Marlango – The Long Fall
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[Artículo publicado en la revista Eléboro del IES Elaios de Zaragoza]

La gracia de Grecia – crónica de un viaje anunciado

Érase una vez unos alumnos de Humanidades a los que el director nunca hacía caso. Ellos, tan cultivados, querían visitar Grecia, cuna de la cultura y las letras, o eso dicen los libros.

Un buen año, el profesor de Latín consiguió que le dejasen organizar la expedición1. Y aquel fue el principio de un viaje inolvidable.

También fue el principio de una serie de movimientos estratégicos por parte de los alumnos del centro para dar a conocer el viaje, el primero de muchos otros.

Primero, fue un impresionante concierto con diferentes estilos de música y un mismo objetivo: mendigar dinero a nuestros amigos y conocidos. Después, fue la tarde de bailes griegos y sándwiches caseros. Unas danzas que más tarde practicaríamos en las discotecas griegas (jaja). Y, por último, fue el blog, lagraciadegrecia.wordpress.com, un lugar virtual de encuentro para los que no estaban en el instituto pero iban al viaje; entre ellos exalumnos (las que escriben esto), otros profesores y amigos de éstos. En el blog colgamos informaciones de los sitios que íbamos a visitar, perfilamos el planning del viaje y cultivamos las ganas de que llegara el día de nuestra partida.

Y llegó.

Amanecía cuando llegábamos a Madrid después de cuatro horas de autobús sin poder descansar. Una vez facturadas las maletas y la mitad del grupo entrando en el avión, unos duendecillos malvados se comieron los cables del tren de aterrizaje. Menos mal que Iberia nos puso en otro avión y nos dio de almorzar. Primera anécdota de las muchas que vivimos.

…¡Y por fin llegamos a Ítaca, digo, a Atenas!

La calle de Aristófanes no era tan cómica como el autor al que debe su nombre. Recordaremos siempre el bar Goya y las estupendas vistas al edificio abandonado que veíamos desde nuestros balcones. Eurípides, el nombre de nuestro hotel, sí hacía honor al ambiente trágico de la calle por la noche.

La tarde del domingo, el día que llegamos, dimos un paseo por la multicultural plaza Monastiraki y el Parque Nacional. Nos hicimos la primera foto de grupo en las escaleras de la plaza Syntagma y vimos el cambio de guardia. También nos sorprendimos de la gran cantidad de perros con pulgas y sin dueño que vagaban por las calles (aunque para los griegos, los gatitos, menos numerosos, son más monos y se merecen postales y calendarios). Nos tomamos nuestra primera pita en Grecia, algo más cara de lo acordado, y nos volvimos al hotel a descansar.

Queríamos celebrar el cumpleaños de Ana Celia, nuestra estupenda guía, en la Acrópolis, pero la lluvia nos aguó la fiesta. Eso sí, muy pocos turistas pueden presumir de haber visto el Partenón con tan poca gente colándose en sus fotos. Se encontraba en peor estado del que nos pensábamos, pero aun así es mágico y sorprendente que lleve dos mil años en pie.

Una parte importante del viaje consistía en patearse el máximo número posible de museos de la ciudad con nuestro pase VIP, la carta mágica, el free-pass autorizado por el embajador griego en España e ilustrado con una foto del mayor entusiasta del grupo (al que le exigimos una fotocopia). Gracias a ese extraordinario documento entramos by the face en el Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Cerámico.

Probamos la riquísima mousaka, plato muy típico de Grecia, y nos fuimos a dormir pronto. Al día siguiente, martes, salíamos de excursión. Nuestra primera parada fue en el canal de Corinto, que vimos todavía sin haber despertado. Ya más despejados llegamos a Epidauro. Las fotos no le hacen justicia (porque no cabe en una sola foto). El coro oficial del viaje intentó demostrar la capacidad acústica del teatro, pero les superó el himno italiano. Pasamos la mañana en la cuna de la tragedia y la comedia y por la tarde nos dirigimos a Micenas. En la fortaleza de Agamenón, buscamos el tesoro de Atreo y con mucha imaginación visualizamos lo que fueran las propiedades del famoso rey, padre de Ifigenia y cuñado de la bella Helena.

Ya de vuelta en Atenas, catamos la cerveza griega con los profesores y comprobamos la simpatía de las camareras antes de irnos al sobre.

El miércoles, después del desayuno en la azotea del hotel con vistas a la Acrópolis, cogimos el metro hasta el puerto de Atenas, El Pireo, y allí nos embarcamos en un ferry que nos llevaría a través del relajante azul hasta la isla de Egina, donde las hormigas se convirtieron en mirmidones. Como caído de ese cielo ya casi veraniego, conseguimos un autobús que nos hizo una ruta completa por la isla, parando en el templo griego de Aphaia (no eran nada tontos estos dioses griegos cuando elegían los emplazamientos para sus templos), el monasterio ortodoxo de San Nectario, recién restaurado, y el templo de Apolo (del que sólo quedaba una columna).

Después de comer, unos cuantos valientes probaron la sal del mar Egeo, bañándose en el agua no del todo clara de la costa de Egina. Ya por la tarde, al bajar del ferry en el puerto de Atenas, se propusieron diferentes planes para pasar la tarde y cada cual eligió el que más le gustaba: compras en el Pireo, paseo por Monastiraki y visita improvisada al estadio olímpico, el templo romano de Zeus y la puerta de Adriano. Esa noche, antes de volver al hotel, encontramos un ciber y actualizamos el blog del viaje a Grecia, La gracia de Grecia.

Nos dimos cuenta de que en pocos días alcanzamos la armonía y compenetración en este grupo tan dispar. En el ecuador de nuestro periplo por tierras griegas, habíamos conseguido un nivel de convivencia del que no puede presumir todo el mundo.

El jueves subimos al bus en Atenas y cuatro largas horas después bajamos en Delfos, con ganas de preguntarle al oráculo si íbamos a aprobar los exámenes de junio. Poco tiempo, calor, ladera demasiado empinada de la montaña y muchas piedras por el suelo es lo que más recordamos de nuestra fugaz visita al mítico Delfos. Eso, y el ómphalos, el ombligo del mundo, en el museo del yacimiento. Por un instante, nos sentimos el centro del mundo.

Después de comer subimos de nuevo al autobús, con la perspectiva de otras cuatro horas hasta Kalambaka. Corríamos el riesgo de aburrimos mortalmente en el trayecto, pero el conductor ligón y nuestra guía más dicharachera e internacional nos amenizaron el camino sin dejar descansar ni un momento el micrófono (ni a nosotros, que queríamos siestear). Aquella noche, como buenos preuniversitarios, los alumnos de Bachiller no se quedaron en el hotel de Kalambaka. Por sus ojeras al día siguiente y su café en vena, supimos que se habían corrido una buena juerga.

Viernes. Vamos a Meteora. El madrugón mereció la pena. Meteora era el principio del cielo y el final de la tierra. Los monasterios construidos por los monjes tenían las mejores vistas de todo el viaje (si no te dan miedo las alturas). Siempre recordaremos esas faldas tan a la última moda que nos tuvimos que poner las féminas del viaje. Meteora era otro mundo; nuestra carta mágica de los museos no funcionó.

La excursión de dos días por la geografía de Grecia se acababa y había que volver a nuestro querido hotel Eurípides en Atenas. De camino a la capital helénica, hicimos una parada en el mítico Paso de las Termópilas, donde yacen los trescientos valientes de Leónidas (y sus acompañantes), que perecieron ante el numeroso ejército del persa Jerjes. La panorámica nocturna de Atenas desde el monte Licabitos nos dejó a todos sin palabras: la luna llena, la Acrópolis iluminada, la bruma nocturna, los cortes de electricidad en el funicular de bajada.

Sábado, nuestro último día en la capital griega. Día libre para compras, para repetir visitas (ver la Acrópolis con sol y turistas), para ver más museos o para coger un bus y bajar al Finisterre griego, el cabo Sounion, a ver atardecer por última vez en Grecia. Saturday night: Salimos a saborear la Atenas nocturna2 y no resultó tan diferente de la española. Nuestro barrio, que por el día no era demasiado acogedor, acabó siendo estupendo para agotar las pocas fuerzas que nos quedaban en el cuerpo tras esta intensa semana.

A la mañana siguiente, último desayuno en Atenas, cerrar las maletas deprisa y corriendo, últimas fotos en el aeropuerto y despedirnos de este país tan lleno de contrastes. Y así, de esta manera, terminó nuestra expedición por la tierra de la mitología y cultura clásicas, a la que seguirán otros muchos más viajes culturales organizados por nuestro querido profesor de Latín y Griego, Tomás Funes.
¿En una palabra? Inolvidable, irrepetible, irrepetible, irrepetible,… maravilloso, mágico, inimaginable, fantástico, mítico, impresionante, divino… Elegid vosotros.

Yo, definitivamente, me hubiera quedado en Grecia

Un comentario para “Crónica del viaje a Grecia o Cómo la gracia de Grecia nos enamoró”

  • [...] Bueno, sí. Leer su blog. Dicen que lo breve, si es bueno, es dos veces breve. Ella lo actualiza poco, poquísimo. Pero cada vez que lo actualiza, da en el clavo, como ahora: Repaso de primero, en Bosque Silvestre. Ambas recordamos a aquel profesor que nos descubrió por primera vez que traduttore traditore y el artículo escrito a cuatro manos sobre el tan ansiado viaje a Grecia. [...]

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