía en otro sueño, esta vez, al revés. He soñado que estábamos a finales de Julio y no me podía ir a Suecia por un volcán. O a finales de Septiembre y no podía ir a Birmingham. O que la montaña cercana a mi pueblo estallaba y no podíamos ir a la fiestas del pueblo de al lado, que sería lo peor, por supuesto.
En los despachos nunca hay nadie. Tampoco en clase. O al revés. La biblioteca llena de ratitas presumidas, digo, ratones con tacones, de bolígrafos de todos los colores. Un matemático, un veterinario y un filólogo se cuentan un chiste y nadie lo entiende. La de la limpieza se marcha, riendo, al siguiente pasillo donde nunca pasa nada fuera de ese siglo. El cierzo se lleva los minutos, los minutos, los minutos, los minutos…
He peleado con Hermione Granger por su giratiempos y he ganado. Escribo ahora desde una hora indeterminadas, pero siempre nocturna, ya lo sabéis. He imaginado que me cabían todos los libros en mi habitación. Ya no sé si estoy viva o muerta, deben pensar los personajes de Pedro Páramo, en esta hora para ellos siempre indeterminada. He sentido que hacía clic encima de una foto de un café y aparecía la taza humeante a mi lado. Y se la bebía el ratón del ordenador, generación 2.0 sin correa. Después tendré un gato 2.0, que es lo que se lleva en Inglaterra, que me aconsejará sobre las variedades del té con una gran sonrisa y le preguntaré dónde se ha comprado el jersey de rayas porque me gusta. Nadie nos enseña dónde parar.
Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba…
Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba
a casa, y juro que no bebí, pero allí estaban los dos, ju-
gando a cartas a la vuelta de la esquina. Eran dos som-
bras para siempre enamoradas: Bécquer y Ché Guevara.

[Imagen: de la estupenda fotógrafa Yulia Gorodinski. ]
Todas esas chicas
que llevaban zapatos rojos
cogieron un tren que no pararía.
(…)
Se arrancaron las orejas como si fueran imperdibles.
Se les cayeron los brazos y se conviertieron en sombreros.
Sus cabezas rodaron y cantaron por la calle.
Y sus pies oh, Dios, sus pies en el mercado-
…los pies siguieron andando.
Los pies no pudieron parar.
(…)
No pudieron escuchar
no pudieron pararLo que hicieron acabaría con ellas
Las chicas que llevaban zapatos rojos también llevaban un bolso gigante y gafas de sol al atardecer. El tren era negro, su vestido blanco, la estación gris y el suelo no tenía baldosas amarillas. Las chicas que llevaban zapatos rojos tenían el pelo corto, algunas rubio, otras negro. Todas llevaban la raya negra en el ojo, los ojos negros, la mirada negra, contraste con los zapatos rojos, el vestido blanco y las uñas azules. Las medias azules aún no se habían roto, pero el collar ahogaba poco a poco, lentamente, tan lentamente como esperaban al tren.
Las chicas que llevaban zapatos rojos nunca llegaron a subirse al tren, nunca llegaron a romperse las medias, nunca llegaron a quitarse el vestido, nunca llegaron a pisar baldosas amarillas. A las chicas que llevaban zapatos rojos les pesaban demasiado los pendientes; dejaron el bolso en el suelo y se quitaron las orejas como si fueran imperdibles. Con un movimiento estudiado, como todo, como las uñas y medias azules, guardaron sus orejas en el bolsillo interior con cremallera, allí donde guardaban el corazón y algunas viejas fotos. Las chicas que llevaban zapatos rojos se lavaban, peinaban y planchaban todos los días el pelo, rubio, negro, que luego sería gris. Pero el cierzo no dejaba de despeinarlas en la estación de tren, donde el tren negro no llegaba nunca para que sus zapatos empezaran a bailar.
Ellas peinaban su pelo con las uñas azules, desenredándolo con los dedos, lenta, seductoramente. Pero el cierzo, aunque no era huracán, no atendía a las miradas de las chicas con zapatos rojos. Fue entonces cuando sus brazos se convirtieron en sombreros. El bolso cayó al suelo, una oreja se salió del bolsillo y tu foto voló donde la chica no llegaría ni con un huracán. Los sombreros se posaron, delicada y estudiadamente, sobre el pelo de las chicas con los zapatos rojos y cada sombrero era de un color y no se repetía ninguno. Las chicas con los zapatos rojos, el vestido blanco, las medias azules, que ya no tenían bolso ni orejas pero sí sombrero vieron llegar al tren negro, que entraba dibujando de gris el cielo, en la estación. Y ellas empezaron a andar, con sus tacones rojos, por la estación, pero no subieron. El tren no podía llegar más allá del huracán, no podía llegar donde estaba la foto, no podía devolverles bolso, orejas y brazos.
En el momento del primer paso, la cabeza rodó de su pedestal, tan alto, que en la caída le dio tiempo a cantar una canción antes de caer dentro del bolso.
Los zapatos rojos comenzaron a caminar, sin dirección.
Color blanco, azul y rojo salieron de la estación.
El bolso, con su cabeza y unas cuantas fotos, se quedó esperando en el andén del tren negro.

[Imagen: Thani, que dice:
the first spring coffee.
with colourful flowers, delicate muffins and a god coffee.
spring. spring. spring.der erste frühlingskaffee.
mit bunten blumen, leckeren muffins und einer guten tasse kaffee.
frühling ist da, meine lieben.]
Destierra bufanda, guantes, orejeras. Guarda el abrigo nuevo morado, el largo negro, el corto de las noches de juerga. Saca del armario las chaquetas cortas, las que paran la brisa primaveral en vez de dar calor invernal. Limpia, lava, plancha y pliega las camisetas de manga larga y mételas al cajón. Perdónales el destierro invernal a las camisetas de colores, las de manga corta con mensajes, las de tirantes de verano, los calcetines de dibujos y los sujetadores que parecen bikinis. Cambia el paquete de pañuelos del resfriado por el paquete de pañuelos de la alergia. Apunta más cafés con hielo con tus amigos en la agenda. Convence a tu cerebro de que aguante el ritmo tres meses más.
Busca las gafas de sol, pide café con hielo, localiza las nuevas terrazas de los bares del barrio, aprovecha las horas de luz al final de la tarde, queda con los amigos en el parque, lee tirada en el césped, que no te importe olvidarte el abrigo en casa, cambia los bolsos de invierno por los de verano, revisa las sandalias, ahorra dinero para el viaje de verano, tira la crema de sol caducada, convéncete de que tienes que hacer la llamada limpieza de primavera, sonríe, piensa en cómo estudiabas los exámenes del año pasado, en las fresas con nata, en las noches de juerga sin abrigo, en los amigos con alergia. Más bici y menos moto. Macedonia de frutas para cenar. Las hojas de los árboles tapan el termómetro de la calle. Margaritas y dientes de león…
Y, mensaje nada subliminal para el cuerpo de laqueaquíescribe, devuelve ya este absurdo resfriado de primavera a quien lo quiera.

[Imagen: Foto mía, tomada en algún lugar de Teruel, en algún momento del verano.]
Ya es primavera. Hay más grados en el termómetro que puedo ver desde mi ventana. Hay más ventanas abiertas y más persianas subidas. Hay estudiantes atrevidos que se sientan al sol del estanque en la universidad. Hay más niños y más pelotas y más bicis y más flores y más alérgicos en la calle. Hay un abrigo más dentro de mi armario y una chaqueta más fuera de él. Hay botines, botas, deportivas y manoletinas en el suelo de mi habitación. Hay unas cuantas sonrisas más, algunos planes más, algunas capas menos de ropa o de vergüenza. Hay más horas de sol tanto fuera como dentro de nosotros. Hay más estudiantes dentro de las bibliotecas y menos ganas de estudiar dentro de sus carpetas. Hay más cortes de pelo y más planes para el verano. Hay más nervios, estrés, libros y apuntes dentro de la mente de muchos estudiantes. Hay más pájaros, más bichos, más perros, más niños traviesos. Hay más madres que se comen la merienda en el parque. Hay más parejas tumbadas en el césped y más besos y más caricias y más ganas. Hay más horas de clase por el día y más ganas de salir de juerga por la noche. Hay más pieles blancas y menos camisetas negras. Hay bolsos más grandes y faldas más cortas. Hay manos más juntas y menos guantes. Hay más colgantes, pendientes, escotes y menos bufandas. Hay más grados en el termómetro que veo desde mi ventana.

[Fotografía: Josefina Andrés.]
Me gusta pensar que la semana que viene habrá una hora más de luz por las tardes. Me gusta volver a casa a las ocho de la tarde cuando cierran las tiendas, cuando salen las sonrisas y los perros a pasear por la calle. Me gusta devolver pelotas perdidas y no acertar nunca con la dirección, ni la suya ni la mía. Me gustan los suplementos de los periódicos y leer libros que no recomienden en la sección de cultura. Me gusta ducharme con el baño templado por el calefactor y el agua bien caliente incluso en verano.
Me gusta tener una docena de pendientes encima de la mesilla y usar siempre los mismos. Me gusta regalar bombones en invierno y piruletas en verano. Me gusta abrir el diccionario María Moliner por cualquier página y descubrir palabras nuevas que se me olvidan al minuto. Me gusta mirar cada día mi estantería de libros por leer y alimentarla semana a semana lentamente hasta que la creación devore a su creadora. En el fondo, muy en el fondo, o quizás no tanto, me gusta y mucho que mi hermana pequeña me robe la ropa, bolsos, pañuelos, libros y música. Me gusta tocar los lomos de los libros de las bibliotecas ajenas y cotillear qué libro tienen mis amigos en la mesilla. Me gusta abrir los libros al azar y leer alguna de sus líneas, salteadas. Me intriga el aspecto de algunos escritores o cómo pueden sonreír tan tranquilos después de haber escrito una determinada historia. Me gusta gastarme mi dinero en libros, viajes y juergas, por ese estricto o a veces no orden de prioridad.
Me gusta que nunca se acabe la música en Spotify y llevar siempre un libro en el bolso por si se me acaba la batería del mp3. Me gusta tener la maleta detrás de la puerta de la habitación por mucho que me manden recogerla, me gusta verla siempre ahí, lista, dispuesta a acompañarse a donde sea que me la lleve. Me gusta apuntarme todo en mi memoria agenda, me apunto con bolis de colores los detalles insignificantes y con boli negro las citas serias.
Me gusta perder los tres cacaos que tengo siempre empezados y, cuando me compro un cuarto, encontrar todos a la vez justo en el sitio donde deberían estar y no estaban minutos antes. Me gusta la vibración del móvil, un mensaje nuevo en la bandeja de entrada, las postales que me mandan a veces los amigos a casa. Me gusta que el cartero se sepa mi nombre y que me lleguen libros a casa.
Me gusta ese fugaz momento entre el invierno y la primavera, cuando el abrigo ya no tiene que abrigar y su función es la de servir de improvisada toalla en el césped mojado del parque. Me gusta hablar con los amigos hasta la una de la mañana, leer, escribir o escuchar inglés a las dos, leer literatura juvenil a las tres, escribir estas cosas a las cuatro y desayunar con demasiadas ojeras a las siete y media de la mañana. Me gusta el café corto de las 11.55h y el café largo de las 14.55h.
Me gusta volver a casa a las ocho de la tarde, aún de día, y que pelotas perdidas de niños sin abrigo ni bufanda me saquen de mi libro, mientras la banda sonora de las tiendas cerrando acompañan a mi su pelota perdida que no conoce el camino de vuelta. Me gusta que haya una hora más de luz por el día, aunque yo sea más bien nocturna.

