Luis García Montero escribe en su blog Libre, el cuaderno de verano que ha mantenido estos meses en Público.es:
Cuando agosto nos ofrece una hamaca, cuando disfrutamos en la piel una sensación de plenitud soleada que nos une a la tierra, y las noches crecen como interminables enredaderas con olor a jazmín y amistad, y llegan a nuestros ojos, con la puntualidad de un tren perfecto, las páginas de los libros y los desnudos de las sábanas, caemos en la tentación de considerar que el tiempo es una propiedad privada. Pero el tiempo, enamorado de sí mismo, va de mostrador en mostrador, sin casarse con nadie.
La marea del tiempo se lleva agosto y nos deja a las puertas de un otoño duro. Parece que el invierno será duro también, como la primavera, en la que brotarán flores de un color indeciso. Pero no estoy dispuesto a volver a la ciudad con ojeras.
Quedarte un día más de vacaciones, renegar del final del verano, volver el lunes a la ciudad del cierzo, cuando todos vuelven en domingo. Cerrar la casa, ventana por ventana, poco a poco. Meter las camisetas de tirantes a la maleta, los libros que no te ha dado tiempo a leer. El sol escondiéndose tras la ermita cercana al pueblo, los días acortan. El último baño en la piscina, el último café con hielo, la última partida de rabino del verano, las últimas cuestas del pueblo.
Recorrer la carretera que casi te sabes de memoria, sabiendo que no bajas al pueblo de al lado a comprar, ni al del otro lado de juerga, sino que buscas la autovía. Conducir por la autovía al atardecer y, en la radio, de repente, escuchar No quedan días de verano, de Amaral. Ahogar un amago de lágrimas tras las gafas de sol que te han acompañado estos dos meses.
Llegar a casa corriendo. Apenas dejar la maleta, ducharte, y salir de cena con los amigos de la ciudad. Para llegar al bar: google maps, ascensor, autobús, semáforos, portero. Compararlo, inevitablemente, con el pueblo, llevas en el bolsillo todavía la llave de la peña. En el bar, de cervezas, de risas, de anécdotas de verano, de cena de despedida -de las muchas que me quedan por delante, cenas pre-erasmuseras-, suena, de repente, Marta, Sebas, Guille y los demás, de Amaral.

