Una calurosa y aburrida tarde de domingo del mes pasado, estábamos mi madre, mi hermana y yo tiradas en el sofá viendo la típica película americana en la que la hija del Presidente -entiéndase of course de USA- se enamora de su joven-guapo-rubio-y-de-ojos-azules guardaespaldas.

En una de las típicas escenas, la pareja se refugia en un cine para escapar de los paparazzi. El chico le invita a palomitas y le explica que están mejor si les echa chocolate derretido por encima.
Yo, medio amuermada, medio dormida, y completamente aburrida, pensé en alto:
- Eso de las chocolitas no me convence…

Como era de esperar, mi madre y mi hermana se echaron a reír de inmediato. Levanté un poco la cabeza y pregunté qué pasaba. Ellas repitieron entre risas la nueva palabra que yo había creado: chocolitas. Yo ni me había dado cuenta de que la había inventado.
chocolate + palomitas = chocolitas.
Voilà, la magia del lenguaje, así de simple.

[Esta anécdota, sin ningún interés para la RAE, ha venido a mi cabeza mientras ordenaba y guardaba los apuntes de Lingüística. Estoy poniendo un poco de orden en mi caótica mesa llena de apuntes sin recoger, de agendas sin tareas importantes en Julio, de bolígrafos que ya no saldrán del estuche hasta Octubre…]