Archivo de la categoría ‘En mi cuaderno...’

[Fotografía: Josefina Andrés]
Miraba sus fotos y pensaba que no le importaría ser cualquiera de ellas. Ella quería tocar la guitarra como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Quería tener un novio fotógrafo que se la llevara al campo los domingos, que le hiciera todas las fotos del mundo y luego, ya sí, que se la llevara al campo, como todos los días. Quería ser diseñadora de camisetas, dibujante, ilustradora, quería tener muchos seguidores en Facebook y reconocer sus diseños en las tiendas del Barrio Gótico de Barcelona. Llevar siempre gafas de sol gigantes y tres pintalabios en el bolso.
Ella quería una tía solterona, de esas que no se casan nunca, que tienen mucho dinero porque han trabajado siempre sin vacaciones. Quería una tía soltera y mecenas que le pagase sus viajes a Londres y le sufragara la compra de telas, bolsos y camisetas en Camdem. Ella quería merendar en la Boquería, todas las tardes, y pasear por las Ramblas, poniendo atención en los modelos que llevan las putas, las guiris y los mimos.
Ella quería un cuerpo delgado, llevar tacones sin que le dolieran los pies, tener tres o cuatro amigos gays y que una lesbiana le tirara los tejos.
Quería llevar camisetas que nadie llevara, que le sentaran los vestidos mejor que al maniquí y pasearse por la playa con una reflex y las gafas de sol más grandes de la tienda. Quería tener los labios siempre pintados de rojo, las uñas de negro, los leggins ajustados, las faldas horteras y un armario más grande que la cocina.
Ella quería forrar su apartamento, un ático en Barcelona, con sus fotos posando, pin-up para su novio y para la revista de moda. Escuchar música electrónica mezclada con jazz y blues, fumar Camel, llevar anillos gigantes y no mirar nunca el reloj.
Ella quería ser una de sus fotos. Y se quedó atrapada en su sueño, en papel fotográfico, en aquel momento, en stand-by eternamente.

[Imagen: Unos desayunos que simplemente, me encantan]
He visto dioses griegos en el s.XXI comiendo pizza mientras escuchaban música de los ochenta. Una musa que no sabía tocar la flauta. Y que había testimonios gráficos, ya sabéis, fotografías en papiros de la época, material altamente clasificado. He escuchado a Amaral y a Xoel cantar juntos Perlas ensangrentadas. He creído por un momento que aún estábamos a marzo o abril y me daba tiempo de redactar bien los trabajos y estudiar todos los días. He pensado que estaba estudiando en lugar de escribir en el blog. Luego he despertado del sueño, pero seguía en otro sueño, esta vez, al revés. He soñado que estábamos a finales de Julio y no me podía ir a Suecia por un volcán. O a finales de Septiembre y no podía ir a Birmingham. O que la montaña cercana a mi pueblo estallaba y no podíamos ir a la fiestas del pueblo de al lado, que sería lo peor, por supuesto.
En los despachos nunca hay nadie. Tampoco en clase. O al revés. La biblioteca llena de ratitas presumidas, digo, ratones con tacones, de bolígrafos de todos los colores. Un matemático, un veterinario y un filólogo se cuentan un chiste y nadie lo entiende. La de la limpieza se marcha, riendo, al siguiente pasillo donde nunca pasa nada fuera de ese siglo. El cierzo se lleva los minutos, los minutos, los minutos, los minutos…
He peleado con Hermione Granger por su giratiempos y he ganado. Escribo ahora desde una hora indeterminadas, pero siempre nocturna, ya lo sabéis. He imaginado que me cabían todos los libros en mi habitación. Ya no sé si estoy viva o muerta, deben pensar los personajes de Pedro Páramo, en esta hora para ellos siempre indeterminada. He sentido que hacía clic encima de una foto de un café y aparecía la taza humeante a mi lado. Y se la bebía el ratón del ordenador, generación 2.0 sin correa. Después tendré un gato 2.0, que es lo que se lleva en Inglaterra, que me aconsejará sobre las variedades del té con una gran sonrisa y le preguntaré dónde se ha comprado el jersey de rayas porque me gusta. Nadie nos enseña dónde parar.
Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba…
Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba
a casa, y juro que no bebí, pero allí estaban los dos, ju-
gando a cartas a la vuelta de la esquina. Eran dos som-
bras para siempre enamoradas: Bécquer y Ché Guevara.

[Imagen: de la estupenda fotógrafa Yulia Gorodinski. ]
Todas esas chicas
que llevaban zapatos rojos
cogieron un tren que no pararía.
(…)
Se arrancaron las orejas como si fueran imperdibles.
Se les cayeron los brazos y se conviertieron en sombreros.
Sus cabezas rodaron y cantaron por la calle.
Y sus pies oh, Dios, sus pies en el mercado-
…los pies siguieron andando.
Los pies no pudieron parar.
(…)
No pudieron escuchar
no pudieron pararLo que hicieron acabaría con ellas
Las chicas que llevaban zapatos rojos también llevaban un bolso gigante y gafas de sol al atardecer. El tren era negro, su vestido blanco, la estación gris y el suelo no tenía baldosas amarillas. Las chicas que llevaban zapatos rojos tenían el pelo corto, algunas rubio, otras negro. Todas llevaban la raya negra en el ojo, los ojos negros, la mirada negra, contraste con los zapatos rojos, el vestido blanco y las uñas azules. Las medias azules aún no se habían roto, pero el collar ahogaba poco a poco, lentamente, tan lentamente como esperaban al tren.
Las chicas que llevaban zapatos rojos nunca llegaron a subirse al tren, nunca llegaron a romperse las medias, nunca llegaron a quitarse el vestido, nunca llegaron a pisar baldosas amarillas. A las chicas que llevaban zapatos rojos les pesaban demasiado los pendientes; dejaron el bolso en el suelo y se quitaron las orejas como si fueran imperdibles. Con un movimiento estudiado, como todo, como las uñas y medias azules, guardaron sus orejas en el bolsillo interior con cremallera, allí donde guardaban el corazón y algunas viejas fotos. Las chicas que llevaban zapatos rojos se lavaban, peinaban y planchaban todos los días el pelo, rubio, negro, que luego sería gris. Pero el cierzo no dejaba de despeinarlas en la estación de tren, donde el tren negro no llegaba nunca para que sus zapatos empezaran a bailar.
Ellas peinaban su pelo con las uñas azules, desenredándolo con los dedos, lenta, seductoramente. Pero el cierzo, aunque no era huracán, no atendía a las miradas de las chicas con zapatos rojos. Fue entonces cuando sus brazos se convirtieron en sombreros. El bolso cayó al suelo, una oreja se salió del bolsillo y tu foto voló donde la chica no llegaría ni con un huracán. Los sombreros se posaron, delicada y estudiadamente, sobre el pelo de las chicas con los zapatos rojos y cada sombrero era de un color y no se repetía ninguno. Las chicas con los zapatos rojos, el vestido blanco, las medias azules, que ya no tenían bolso ni orejas pero sí sombrero vieron llegar al tren negro, que entraba dibujando de gris el cielo, en la estación. Y ellas empezaron a andar, con sus tacones rojos, por la estación, pero no subieron. El tren no podía llegar más allá del huracán, no podía llegar donde estaba la foto, no podía devolverles bolso, orejas y brazos.
En el momento del primer paso, la cabeza rodó de su pedestal, tan alto, que en la caída le dio tiempo a cantar una canción antes de caer dentro del bolso.
Los zapatos rojos comenzaron a caminar, sin dirección.
Color blanco, azul y rojo salieron de la estación.
El bolso, con su cabeza y unas cuantas fotos, se quedó esperando en el andén del tren negro.

[Imagen: Thani, que dice:
the first spring coffee.
with colourful flowers, delicate muffins and a god coffee.
spring. spring. spring.der erste frühlingskaffee.
mit bunten blumen, leckeren muffins und einer guten tasse kaffee.
frühling ist da, meine lieben.]
Destierra bufanda, guantes, orejeras. Guarda el abrigo nuevo morado, el largo negro, el corto de las noches de juerga. Saca del armario las chaquetas cortas, las que paran la brisa primaveral en vez de dar calor invernal. Limpia, lava, plancha y pliega las camisetas de manga larga y mételas al cajón. Perdónales el destierro invernal a las camisetas de colores, las de manga corta con mensajes, las de tirantes de verano, los calcetines de dibujos y los sujetadores que parecen bikinis. Cambia el paquete de pañuelos del resfriado por el paquete de pañuelos de la alergia. Apunta más cafés con hielo con tus amigos en la agenda. Convence a tu cerebro de que aguante el ritmo tres meses más.
Busca las gafas de sol, pide café con hielo, localiza las nuevas terrazas de los bares del barrio, aprovecha las horas de luz al final de la tarde, queda con los amigos en el parque, lee tirada en el césped, que no te importe olvidarte el abrigo en casa, cambia los bolsos de invierno por los de verano, revisa las sandalias, ahorra dinero para el viaje de verano, tira la crema de sol caducada, convéncete de que tienes que hacer la llamada limpieza de primavera, sonríe, piensa en cómo estudiabas los exámenes del año pasado, en las fresas con nata, en las noches de juerga sin abrigo, en los amigos con alergia. Más bici y menos moto. Macedonia de frutas para cenar. Las hojas de los árboles tapan el termómetro de la calle. Margaritas y dientes de león…
Y, mensaje nada subliminal para el cuerpo de laqueaquíescribe, devuelve ya este absurdo resfriado de primavera a quien lo quiera.

[Imagen: Foto mía, tomada en algún lugar de Teruel, en algún momento del verano.]
Ya es primavera. Hay más grados en el termómetro que puedo ver desde mi ventana. Hay más ventanas abiertas y más persianas subidas. Hay estudiantes atrevidos que se sientan al sol del estanque en la universidad. Hay más niños y más pelotas y más bicis y más flores y más alérgicos en la calle. Hay un abrigo más dentro de mi armario y una chaqueta más fuera de él. Hay botines, botas, deportivas y manoletinas en el suelo de mi habitación. Hay unas cuantas sonrisas más, algunos planes más, algunas capas menos de ropa o de vergüenza. Hay más horas de sol tanto fuera como dentro de nosotros. Hay más estudiantes dentro de las bibliotecas y menos ganas de estudiar dentro de sus carpetas. Hay más cortes de pelo y más planes para el verano. Hay más nervios, estrés, libros y apuntes dentro de la mente de muchos estudiantes. Hay más pájaros, más bichos, más perros, más niños traviesos. Hay más madres que se comen la merienda en el parque. Hay más parejas tumbadas en el césped y más besos y más caricias y más ganas. Hay más horas de clase por el día y más ganas de salir de juerga por la noche. Hay más pieles blancas y menos camisetas negras. Hay bolsos más grandes y faldas más cortas. Hay manos más juntas y menos guantes. Hay más colgantes, pendientes, escotes y menos bufandas. Hay más grados en el termómetro que veo desde mi ventana.

[Fotografía: Josefina Andrés.]
Me gusta pensar que la semana que viene habrá una hora más de luz por las tardes. Me gusta volver a casa a las ocho de la tarde cuando cierran las tiendas, cuando salen las sonrisas y los perros a pasear por la calle. Me gusta devolver pelotas perdidas y no acertar nunca con la dirección, ni la suya ni la mía. Me gustan los suplementos de los periódicos y leer libros que no recomienden en la sección de cultura. Me gusta ducharme con el baño templado por el calefactor y el agua bien caliente incluso en verano.
Me gusta tener una docena de pendientes encima de la mesilla y usar siempre los mismos. Me gusta regalar bombones en invierno y piruletas en verano. Me gusta abrir el diccionario María Moliner por cualquier página y descubrir palabras nuevas que se me olvidan al minuto. Me gusta mirar cada día mi estantería de libros por leer y alimentarla semana a semana lentamente hasta que la creación devore a su creadora. En el fondo, muy en el fondo, o quizás no tanto, me gusta y mucho que mi hermana pequeña me robe la ropa, bolsos, pañuelos, libros y música. Me gusta tocar los lomos de los libros de las bibliotecas ajenas y cotillear qué libro tienen mis amigos en la mesilla. Me gusta abrir los libros al azar y leer alguna de sus líneas, salteadas. Me intriga el aspecto de algunos escritores o cómo pueden sonreír tan tranquilos después de haber escrito una determinada historia. Me gusta gastarme mi dinero en libros, viajes y juergas, por ese estricto o a veces no orden de prioridad.
Me gusta que nunca se acabe la música en Spotify y llevar siempre un libro en el bolso por si se me acaba la batería del mp3. Me gusta tener la maleta detrás de la puerta de la habitación por mucho que me manden recogerla, me gusta verla siempre ahí, lista, dispuesta a acompañarse a donde sea que me la lleve. Me gusta apuntarme todo en mi memoria agenda, me apunto con bolis de colores los detalles insignificantes y con boli negro las citas serias.
Me gusta perder los tres cacaos que tengo siempre empezados y, cuando me compro un cuarto, encontrar todos a la vez justo en el sitio donde deberían estar y no estaban minutos antes. Me gusta la vibración del móvil, un mensaje nuevo en la bandeja de entrada, las postales que me mandan a veces los amigos a casa. Me gusta que el cartero se sepa mi nombre y que me lleguen libros a casa.
Me gusta ese fugaz momento entre el invierno y la primavera, cuando el abrigo ya no tiene que abrigar y su función es la de servir de improvisada toalla en el césped mojado del parque. Me gusta hablar con los amigos hasta la una de la mañana, leer, escribir o escuchar inglés a las dos, leer literatura juvenil a las tres, escribir estas cosas a las cuatro y desayunar con demasiadas ojeras a las siete y media de la mañana. Me gusta el café corto de las 11.55h y el café largo de las 14.55h.
Me gusta volver a casa a las ocho de la tarde, aún de día, y que pelotas perdidas de niños sin abrigo ni bufanda me saquen de mi libro, mientras la banda sonora de las tiendas cerrando acompañan a mi su pelota perdida que no conoce el camino de vuelta. Me gusta que haya una hora más de luz por el día, aunque yo sea más bien nocturna.

[Imagen: Enfundada en bufanda, de la ilustradora de LIJ Rebeca Jiménez]
Ya no se veían las aceras. Ya no se veían las esquinas. La calle Veintitrés es de las más concurridas: y un tendero compasivo tuvo que poner en su esquina un poste que decía: “Esta es la calle Veintitrés”. A la rodilla llegaba la nieve, y del lado del viento, a la cintura. La ventisca rabiosa mordía las manos de los caminantes, se les entraba por el cuello, les helaba las orejas y la nariz, les metía puñados de nieve por los ojos, los echaba de espaldas sobre el nevado resbaladizo, los sujetaba sobre él con nuevas ráfagas, los lanzaba danzando y sin sombrero, contra la pared, o los dejaba dormidos, dormidos para siempre, ¡sepultados! El uno, un comerciante, en la flor de la vida, había de aparecer hoy, hundido en el turbión, sin más señal de su cuerpo que la mano alzada por sobre la nieve. El otro, un mandadero, azul como su traje, sale en brazos de sus compañeros piadosos de aquella tumba blanca y fresca, propia de su alma de niño. El otro, clavado hasta la cabeza, con dos manchas rojas en el rostro blanco, y los ojos violáceos, duerme.
Nueva York bajo la nieve, José Martí.
Pepa Bueno le aconseja a Lorenzo Milá que se suba la bufanda y no coja un resfriado. A Lorenzo le llega la nieve por las rodillas y Nueva York es un caos monumental. Los neoyorkinos convocan peleas de bolas de nieve por facebook. Toda la ciudad se junta en Central Park para disfrutar de peleas de bolas de nieve entre vecinos. Sólo haría falta una estrella azul, como en Pinocho, para darles vida a los muñecos de nieve.
Las once de la noche. -3ºC en el termómetro de la calle que veo desde mi ventana. Las ramas de los árboles desnudos bailan al son del cierzo. Estaba ordenando apuntes y he recordado a Martí, una de las últimas lecturas previas a los exámenes de febrero. Nueva York bajo la nieve escribía él hace más de un siglo. Y seguimos igual. En la ciudad del cierzo la nieve no cuaja, lástima; me gustaría una pelea de bolas de nieve en la plaza del Pilar, escondiéndonos detrás de la bola del mundo o resguardándonos entre las tres carabelas de Colón. Y patinar sobre hielo bajo la atenta mirada de Goya.
Me voy a hacer un café calentito, con canela o vainilla, y seguiré ordenando los apuntes de este cuatrimestre que acabamos de terminar. Quien dijo que el saber no ocupa lugar no estudiaba, seguro. O tenía los apuntes en un pendrive y los leía en su e-book, todo es posible. Pero tomando apuntes con el ordenador o leyéndolos en el e-book, el mundo se perderá las maravillosas obras de arte y marginalia que los estudiantes garabateamos en los márgenes de lo que supuestamente debería estar dentro de nuestra cabeza.
Me vuelvo a mis apuntes de papel. Al menos, si hace frío, si la ciudad del cierzo amanece bajo la nieve como Martí describía a Nueva York, podré quemarlos en una hoguera. Algunos no me importarán en absoluto; otros me dolería en el alma. No sé durante cuánto tiempo puede arder un e-book. Ayer jugué al escondite con un pendrive; más bien jugó él conmigo. Ganó.
Publicaciones propias:
1. La destrucción del idilio en la novela El padre de Blancanieves de Belén Gopegui: tiempo y espacio en el idilio moderno. (Narrativas, 14)
2. Comentario sobre el capítulo LIII de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha: Sancho y su renuncia a la ínsula en el camino hacia la novela moderna. (Narrativas, 17)
3. El rumor de los desarraigados. Conflicto de lenguas en la península ibérica. Reseña sobre el libro de Ángel García, ganador del premio Anaya de ensayo. (Narrativas, 18)
El año pasado, lo celebraba con Alicia tomando el té en su no-cumpleaños con el sombrerero loco.
Este año, traigo a Marlango tocando su Hold me tight en el piano de Alicia.
Yo quiero una fiesta de cumpleaños en un día soleado. En una casa grande para que venga mucha gente. El suelo del salón lleno de globos de colorines. También en el techo, en todos los sitios. Tartas, pasteles, risas y sonrisas. Marlango en una esquina, con piano, y que me dediquen su Hold me tight o cualquier otra canción. Que mis amigos que saben tocar guitarras, bajos, violines y chelos vengan a hacer un improvisado concierto. Una nevera a la que no se le acaben los cubitos de hielo, los cócteles o los bombones. Luces de colores, lo pasaré bien. Una orgía literaria o musical o poética o audiovisual o todas a la vez. Confetti que se autorrecoja y bebidas que no manchen el sofá. Un escenario, pequeñito, con micrófono, para recitar poesía, hacer monólogos o cantar en karaoke. Barra libre con camareros guapos. Servicio de recogida de borrachos basuras. Máquinas teletransportadoras para que mis amigos que no estén en la ciudad del cierzo vengan a visitarme. Regalos para todos los invitados. Que nos canten el Cumpleaños feliz dos veces, una para Isabel -inmejorable compañía y compañera cafetera, con la que tengo la suerte de compartir cumpleaños y conversaciones solucionadoras de mundos- y otra para mí. Y tirones de orejas que no duelan, gracias.
Se dio cuenta de que las palabras no servían para nada.
Al menos, no para lo que ella quería. No si nadie quería escucharlas.
Así que, se cayó calló. Y no volvería a hablar hasta que no lo viera oportuno.
También se cayó, sí, y se dio un buen golpe del que todavía le quedan un par de moraduras.
Pero esa es otra historia y no le apetece contarla.
[Porque fall significa otoño, pero también caída, rendición, capitulación.]
