Marlango – The Long Fall
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Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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¿Cuántos cotillas…?

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 [Imagen de mi cajón de sastre fotobibliófilo]

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. (…)

Emma Zunz

 

El peligro de llamarse Emma -el título de esta entrada me ha recordado a la adaptación a la gran pantalla del texto de Oscar Wilde La importancia de llamarse Ernesto, con mi admirado Colin Firth- es que los autores parecen asociar a ese nombre un cierto grado de locura.

Hoy es catorce de enero. Y hace unos días, leímos en clase para comentar el relato de Borges Emma Zunz. Este cuento relata la venganza de la joven Emma Zunz contra su empleador, Aarón Loewenthal, culpable del exilio y suicidio de su padre, lo cual enseguida me recordó también a Íñigo Montoya vengando a su padre. No voy a intentar convenceros de que leáis a Borges. Borges convence por sí sólo. Escoged cualquiera de los relatos de Ficciones y ya me diréis. El caso es que estábamos en clase comentando Emma Zunz y la locura y confusión de la protagonista cuando recordé a otra Emma, también algo transtornada: Emma Bovary, de la maravillosa novela Madame Bovary de Flaubert. Otra must-read-novel, claro.

 

Os dejo dos fragmentos,  de la novela de Flaubert y del relato de Borges. Dos fragmentos de lo más interesante, de esos que insinúan lo que nos atrae, el acto que se esconde tras esas palabras, que nos sugieren perfectamente pero no lo describen en absoluto. Ese acto, sí.

  ¿Adónde va el señor?  preguntó el cochero.

 ¡Adonde usted quiera!  dijo León metiendo a Emma dentro del coche.

Y la pesada máquina se puso en marcha.

Bajó por la calle Grand Pont, atravesó la Place des Arts, el Quai Napoleón, el Pont Neuf y se paró ante la estatua de Pierre Corneille.

 ¡Siga!  dijo una voz que salía del interior.

El coche partió de nuevo, y dejándose llevar por la bajada, desde el cruce de La Fayette, entró a galope tendido en la estación del ferrocarril.

 ¡No, siga recto!  exclamó la misma voz.

El coche salió de las verjas, y pronto, llegando al Paseo, trotó suavemente entre los grandes olmos. El cochero se enjugó la frente, puso su sombrero de cuero entre las piernas y llevó el coche fuera de los paseos laterales, a orilla del agua, cerca del césped. Siguió caminando a lo largo del río por el camino de sirga pavimentado de guijarros, y durante mucho tiempo, por el lado de Oyssel, más a11á de las islas. Pero de pronto echó a correr y atravesó sin parar Quatremares, Sotteville, la Grande Chaussée, la rue d’Elbeuf, a hizo su tercera parada ante el jardín des Plantes.

 ¡Siga caminando!  exclamó la voz con más furia.

Y enseguida, reemprendiendo su carrera, pasó por San Severo, por el Quai des Curandiers, por el Quai Aux Meules, otra vez por el puente, por la Place du Champ de Mars y detrás de los jardines del hospital, donde unos ancianos con levita negra se paseaban al sol a lo largo de una terraza toda verde de hiedra. Volvió a subir el bulevar Cauchoise, después todo el Mont Riboudet hasta la cuesta de Deville.

Volvió atrás; y entonces, sin idea preconcebida ni dirección, al azar, se puso a vagabundear. Lo vieron en Saint Pol, en Lescure, en el monte Gargan, en la Rouge Mare, y en la plaza del Gaillard bois; en la calle Maladrerie, en la calle Dinanderie, delante de Saint Romain, Saint Vivien, Saint Maclou, SaintNicaise, delante de la Aduana, en la Basse Vieille Tour, en los Trois Pipes y en el Cementerio Monumental. De vez en cuando, el cochero desde su pescante echaba unas miradas desesperadas a las tabernas. No comprendía qué furia de locomoción impulsaba a aquellos individuos a no querer pararse. A veces lo intentaba a inmediatamente oía detrás de él exclamaciones de cólera. Entonces fustigaba con más fuerza a sus dos rocines bañados en sudor, pero sin fijarse en los baches, tropezando acá y allá, sin preocuparse de nada, desmoralizado y casi llorando de sed, de cansancio y de tristeza.

Y en el puerto, entre camiones y barricas, y en las calles, en los guardacantones, la gente del pueblo se quedaba pasmada ante aquella cosa tan rara en provincias, un coche con las cortinillas echadas, y que reaparecía así continuamente, más cerrado que un sepulcro y bamboleándose como un navío.

Una vez, en mitad del día, en pleno campo, en el momento que el sol pegaba más fuerte contra las viejas farolas plateadas, una mano desenguantada se deslizó bajo las cortinillas de tela amarilla y arrojó pedacitos de papel que se dispersaron al viento y fueron a caer más lejos, como mariposas blancas, en un campo de trébol rojo todo florido.

Después, hacia las seis, el coche se paró en una callejuela del barrio Beauvoisine y se apeó de él una mujer con el velo bajado que echó a andar sin volver la cabeza.

Madame Bovary, tercera parte, primer capítulo. (Emma y León en el carruaje)

 

El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró.

Emma Zunz – texto completo

 

Y yo debería cerrar ya el ordenador y volver a los apuntes.

Estudiantes que en época de exámenes buscan cualquier excusa para no estudiar.

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