Marlango – The Long Fall
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Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal. Nabokov. La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha. Montaigne. El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo. Bécquer.
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¿Cuántos cotillas…?

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Las personas mienten, siempre, continuamente. Pero los que más mienten son los escritores. Hacen de la mentira un oficio, un arte. Nos mienten, nos convencen y nosotros nos dejamos. Continuamente. Y no pretendemos que ésto cambie, eso nunca.
La literatura es mentira, siempre.
Y provoca sensaciones reales: escalofríos, noches sin dormir, risas, lágrimas, alegrías, inquietudes…

Por eso, hoy, en el día de las bromas y las mentiras, releo un texto de Ricardo Gómez, una conferencia que impartió en Medellín en octubre de 2007.

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- Literatura, mentira y ficción -

Cuando los cuentos eran reales
Yo no sé si alguno de ustedes recuerda la primera vez que sintieron que los cuentos que les narraban sus madres, sus padres, sus profesores, sus amigos… contaban una historia que no era del todo verdadera. No sé si en sus cabezas un día sonó un “clic” al descubrir que ni Caperucita Roja, ni Blancanieves, ni Pinocho, ni Garbancito, ni el Patito Feo… habían existido en realidad. Yo no consigo recordar ese instante. Es casi seguro que en un momento determinado creciera en mí una ligera convicción: la de que, como los animales no hablan, todas las historias de animales eran falsas, mientras las demás… ¿Existió de verdad Cenicienta? ¿Y el Príncipe Valiente? ¿Y Hansel y Gretel? ¿Hubo alguna vez unos padres tan malvados, aunque fueran pobres, como para abandonar a sus dos hijitos en el bosque para que se los comieran las fieras?
[...]
Más adelante, cuando tenía ocho o nueve años, recuerdo otras historias que también navegaban en el territorio fronterizo de la realidad y de la fantasía. ¿Existió de verdad el heroico tamborcillo sardo de quien hablaba Edmundo de Ámicis en Corazón? ¿Era una invención Sandokán, el personaje de Salgari? ¿Y qué ocurría con otros personajes como Barbicane, el héroe de De la Tierra a la Luna, de Verne? ¿Y con Los Cinco? ¿Y con el inspector Maigret? No sé realmente cuándo tuve conciencia de que a un lado estaba la realidad y a otra la fantasía.
[...]
El primer contacto con la mentira.
Dicen que la literatura comenzó un día en que un muchacho llegó corriendo a su cueva gritando “el lobo, el lobo”… y no había lobo. Seguramente esto tampoco es verdad, pero no importa. Si aceptamos que las cosas ocurrieron más o menos así, tenemos que ese chico, al gritar, estaba contando el cuento más corto jamás contado. Más corto incluso que El Dinosaurio de Monterroso.

Desde determinada perspectiva, ese muchacho mintió, pero al mentir nos abrió un mundo nuevo, en el que las cosas suceden de determinada manera y en el que uno puede imaginar qué ocurrió después. ¿Mataron al inventor de la literatura, por haber mentido?¿Le rieron la ocurrencia? ¿Reconocieron su ingenio y le construyeron una estatua o le pintaron en alguna cueva? ¿Eso de “contar mentiras” se convirtió en una costumbre en la zona? ¿Había lobos en realidad, en esa zona, o habían desaparecido? ¿Era realmente un grito de terror, como solemos suponer, o es que esa tribu en particular se alimentaba de lobos? ¿Hablaba de un lobo en particular o se trataba del Lobo, con mayúscula, que era el tótem de la tribu? ¿Otros copiaron su ocurrencia y al día siguiente comenzaron a gritar: “el tigre, el tigre”, o “el coyote, el coyote”? Ese muchacho, que había nacido con la posibilidad de contar historias, ¿fue añadiendo detalles sobre ese lobo imaginario, para regocijo de los escuchantes? ¿O ese cuento nació simplemente así, y murió así?
[...]
Cuando nos formulamos esas preguntas no lo hacemos con ánimo de conocer la verdad, sino de imaginar un mundo de posibilidades que se abre a partir de un simple grito, que en este caso además es un corto cuento. Es posible que la policía, los forenses, los periodistas o los científicos estén interesados en conocer la verdad. Al escritor, la verdad no le interesa. Al lector, tampoco.
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El lector acepta el juego del mentiroso.
Para que exista algo que damos en llamar literatura, es necesario que haya al menos dos personas, que se alimenten uno de la fantasía del otro, o mutuamente. Y que partan del convenio mutuo de que, mientras uno miente, el otro acepta esa mentira. Cuando García Márquez nos describe la historia de la familia Buendía, se establece un pacto de aceptación entre el escritor y el autor. Nadie, que se sepa, ha devuelto en las librerías “Cien años de soledad” con el pretexto de que después de sesudas investigaciones personales, haya demostrado que la historia es falsa.
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Cuando la escuela corre el riesgo de mentir…
No se sabe bien por qué, pero a muchos gobernantes les ha dado por decir que “leer es bueno” y han puesto en marcha campañas de fomento de la lectura. Esto rompe con siglos de tradición en sentido contrario, cuando a los hombres no se les permitía leer para que no entendieran sus contratos y a las mujeres para que no escribieran cartas de amor. Yo no termino de creer que ese mensaje sea del todo sincero, porque en efecto leer es bueno, los cimientos que sostienen el poder son más bien frágiles, y una población verdaderamente ilustrada correría pronto a sustituirlos, con lo cual muchos de esos gobernantes perderían su salario. Así que cuando escucho campañas de este tipo desconfío y pienso: ¿Por qué querrán que leamos? ¿Cómo querrán que leamos? ¿Y qué querrán que leamos?
[...]
Convirtiendo al lector en autor
Escribir es un privilegio. Uno puede burlarse de la realidad, subvertir las leyes y mentir, sin que nadie le pida responsabilidades. Este privilegio tiene que ser extendido a los lectores, no solo dándoles libertad para interpretar una obra sino para hacerles cómplices con el juego del escritor. Si éste miente, el lector (y el maestro) deben invitar: “¿Y cómo mentirías tú?”

Porque hoy, y todos los días, las mentiras son ciertas.
Y las verdades, casi siempre, falsas.

2 comentarios para “Literatura, mentira y ficción – ¡Miénteme!”

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