Marlango – The Long Fall
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Citas literarias:
Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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[Imagen: Flickr de Dogmilque]

Ciclogénesis explosiva, terremotos, artículos que corregir, cafés pendientes con amigos, capítulos nuevos de series en versión original subtitulada, asuntos que confirmar cuanto antes, una copia de seguridad urgente al ordenata, emails que contestar, pelusas debajo de mi cama, el mp3 sin batería o comprarme deportivas nuevas porque éstas tienen agujeros por los que me entra el agua cuando llueve.
Este finde, me da todo igual.
Este finde, toca leer.
Tengo varios libros en la mesilla a los que les tengo muchas ganas. Algunos son para clase, otros no; unos son poesía y otros novela, un par de relato corto; algunos clásicos y otros recién salidos de imprenta.
Así que, con vuestro permiso -o sin él, porque me da igual-, me voy a leer. Y ya veremos qué hacemos con las tareas apuntadas en la agenda para el lunes.

Me refiero a que leer, en el fondo, desde que aprendimos hacerlo en voz baja y en solitario, es, sobre todo, un placer solitario, una inmersión individual, un viaje personal. Claro que existen lecturas comunitarias en voz alta, clubs de lectura que incentivan y estimulan el aprendizaje tardío -como nos ha enseñado Ramón Flecha-, lectura colaborativa, lectura dialógica, recomendaciones y sugerencias de amigos y allegados. [...]
Todo eso se amplifica ahora con las redes sociales de intercambio: con aquellas específicamente dedicadas a las recomendaciones de lectura (Librarything, Selfhari, Goodreads); con aquellas otras que incorporan dispositivos concretos para revelar qué se está leyendo en este momento, como Facebook y Twitter; o como aquellas otras, más especializadas, como Delicious o Mendeley, que permiten intercambiar archivos, valoraciones, comentarios, etc. Hablar hoy de lectura parece, obligatoriamente, hablar de lectura en grupo, de clubs físicos o virtuales de lectura, de onerosa y molesta lectura comunitaria. En el New York Times de hace apenas tres días, se atrevían a desenmascarar esta paradoja: The Book club with just one member se refiere a la historia de una adolescente que se siente molesta cuando quieren obligarle a compartir sus lecturas, a revelar siquiera lo que lee, a tener que pronunciarse en público sobre su más íntimo secreto, el libro que le acompaña en sus insomnes horas nocturnas. “I didn’t like talking about books with other people very much because it almost felt like I didn’t want other people to be in that world with me”.

Lo mismo sucede con la escritura: de tanto recordar la herencia durmiente de Barthes y Derrida, hoy hasta el último mono afirma que no existen los autores, que la originalidad es una mueca y que todos los textos no son más que retales cosidos con más o menos talento los unos a los otros, lo que en gran medida es cierto. No lo es menos, sin embargo, que la originalidad existe, que los autores están identificados con un carnet de identidad y que la experiencia de la creación en solitario no es reproducible en comunidad.
Ni niego el valor de la lectura cooperativa ni mucho menos el de la producción colectiva y asociada. Quiero, solamente, que tal como reivindica el columnista de The New Yorker, me dejen solo… cuando leo, y que no sobredimensionemos el valor de las herramientas que todos utilizamos, porque desvirtuan en gran medida la esencia del acto reservado e introspectivo de la lectura.
Dejadme solo o el club de la lectura con un sólo miembro

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