
Ya ha llegado el frío. Ya nos podemos tapar con capas y capas de calor simulado. Ya podemos imaginar abrazos con los abrigos gordos de invierno. Sentir agradables caricias de lana de nuestra bufanda. Nos ponemos el jersey en vez de que nos lo quiten. Manos inertes, guantes, que nos cogen de la mano y nos acompañan imitando otras manos cálidas. Sentir escalofríos sin que nadie los provoque. Sonreír al llegar a casa, por el calor y no porque estés ahí. Botas altas, cuanto más protegidos -de todo, no sólo del frío- mejor. Sonrojarse en el bar por el contraste de temperatura con la calle, y no el contraste del tacto del vaso helado del cubata a la piel de tu espalda. Inmovilismo mecánico debido al efecto capil del invierno. Inmovilismo mental, las ideas congeladas bajo el gorro que lucha contra el cierzo. Neuronas ralentizadas, sanfre fría, despedidas rápidas, portales cerrados, labios refugiados tras bufandas, manos en los bolsillos, piernas envueltas en medias, cuellos inaccesibles, miradas fugaces, pestañas que sucumben al frío.
En la ciudad del cierzo, las aceras invadidas por hojas caídas de árboles de hoja caduca.
Son unos pájaros de expresión triste. Su plumaje es negro, tienen las patas y el pico de un vistoso color rojo y la cara como si llevaran una máscara blanca. Los islandeses los llaman lundis. Los ingleses, puffins. En español se les conoce como frailecillos. Emigran a finales de abril, y realizan un alto en su camino en una isla perdida en mitad del Atlántico Norte por la que atraviesa el Círculo Polar Ártico, llamada Grimsey. De la noche a la mañana, los solitarios acantilados de ese lugar remoto se pueblan de miles de pájaros tristes. Permanecen allí alrededor de tres meses, el tiempo suficiente para que los polluelos nazcan y aprendan a volar. Levantan el vuelo durante la última quincena de agosto, dicen que nunca más tarde del día veinte. Dejan tras de sí la negra desnudez de los acantilados huérfanos y un vaticinio de castátrofe en el aire.
En lugares como Grimsey, la llegada del invierno siempre es una catástrofe.
Círculo Polar Ártico, del libro de relatos Los que rugen, de Care Santos.
[Foto de Josefina Andrés, estupenda fotógrafa y gran amiga.]

La verdad es que estoy deseando que llegue la primavera!!
(¿sabes que siempre leo tu blog para evadirme cuando no me apetece estudiar? XD)
Yo soy mucho más de invierno, ya lo sabes, prefiero llevar capas y capas de ropa que estar sudando… xDD
Además ¡me encanta volver de fiesta con vaho en la boca y la nariz fría! me meto en la cama con muchas más ganas de dormir que en primavera y verano
Muy buen texto
Artemisa, considero un honor que me leas para evadirte de estudiar. Mira que hay actividades que nos sacamos de la manga los estudiantes para no hincar codos, pero la de leer blogs creo que cada día es más popular!! jaja!!
Aunque en el texto no se refleje, me encanta el invierno. Las bufandas, los gorros, los abrigos, los guantes, las botas altas ^^ la nieve, el frío, la niebla, el vaho ^^… me gusta esta estación!
Ireth, graciaaas
[...] gusta ese fugaz momento entre el invierno y la primavera, cuando el abrigo ya no tiene que abrigar y su función es la de servir de [...]
[...] se sitúa por encima del Círculo Polar Ártico, en el norte de Noruega. Son islas conocidas por su gran belleza natural. Lofoten agrupa los [...]