Archivo de julio de 2008
¿Crees que para los jóvenes la vida es un poco esa “odisea” por la que pasan tus protagonistas y que por eso nos gusta leer sus historias?
El viaje es importantísimo. En todas mis novelas lo hay, aunque sea un viaje interior. La novela es un viaje. El lector se desplaza en el espacio y el tiempo; comienza por el principio y llega hasta el final. Leer es viajar por dentro.
Siendo así, cuando te pones a escribir, ¿qué pretendes con tus historias? ¿Qué tratas de dar al lector: una experiencia, una evasión, un modelo, unos amigos, un placer, un viaje…?
Todo. Lo primero diversión. Un libro tiene que ser ante todo divertido; y divertido es lo contrario de aburrido, no de serio. El libro más serio del mundo puede ser divertido. Ni siquiera se trata de humor, es pura diversión y nada de aburrimiento. Lo segundo: el placer. El placer de que te cuenten una historia, dejarte llevar por ella. Y, sobre todo, no poder soltarla. Yo procuro -y esto me preocupa mucho- que mis libros enganchen. Y que haya distintas maneras de leerlos: como una simple historia o como una reflexión sobre ciertas cosas.
Wilder decía a los que le preguntaban cuál era el mensaje de sus películas: “Yo, cuando quiero mandar un mensaje, voy a Telégrafos. Mis películas son para disfrutar con ellas”. Pues mis novelas -las novelas en general, creo yo-, igual. Lo demás son bobadas academicistas.
[Fragmento de entrevista a César Mallorquí en su libro El Viajero Perdido.]
Me ha gustado mucho el libro, no esperaba que fuera tan bueno. Lo empecé y terminé ayer (explicación de las ojeras de hoy). Una interesante reinterpretación de la Odisea. Of course, la Odisea fue la primera novela y una de las mejores hasta la fecha. ¿Qué tipo de entradas postearía Homero hoy en día si tuviera blog?
[Si alguna vez me tienen que ingresar, además de sangre, suero o lo que sea necesario... ¿me pueden inyectar ese café en vena, por favor? jaja!]
Una calurosa y aburrida tarde de domingo del mes pasado, estábamos mi madre, mi hermana y yo tiradas en el sofá viendo la típica película americana en la que la hija del Presidente -entiéndase of course de USA- se enamora de su joven-guapo-rubio-y-de-ojos-azules guardaespaldas.
En una de las típicas escenas, la pareja se refugia en un cine para escapar de los paparazzi. El chico le invita a palomitas y le explica que están mejor si les echa chocolate derretido por encima.
Yo, medio amuermada, medio dormida, y completamente aburrida, pensé en alto:
- Eso de las chocolitas no me convence…
Como era de esperar, mi madre y mi hermana se echaron a reír de inmediato. Levanté un poco la cabeza y pregunté qué pasaba. Ellas repitieron entre risas la nueva palabra que yo había creado: chocolitas. Yo ni me había dado cuenta de que la había inventado.
chocolate + palomitas = chocolitas.
Voilà, la magia del lenguaje, así de simple.
[Esta anécdota, sin ningún interés para la RAE, ha venido a mi cabeza mientras ordenaba y guardaba los apuntes de Lingüística. Estoy poniendo un poco de orden en mi caótica mesa llena de apuntes sin recoger, de agendas sin tareas importantes en Julio, de bolígrafos que ya no saldrán del estuche hasta Octubre...]

