
[Ciruelo japonés en flor, en la huerta de mi pueblo.]
En el pueblo no hay wifi y casi no hay cobertura.
Se te puede calar el coche subiendo una cuesta marcha atrás.
Puedes terminar de leer un cuento de hadas a la sombra de los ciruelos japoneses en flor, hacerle alguna foto a las primeras avispas del verano o escribir una historieta bajo los pinos, al lado de los avellanos.
Puedes disfrazarte frente al espejo gigante de la habitación y preguntarle quién es la más guapa del reino, aunque sea del de tu imaginación. Reírte del disfraz, cambiarte, ponerte un sombrero de chistera e intentar sacar un conejo. Como no funciona (parece que el sombrero tampoco tiene pilas), reírte como el Sombrerero Loco y decidir que tampoco te gusta ese disfraz, que algo falla, que te gusta más el café que el té. Y volver a ponerte tu propio disfraz.
Puedes escuchar el silencio.
A veces, risas de gente en la rambla, otras veces, el tractor del vecino.
Y con ese silencio, a veces, puedes hasta escuchar tus pensamientos.


Me ha encantado esta entrada.
En los pueblos cualquier cosa puede ocurrir…
Cuidado con el coche y con el pie
Secundo a Ireth. La primavera nos vuelve poéticos a todos. Preciosa reflexión sobre el pueblo, desde luego. Parece más la descripción de un paraíso.
Un beso.