Me acerco lentamente a la cocina. El cuchillo está donde siempre. Abro el cajón lentamente y saco el más afilado. Lo miro con una media sonrisa de satisfacción. Él va a ayudarme en estos duros momentos, me aprovecharé de su filo sin piedad, lo usaré una y otra vez hasta que caiga muerta.
Ella está sobre la mesa, despistada. No se ha dado cuenta de nada. Alargo mi mano y le cojo. Su piel está fría y huele bien. Se intenta soltar, con movimientos redondeados, con la desesperación del que sabe que no tiene ninguna salida. La apoyo contra la encimera. Se queja del frío del mármol, nerviosa, e intenta escaparse de nuevo. La agarro más fuerte y la redondez de su cara se aplana bajo la fuerza de mi mano.

Le clavo el cuchillo. Sin piedad, sin avisos. El hierro afilado hace de las suyas y muy pronto noto entre mis manos el líquido que se escapa de su cuerpo lentamente, que moja la encimera y esparce su aroma por la cocina.
Me lamo un dedo, lentamente, saboreando su ácido sabor.
Ésto me va a curar, sí, ésto me ayudará en mi situación actual…

Esta tarde voy a cometer varios asesinatos, necesito una inyección de algo, todavía no sé el qué, pero empiezo a notarlo tras saborearla. Canturreando la frase algo modificada “Crónica de un asesinato anunciado” abro el armario superior de la cocina sacando el exprimidor…

Hoy me voy a meter algunos chutes de vitamina C.


[Texto redactado por una personita en cuya sangre hay varias pastillas de Angileptol, un Ibuprofeno y sobredosis de vitamina C. Definitivamente, sí, estoy malita >.< ]
(Mis respetos a las 14mujeres asesinadas a manos de su pareja. La denuncia es el camino. Llamad al 016 .)