Un naufragio repentino. Veías las grietas en el barco, veías demasiada agua a tu alrededor. Pero un suceso de ese tipo no puede ser previsto, es repentino, te pilla desprevenida. Una marea que te arroja a una playa desconocido. Despiertas con el rumor del mar, las olas acariciándote, el suave sol reflejado en la fina arena. Al principio todo es perfecto: sol y luna, mar y arena, playa y descanso. A veces hay problemas, claro: escollos que vencer, luchar un poco si quieres permanecer en esa isla a la que has llegado. Nadie te ha pedido permiso para lanzarte ahí, te ves en ese estado, en esas condiciones, un poquito atrapado, sin saber bien qué hacer. Pero hay algo que te dice que no es mal lugar, no son malas las sensaciones que te provoca, que te gustan, que añorarías si te fueras de esa isla paradisíaca.
La marea te deja con resaca, como suelen dejar este tipo de sucesos. La marea, digo. La isla a simple vista parece una cosa, luego, conforme la exploras, poco a poco, vas encontrando novedades, que aún te gustan más como para quedarte en ese lugar que antes no conocías y del que ahora no quieres alejarte. A veces despiertas con una sensación extraña, con ganas de tirarlo todo por la borda, añorando el barco antes del naufragio. Otras veces tienes ganas de aventuras y la isla te las da, como si te conociera, como si quisiera complacerte.
¿Será bueno dejarse llevar por esa marea, a pesar de la resaca, a pesar de los arrecifes que nos quieren impedir llegar a buen puerto?
Luchar por sobrevivir en esa isla, por estar a su amparo, a veces paradisíaca, a veces complicada. O luchar por volver al momento justo antes del naufragio, olvidar lo aprendido, lo sentido, lo descubierto, y no dejarse llevar por la marea.
O quedarse varada tras el naufragio, teniendo la isla a la vista, casi al alcance de la mano, y sin poder tocarla, como Tántalo, como tantos.Helena Torres
