Archivo del 17 de noviembre de 2008
A manera de los escritores o pintores cuyas formas creativas acabaron por traspasar el terreno propio para regalarnos un nuevo adjetivo –dantesco, sádico, goyesco, kafkiano–, ciertos directores y más de un intérprete disponen de su calificativo particular. Y cada vez oímos con mayor frecuencia describir a un personaje o una situación de la vida real como fellinianos, buñuelescos o berlanguianos.
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Otros muchos personajes populares en la pantalla pasaron al idioma, sin que sea preciso añadir detalles para entender que un fatty es un gordinflón, tarzán un joven robusto algo dado al exhibicionismo, belinda cierta muchacha que apenas despega los labios o míster Belvedere, el sabelotodo de turno.
Los animales no quedan a la zaga en el recuerdo. Tener un perro como Lassie implica disponer de un coolie, listo y de fina estampa; Asta, será cualquier fox- terrier de pelo duro, inquieto y protestón, y Francis, una mula entrometida, mientras que todo chimpancé nos recordará indefectiblemente a Chita, quizá la verdadera compañera de Ta rzán, al menos en su traducción, pues en la versión original se trataba de un ejemplar macho cuyo nombre, Cheetah, sólo podía sonar femenino para hispanoparlantes.
Cuando el mono, o su epígono el hombre, superan cualquier proporción habitual –un guardaespaldas o un luchador, por ejemplo– se convierten sencillamente en kinkones.[...]
Los dibujos animados no desmerecen en popularidad, quizá por haber sido humanizados previamente por sus respectivos creadores. El lobo feroz de Disney ha sustituido en buena medida al temible feroche de nuestros clásicos; Pepito Grillo, conciencia de Pinocho inexistente en el cuento de Collodi, ha terminado por barrer, o poco menos, conceptos como los de mentor o consejero, especialmente si rehuimos toda solemnidad. Dos personas que se llevan mal –como el perro y el gato, se dijo siempre– han pasado a ser Tom y Jerry. Y en cuanto al cervatillo Bambi, por azares de la política, ha dado un vuelco guiñolesco para verse reducido a la triste condición de mote.
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Otros films que aparentan fidelidad al patrón original
imponen variaciones, haciendo pasar frases, incidentes y aún personajes como auténticos. Si Pepito Grillo no existía en el Pinocho de Collodi, según acabamos de señalar, Sir Arthur Conan Doyle tampoco puso nunca en boca de su famoso detective elemental, mi querido Watson, elemental, limitándose
en todo caso al adjetivo elementary sin repetir y sin personalizar, ni Edgar Rice Burroughs incluyó la tan traída y llevada presentación: mí Tarzán; tú Jane en ninguna de sus veintiséis novelas sobre el rey de los monos. Sin embargo, todos juraríamos haberlas leído alguna vez en los textos originales.[...]
Bien mirado, y aparte del diálogo, sólo hay otros dos aspectos teatrales abiertos a la influencia que nos ocupa: las acotaciones del juego escénico y la estructura dramática de la pieza. Dicho así no parece mucho, pero con relación a las primeras se ha de recordar la importancia que en algunos autores – Chejov o Valle-Inclán– alcanzaron sus comentarios al margen del texto.
Sigamos con nuestro particular reto…
Estábamos comentando en clase de sintaxis la estructura de un sintagma (especificador+núcleo+complemento). Todo iba bien hasta que y nunca mejor dicho apareció hasta.
Hasta los sapos escriben novelas.
Los sapos hasta escriben novelas.
Los sapos escriben hasta novelas.
Hasta es un cuantificador flotante, tiene un movimiento amplio. Su alcance está limitado al SN al que se adhiere. Focaliza el elemento sobre el que actúa inmediatamente. Su posición es de predeterminante (o pre-especificador), porque su campo de acción es todo lo que se sitúa tras él.
[Apuntes de Lengua III sobre el especificador.]
