café

Y es que enlazando se llega a muchos sitios…
Hilando pensamientos.
Se empieza por la morfología y te deslizas, sin quererlo, hasta las clases de latín de bachiller, donde el profesor planteaba problemas sintácticos como éste.

CUERPO DE LA MUJER

…Tántalo en fugitiva fuente de oro
Quevedo

Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro…

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.

Podríamos jugar:
Recuerde la gramática, avive la imaginación y despierten las hipótesis sobre las subordinadas…

Buscas el poema que te planteaba el profe, redescubres que es de Blas de Otero y recuerdas que, a una amiga cercana, Blas le inspiró la novela. Y no sabes bien qué poema, pero podría ser tranquilamente éste:

EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Porque siempre queda la palabra.
La palabra se puede descomponer.
Y volvemos a la morfología.
No hay manera de escapar del latín.
Ains.
Luchas con furia, con ímpetu, con ganas, desganada de estudiar algunos detalles sin pasión.
La palabra, siempre queda la palabra, y furia te contagia la rabia de no recordar el recuerdo reciente.

ÍMPETU

Mas no todo ha de ser ruina y vacío.
No todo desescombro ni deshielo.
Encima de este hombro llevo el cielo,
y encima de este otro, un ancho río

de entusiasmo. Y, en medio, el cuerpo mío,
árbol de luz gritando desde el suelo.
Y, entre raíz mortal, fronda de anhelo,
mi corazón en pie, rayo sombrío.

Sólo el ansia me vence. Pero avanzo
sin dudar, sobre abismos infinitos,
con la mano tendida: si no alcanzo

con la mano, ¡ya alcanzaré con gritos!
y sigo, siempre, en pie, y así, me lanzo
al mar, desde una fronda de apetitos.

De “Ángel fieramente humano” 1950

Y nos gustaría que, cuanto más humanos somos, algún ángel -fiero o no- nos cuidara.
Y si volvemos tarde, que todavía esté allí, esperando.
Que no conozca los diez minutos de cortesía.
Tejiendo y destejiendo como Penélope.
¿fiel? ¿ilusa? ¿esperanzada? ¿agotada?

VI QUE ESTABAS…

Volví la frente: Estabas. Estuviste
esperándome siempre.
Detrás de una palabra
maravillosa, siempre.

Abres y cierras, suave, el cielo.
Como esperándote, amanece.
Cedes la luz, mueves la brisa
de los atardeceres.

Volví a la vida; vi que estabas
tejiendo, destejiendo siempre.
Silenciosa, tejiendo
(tarde es, amor, ya tarde y peligroso.)
y destejiendo nieve…