08 DIC 2016

Compartir la habitación

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[El maletín de Newt Scamander. Qué bien nos habría venido en nuestra caótica y compartida habitación.]

Escribí este texto a mitad de septiembre. Tres meses después, sigo pensando exactamente lo mismo:

Llevo dos semanas estudiando en casa y todo es muy extraño.

Es muy extraño tener la habitación para mí sola, con una mesa gigante en la que me caben los apuntes y puedo esparcirme. Es raro no tener que esquivar sandalias, deportivas o chancletas por el suelo de la habitación. Es raro buscar una camiseta y encontrarla a la primera –o a la segunda-.

Es raro porque, desde inicio de año, tenía una okupa en la habitación, una de mis primas pequeñas, que había venido a Zaragoza por trabajo. La habitación tenía dos camas y apenas cabía la mesa del ordenador y la silla. El suelo estaba lleno de maletas de fin de semana, deportivas, botas, bolsos y miles de trastos. Había cremas que no eran mías junto a mis cremas, otro cepillo de dientes más en el baño y un montón de pendientes, colgantes y pulseras nuevas por las estanterías.

Era divertido entrar en la habitación y tirar el bolso al aire, porque siempre caía encima de alguna de las camas. O ir a ponerte una camisa de tu armario y que te gustara más una de las de tu prima. Era desconcertante entrar en la habitación y que oliera a ella, a su colonia. Era extraño vivir en la misma habitación y que algunos días apenas nos viéramos solo una hora, por nuestros turnos de trabajo, antes de irnos a dormir.

Era entretenido que tu prima pequeña llegara a casa, tú estabas en el ordenador trabajando, ella se tiraba en la cama y te contaba las nuevas ocurrencias y disparates de su jefe en el trabajo. O los días que ella no tenía que madrugar porque iba de tardes, era inquietante tener que vestirse despacio, con cuidado, con la luz del móvil para no despertarla, los días que yo madrugaba para ir a dar charlas por todo Aragón. Una semana madrugaba yo, otra semana madrugaba ella. Ahora se me hace raro entrar en mi habitación haciendo ruido. O levantarme y poder subir la persiana sin preocupación.

Era admirable cómo ella se podía dormir pronto, aunque yo me quedara hasta las mil en el ordenador, con la luz del flexo encendida. Ese ha sido el punto clave de esta relación: todo irá bien si te puedes dormir aunque yo me quede en el ordenador hasta las dos de la madrugada.

Ha sido curioso pensar que ella ha vivido más que yo en mi habitación durante los dos meses de verano. Yo me fui a Estados Unidos, y a Teruel, y a Bilbao, y a otros sitios. En dos meses, he dormido cinco noches en Zaragoza. Ella ha vivido dos meses más que yo en mi habitación.

Es extraño ver la habitación tan vacía, tan ordenada. La primera semana de septiembre, los zapatos volvieron a su orden –aún siguen saliendo sandalias y chancletas de debajo de la cama-. Hay más espacio en el armario –bueno, no tanto-. La segunda cama ha desaparecido y en su lugar ha entrado mi nueva compañera de habitación: una mesa grande, enorme, gigante, de lado a lado de la habitación, debajo de la ventana, para estudiar tranquilamente las oposiciones.

No es fácil compartir una habitación de piso entre dos. Una habitación pequeña en la que apenas hay espacio entre las dos camas. Si buscáis compañera de habitación, que sea alguien con quien te rías; que no se sorprenda ni moleste cuando dejes tres o cuatro libros encima de su cama; que entienda la absoluta importancia de no hacer la cama y le guste airear las sábanas tanto como a ti; que sea alguien con quien tengas confianza para dejar todas tus contraseñas memorizadas en el ordenador; que deje post-its en la mesa con sus notas como si fuera suya porque, al fin y al cabo, también lo es; que te coja la ropa prestada y te despiertes con un whatsapp que diga: te he cogido una chaqueta, que hacía frío esta la mañana.

Que sea alguien que, por muy okupa que estuviera, por muy extraño que fuera compartir habitación siendo las dos tan mayores, cuando se vaya y te devuelva de nuevo tu habitación sientas: qué silencio, cuánto orden, qué grande y qué vacía parece la habitación sin la segunda cama. Y pienses: le voy a llamar, a ver si quiere que quedemos a tomar algo en la zona de su nuevo piso.

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