
Anna, con el abrigo blanco, comienza a leer Viajes por el scriptorium en el autobús de vuelta a casa. Está empezando a nevar. Al cerrar la puerta del piso, le saludan las palabras: mesa, mando, tv, sillón. Su padre está sentado en el sofá, con el pijama blanco, las manos en las rodillas, la cabeza gacha. Mientras hace la comida en la cocina, tira el libro de Paul Auster a la papelera. Llevaba pocas páginas, ni siquiera conocía la verdadera relación entre los personajes. Además, se ha olvidado quitar el marcapáginas. Pero acaba de darse cuenta de que la realidad a veces supera la ficción, por muy buena que ésta sea. Y éso no le gusta.
[Imagen: Flickr Manganite.]
Con vuestro permiso, voy a dedicar mi última noche libre en las próximas tres semanas a devorar despacito a Paul Auster. O leerlo con avidez, como queráis. El viaje de esta noche será de mi escritorio con apuntes filológicos a su scriptorium que me está dejando fascinada.
Y espero que su último libro, Invisible, se trasforme precisamente en eso en el hueco al que le he desterrado en mi estantería hasta que acabe los exámenes, porque si no, no respondo de mis instintos de lectura. Que la culpa de que quiera viajar a Nueva York la tiene precisamente este escritor.

[...] intentado disminuir la estantería de libros TBR (toberead, por leer). Invisible, de Paul Auster, hacía semanas que me tentaba, callado, quieto, espectante, desde mi estantería. Un café, un té de frutas del [...]