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[Imagen: Enfundada en bufanda, de la ilustradora de LIJ Rebeca Jiménez]
Ya no se veían las aceras. Ya no se veían las esquinas. La calle Veintitrés es de las más concurridas: y un tendero compasivo tuvo que poner en su esquina un poste que decía: “Esta es la calle Veintitrés”. A la rodilla llegaba la nieve, y del lado del viento, a la cintura. La ventisca rabiosa mordía las manos de los caminantes, se les entraba por el cuello, les helaba las orejas y la nariz, les metía puñados de nieve por los ojos, los echaba de espaldas sobre el nevado resbaladizo, los sujetaba sobre él con nuevas ráfagas, los lanzaba danzando y sin sombrero, contra la pared, o los dejaba dormidos, dormidos para siempre, ¡sepultados! El uno, un comerciante, en la flor de la vida, había de aparecer hoy, hundido en el turbión, sin más señal de su cuerpo que la mano alzada por sobre la nieve. El otro, un mandadero, azul como su traje, sale en brazos de sus compañeros piadosos de aquella tumba blanca y fresca, propia de su alma de niño. El otro, clavado hasta la cabeza, con dos manchas rojas en el rostro blanco, y los ojos violáceos, duerme.
Nueva York bajo la nieve, José Martí.
Pepa Bueno le aconseja a Lorenzo Milá que se suba la bufanda y no coja un resfriado. A Lorenzo le llega la nieve por las rodillas y Nueva York es un caos monumental. Los neoyorkinos convocan peleas de bolas de nieve por facebook. Toda la ciudad se junta en Central Park para disfrutar de peleas de bolas de nieve entre vecinos. Sólo haría falta una estrella azul, como en Pinocho, para darles vida a los muñecos de nieve.
Las once de la noche. -3ºC en el termómetro de la calle que veo desde mi ventana. Las ramas de los árboles desnudos bailan al son del cierzo. Estaba ordenando apuntes y he recordado a Martí, una de las últimas lecturas previas a los exámenes de febrero. Nueva York bajo la nieve escribía él hace más de un siglo. Y seguimos igual. En la ciudad del cierzo la nieve no cuaja, lástima; me gustaría una pelea de bolas de nieve en la plaza del Pilar, escondiéndonos detrás de la bola del mundo o resguardándonos entre las tres carabelas de Colón. Y patinar sobre hielo bajo la atenta mirada de Goya.
Me voy a hacer un café calentito, con canela o vainilla, y seguiré ordenando los apuntes de este cuatrimestre que acabamos de terminar. Quien dijo que el saber no ocupa lugar no estudiaba, seguro. O tenía los apuntes en un pendrive y los leía en su e-book, todo es posible. Pero tomando apuntes con el ordenador o leyéndolos en el e-book, el mundo se perderá las maravillosas obras de arte y marginalia que los estudiantes garabateamos en los márgenes de lo que supuestamente debería estar dentro de nuestra cabeza.
Me vuelvo a mis apuntes de papel. Al menos, si hace frío, si la ciudad del cierzo amanece bajo la nieve como Martí describía a Nueva York, podré quemarlos en una hoguera. Algunos no me importarán en absoluto; otros me dolería en el alma. No sé durante cuánto tiempo puede arder un e-book. Ayer jugué al escondite con un pendrive; más bien jugó él conmigo. Ganó.
El año pasado, lo celebraba con Alicia tomando el té en su no-cumpleaños con el sombrerero loco.
Este año, traigo a Marlango tocando su Hold me tight en el piano de Alicia.
Yo quiero una fiesta de cumpleaños en un día soleado. En una casa grande para que venga mucha gente. El suelo del salón lleno de globos de colorines. También en el techo, en todos los sitios. Tartas, pasteles, risas y sonrisas. Marlango en una esquina, con piano, y que me dediquen su Hold me tight o cualquier otra canción. Que mis amigos que saben tocar guitarras, bajos, violines y chelos vengan a hacer un improvisado concierto. Una nevera a la que no se le acaben los cubitos de hielo, los cócteles o los bombones. Luces de colores, lo pasaré bien. Una orgía literaria o musical o poética o audiovisual o todas a la vez. Confetti que se autorrecoja y bebidas que no manchen el sofá. Un escenario, pequeñito, con micrófono, para recitar poesía, hacer monólogos o cantar en karaoke. Barra libre con camareros guapos. Servicio de recogida de borrachos basuras. Máquinas teletransportadoras para que mis amigos que no estén en la ciudad del cierzo vengan a visitarme. Regalos para todos los invitados. Que nos canten el Cumpleaños feliz dos veces, una para Isabel -inmejorable compañía y compañera cafetera, con la que tengo la suerte de compartir cumpleaños y conversaciones solucionadoras de mundos- y otra para mí. Y tirones de orejas que no duelan, gracias.
Se dio cuenta de que las palabras no servían para nada.
Al menos, no para lo que ella quería. No si nadie quería escucharlas.
Así que, se cayó calló. Y no volvería a hablar hasta que no lo viera oportuno.
También se cayó, sí, y se dio un buen golpe del que todavía le quedan un par de moraduras.
Pero esa es otra historia y no le apetece contarla.
[Porque fall significa otoño, pero también caída, rendición, capitulación.]

Anna, con el abrigo blanco, comienza a leer Viajes por el scriptorium en el autobús de vuelta a casa. Está empezando a nevar. Al cerrar la puerta del piso, le saludan las palabras: mesa, mando, tv, sillón. Su padre está sentado en el sofá, con el pijama blanco, las manos en las rodillas, la cabeza gacha. Mientras hace la comida en la cocina, tira el libro de Paul Auster a la papelera. Llevaba pocas páginas, ni siquiera conocía la verdadera relación entre los personajes. Además, se ha olvidado quitar el marcapáginas. Pero acaba de darse cuenta de que la realidad a veces supera la ficción, por muy buena que ésta sea. Y éso no le gusta.
[Imagen: Flickr Manganite.]
Con vuestro permiso, voy a dedicar mi última noche libre en las próximas tres semanas a devorar despacito a Paul Auster. O leerlo con avidez, como queráis. El viaje de esta noche será de mi escritorio con apuntes filológicos a su scriptorium que me está dejando fascinada.
Y espero que su último libro, Invisible, se trasforme precisamente en eso en el hueco al que le he desterrado en mi estantería hasta que acabe los exámenes, porque si no, no respondo de mis instintos de lectura. Que la culpa de que quiera viajar a Nueva York la tiene precisamente este escritor.

[...]
Gris a mí alrededor. Contra mi mano
la nube espesa se va abriendo en vano
porque el fuego que soy, no está encendidoy hay niebla en lo que miro y lo que toco.
Ah, yo no sé… Tal vez te odio un poco
porque está gris, y llueve, y no has venido.
No se dio cuenta de lo que estaba dibujando hasta que lo terminó. Entonces lo miró, primero con sorpresa, luego con indiferencia. Así había sido. Primero sorpresa, luego los consecuentes e inseparables amor y odio. Ahora con indiferencia. Nada cambia. Quizás ilusión, quizás esperanza. Ahora sólo veía las gotas de lluvia estrellándose contra las hojas de los chopos. El viento se llevaba las nubes y sonaba un vinilo en el salón. Una mujer, fuera, en la calle, corría detrás de su gorro, que había decidido que quería la independencia. Tardes apáticas, ni la lectura ni la música ni el dibujo conseguían distraerle.
Todo era más fácil cuando estaba lejos, lejísimos. Aunque fuera sólo en su mente, estaba lejos. Ahora no había manera. Parecía que le había dado todas las llaves y contraseñas del mundo. Que su firewall físico había caído y que ella era mejor hacker mental que él. Sabía de sobras que ambos estarían viendo cómo llovía con un café al lado y poesía de Cristina Peri Rossi sobre la mesilla. Lo sabía tan bien que no hacía falta ni abrir el libro, Si el lenguaje este modo austero de convocarte en medio de fríos rascacielos y ciudades europeas fuera el modo de hacer el amor entre sonidos o el modo de meterme entre tu pelo. Se levantó de la silla y fue entonces cuando vio el dibujo que había garabateado: la puerta de aquel bar. Sonrió, intentó mostrar indiferencia, pero sonrió. Se quitó el jersey, despacio, despacio, y fuera llovía. Como aquel día. Le dio la vuelta al vinilo. Cara B. Siempre hay dos caras, dos opiniones, dos opciones. Cogió el dibujo y se dirigió a su estantería. Sacó un libro finito, muy manoseado. Lo abrió por una página que tenía la esquina doblada y la marca de un pintalabios. Metió el dibujo y cerró el libro con desasosiego, como aquel día. Ella le acompañó al aeropuerto, le regaló un libro para el viaje, para que no se aburriera. Poesías de Julia Prilutzky. Cuando las azafatas le permitieron desabrocharse el cinturón, se levantó para coger el libro de su mochila. Una de las esquinas del libro estaba doblada, a propósito. Sus labios rojos habían besado el poema.
Tal vez no sepas nunca cuándo y cómo
quise salvar mi amor, tu amor. El nuestro.
Una vez será tarde.
Yo presiento
esa herida que avanza,
ese cierto dolor de no querernos.
Cómo decirte ahora:
mírame aún, así, trata de verme
como soy, duramente.
Con mi ternura. Claro, y mis tormentas.
Cómo decirte: sálvalo, si quieres
y cuídalo. Se te ha ido de las manos,
se me va de la sangre y no regresa.
Cómo decirte que te quiero menos
y que quiero quererte como entonces.
Y que entiendas
y no te encierres más.
Y me dejes creer en ti, de nuevo.
Cómo decirte nada.
Un día será tarde. Tarde y lejos.
Llovía a cántaros cuando aterrizó en Berlín. Se compró el jersey que se acaba de quitar en la primera tienda que encontró, junto con un paraguas que le duró más de lo que estaba acostumbrado. Llovía hoy como aquel día o aquel día como hoy. Y sólo podía pensar en Julia, y no precisamente en la poeta.
[Imagen: Josefina Andrés]

Ya ha llegado el frío. Ya nos podemos tapar con capas y capas de calor simulado. Ya podemos imaginar abrazos con los abrigos gordos de invierno. Sentir agradables caricias de lana de nuestra bufanda. Nos ponemos el jersey en vez de que nos lo quiten. Manos inertes, guantes, que nos cogen de la mano y nos acompañan imitando otras manos cálidas. Sentir escalofríos sin que nadie los provoque. Sonreír al llegar a casa, por el calor y no porque estés ahí. Botas altas, cuanto más protegidos -de todo, no sólo del frío- mejor. Sonrojarse en el bar por el contraste de temperatura con la calle, y no el contraste del tacto del vaso helado del cubata a la piel de tu espalda. Inmovilismo mecánico debido al efecto capil del invierno. Inmovilismo mental, las ideas congeladas bajo el gorro que lucha contra el cierzo. Neuronas ralentizadas, sanfre fría, despedidas rápidas, portales cerrados, labios refugiados tras bufandas, manos en los bolsillos, piernas envueltas en medias, cuellos inaccesibles, miradas fugaces, pestañas que sucumben al frío.
En la ciudad del cierzo, las aceras invadidas por hojas caídas de árboles de hoja caduca.
Son unos pájaros de expresión triste. Su plumaje es negro, tienen las patas y el pico de un vistoso color rojo y la cara como si llevaran una máscara blanca. Los islandeses los llaman lundis. Los ingleses, puffins. En español se les conoce como frailecillos. Emigran a finales de abril, y realizan un alto en su camino en una isla perdida en mitad del Atlántico Norte por la que atraviesa el Círculo Polar Ártico, llamada Grimsey. De la noche a la mañana, los solitarios acantilados de ese lugar remoto se pueblan de miles de pájaros tristes. Permanecen allí alrededor de tres meses, el tiempo suficiente para que los polluelos nazcan y aprendan a volar. Levantan el vuelo durante la última quincena de agosto, dicen que nunca más tarde del día veinte. Dejan tras de sí la negra desnudez de los acantilados huérfanos y un vaticinio de castátrofe en el aire.
En lugares como Grimsey, la llegada del invierno siempre es una catástrofe.
Círculo Polar Ártico, del libro de relatos Los que rugen, de Care Santos.
[Foto de Josefina Andrés, estupenda fotógrafa y gran amiga.]
Ayer regalé bombones. Creo que es lo mejor que he hecho en semanas, sólo por la sonrisa con la que fueron recibidos.
Me fascina el poder de una canción, un libro o un poema. Me intriga el ángulo exacto de inclinación del palillo de madera para que la olla a presión deje de pitar. Me pregunto si en los hilos de la tela de mi gorro se quedarán atrapadas las ideas que hoy no encuentro en mi cabeza y por qué el bote de sacarina no se acaba nunca. Tengo curiosidad por saber dónde está mi otro calcetín azul, la moneda de dos euros que desapareció dentro de mi bolso o cómo es posible que pueda perder y encontrar un libro varias veces en un mismo día. Me gustaría saber si el ordenador entiende que las sonrisas no son para él o si el móvil sabe que no es a él a quien nos gustaría tocar en ese momento. Me asustaré el día en el que el ordenador pueda analizar nuestras miradas o el Iphone tenga la aplicación para medir nuestro pulso cardíaco cuando suena esa canción.
Mientras, nos ajustaremos bufanda, guantes y gorro para sentirnos un poquito más calentitos, más protegidos, más queridos, y seguiremos regalando bombones para disfrutar de las sonrisas que provocan.
Tengo un serio problema. Mi Quijote se ha escapado.
Bueno, mi segunda parte del Quijote, que la primera sigue quieta en su sitio en la estantería.
Teníamos que hacer un comentario de texto y yo había pensado en el último capítulo de Sancho como Gobernador de la ínsula de Barataria. Me fascina Sancho, casi más que Don Quijote. Y por supuesto, me fascina la segunda parte del Quijote muchísimo más que la primera.

[Happyness is a cup of coffee and a really good book. Quiero esa taza de café!]
Ayer por la noche acudí a mi biblioteca particular, una pared de mi cuarto llena de libros, y no estaba. Allí estaba solitario y tristón Quijote I sin pareja, y Quijote II no aparecía por ninguna parte. No se ha ido a visitar otro siglo, porque no está en la estantería de medieval. No le ha dado por buscar nuevas aventuras, porque no está en la balda de Salgari y Julio Verne. No ha ido a cotillear la amplia sección de literatura infantil y juvenil, tampoco la de poesía.
Os voy a facilitar una descripción de mi Quijote II por si acaso lo encontráis: Tiene muchas frases subrayadas, post-its de colores señalando las partes más importantes o interesantes (que a veces no coinciden) y el lomo bastante arrugado de abrirlo y cerrarlo tantas veces. La esquina inferior derecha algo doblada, de llevarlo en el bolso para leerlo en el pueblo.
¿Se habrá ido a vivir nuevas aventuras? ¿Querría visitar otras bibliotecas? ¿Habrá roto Don Quijote la promesa que le hizo al Caballero de la Blanca Luna en la playa de Barcelona y habrá vuelto a las andanzas caballerescas?
Lo echo de menos. Por favor, si alguien encuentra mi Quijote II, decidle que sólo quiero volver a pasar buenos ratos con él, y que si está de vacaciones, que me mande una postal allá donde esté, que aquí en mi estantería siempre tendrá un sitio reservado.
PD. Va, ahora en serio, ¿¡dónde se puede haber metido el libro!? Al final tendré que ponerles GPS…
Un naufragio repentino. Veías las grietas en el barco, veías demasiada agua a tu alrededor. Pero un suceso de ese tipo no puede ser previsto, es repentino, te pilla desprevenida. Una marea que te arroja a una playa desconocido. Despiertas con el rumor del mar, las olas acariciándote, el suave sol reflejado en la fina arena. Al principio todo es perfecto: sol y luna, mar y arena, playa y descanso. A veces hay problemas, claro: escollos que vencer, luchar un poco si quieres permanecer en esa isla a la que has llegado. Nadie te ha pedido permiso para lanzarte ahí, te ves en ese estado, en esas condiciones, un poquito atrapado, sin saber bien qué hacer. Pero hay algo que te dice que no es mal lugar, no son malas las sensaciones que te provoca, que te gustan, que añorarías si te fueras de esa isla paradisíaca.
La marea te deja con resaca, como suelen dejar este tipo de sucesos. La marea, digo. La isla a simple vista parece una cosa, luego, conforme la exploras, poco a poco, vas encontrando novedades, que aún te gustan más como para quedarte en ese lugar que antes no conocías y del que ahora no quieres alejarte. A veces despiertas con una sensación extraña, con ganas de tirarlo todo por la borda, añorando el barco antes del naufragio. Otras veces tienes ganas de aventuras y la isla te las da, como si te conociera, como si quisiera complacerte.
¿Será bueno dejarse llevar por esa marea, a pesar de la resaca, a pesar de los arrecifes que nos quieren impedir llegar a buen puerto?
Luchar por sobrevivir en esa isla, por estar a su amparo, a veces paradisíaca, a veces complicada. O luchar por volver al momento justo antes del naufragio, olvidar lo aprendido, lo sentido, lo descubierto, y no dejarse llevar por la marea.
O quedarse varada tras el naufragio, teniendo la isla a la vista, casi al alcance de la mano, y sin poder tocarla, como Tántalo, como tantos.Helena Torres

Florencia es una ciudad de luz, arte y palacios.
En Florencia puedes ver la Venus y la Primavera de Boticelli en la Galería de los Uffizi. En Florencia puedes pasear, escogiendo qué palacio comprarás cuando tengas dinero, para instalar una gran gran biblioteca y robar la impresionante colección de arte del palacio Pitti. En Florencia puedes cenar gofre con helado, mientras un pequeño gorrión te mira anhelante, a la espera de que le des un poquito. En la plaza del Duomo de Florencia puedes elegir con qué quedarte sin respiración: si con el estilo gótico italiano del Duomo o con las puertas del Baptisterio de Bernini. En Florencia le puedes ver el culo del David de Miguel Ángel, de Donatello y de Verrochio en un mismo día. En Florencia te faltan ojos y la cámara nunca capta lo que sientes. En Florencia hay muchas tiendas de cuadernos, plumas, tinta, porque las musas están en el ambiente. En Florencia está uno de los puentes más bellos, el puente Vecchio, y ver atardecer allí es irrepetible. En Florencia me enamoré definitivamente del Arte, así, con mayúsculas.
En Florencia nació Dante Alighieri, allá por la primavera de 1265.
En medio del camino de nuestra vida
me encontré por una selva oscura,
porque la recta vía era perdida.¡Ay, qué decir lo que era es cosa dura
esta selva salvaje, áspera y fuerte,
cuyo recuerdo renueva la pavura![...]
A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;
mas ya movía mi deseo y mi velle,
como rueda a su vez movida,el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.
Principio y final de La Divina Comedia, Dante Alighieri.
Ya no hay poetas porque ya no hay amor.
Beatriz fue la Calíope de Dante.
Y Laura la de Petrarca y pocos poetas más amaron así.
Pocos poetas hay, porque hay poco amor.
Los cantantes modernos hablan de amor.
Los poetas modernos hablan del desamor.
¿El desamor con música es mejor, es amor?
Ya no hay selvas oscuras en el camino de la vida.
Talaron los árboles, ahora son todo autopistas.
Ahora el camino recto es el obligatorio.
Pero no hay camino, es mentira,
se hace camino al andar,
perdiéndose en la selva, sin gps.
Si hay autopistas, ya no hay camino.
Ya no hay bajada a los infiernos.
Si no hay bajada, no hay subida.
Por eso no hay amor, no hay paraíso.
Las autopistas no van a ninguna parte.
Hemos perdido el mapa del amor.
Los poetas modernos viajan en autopista.
Y ya no existen las selvas, ya no hay camino.
La vida nueva (fragmento)
Muchas veces me vienen a la cabeza
la oscura cualidad que me da el Amor
y me tengo lástima y así me digo:¡Ay de mí!, ¿les pasa esto a otros?;
porque tan hábilmente me asalta el amor
que la vida casi me abandona:
sólo un hilo de espíritu deja medio vivo,
uno que sólo por ti vive y razona.Luego me esfuerzo, yo deseo salvarme,
y casi muerto, sin ningún valor,
vengo a verte, creyendo así curarme:y cuando alzo los ojos para observarte
en mi corazón se inicia un terremoto
que suspende en mi alma todos los latidos.Dante Alighieri
Dante intentó una vida nueva. ¿Se puede?
Con un helado lo consigues, hasta que te lo terminas.
Habrá que cambiar el oxígeno por helados de vainilla.
Sólo tenemos una vida, poco tiempo. Habrá que disfrutarla.
Con amor o sin amor. O con amor desenamorado. O con desamor enamorado.
O con Calíope y punto.
Habrá que volver a Florencia, a ver si esta vez se despista el segurata y podemos tocarle el culo al David de Miguel Ángel. Aunque el de Donatello no está nada mal.
[Imagen: Duomo de Florencia, a 5min de la casa de Dante, en el casco histórico de la ciudad del arte, luz y palacios.]