Al cabo de un rato de marcha, llegó a un bosque de árboles enormes.

-¿Qué sois?
-Somos abetos.
-Yo me llamo Rayas y soy un duende.
-Eres un duende muy pequeño.
-Sí, soy un duende muy pequeño.

Rayas sacó su cuaderno de apuntar cosas y se sentó en el suelo. Escribió lo que acababa de aprender para que no se le olvidara. Y, al terminar, vio allí, junto a él, tres hormigas que acarreaban un granito de avena.

-¡Eh, cuidado! ¡No te muevas, que puedes aplastarnos!
-Perdón, no os había visto, ¡sois tan pequeñas!
-¡No somos pequeñas, somos hormigas! Lo que ocurre es que tú eres un gigantón…
-Sí, claro, lo siento -se disculpó Rayas, y escribió otro poco en su cuaderno.

Luego siguió andando y llegó a un río. Era muy ancho y no había un puente para cruzarlo; así que se detuvo un rato junto a la corriente pensando cómo se las iba a ingeniar para pasar al otro lado. El río le habló:

-Yo no me detengo nunca. ¿No te da vergüenza estar ahí parado tanto rato sin hacer nada? Me pareces un perezoso.
-Pues… es que estaba pensando -explicó Rayas, y para hacer algo, sacó su cuaderno y apuntó.

Después se pudo a recorrer el curso del río corriente arriba. No encontró un puente, así qe empezó a remover piedras bien grandes y las echó en el río, una tras otra, hasta que construyó un paso. Estaba sudando y jadeaba cuando terminó.

-Eres muy trabajador -comentó una grulla que estaba metida en el agua y se sostenía con una sola pata, mientras se tragaba todas las ranas que se ponían a su alcance.

Rayas escuchó a la grulla con mucha atención y tomó buena nota de lo que le había dicho.
Cruzó la corriente del río y anduvo por el senderillo que ascendía por la ladera de una colina.

(…)

Luego sacó su cuaderno y apuntó.
Y, antes de que le hubiera dado tiempo a guardar el lápiz, una culebra asomó la cabeza entre dos piedras:

-¡Essssssstásss gordíssssssimo…! -silbó.
-Sí, sí… tienes razón -se apresuró a contestar Rayas, que sabía que con ciertas gentes es mejor no entrar en tratos y mantenerse siempre a una prudente distancia.

Y se marchó a través del prado.
Las vacas le vieron pasar cerca de ellas, y sin dejar de masticar hierba, hablaron entre ellas:

-¡Qué pobre ser más flacucho! ¿No es cierto que nos abochornaría tener en la familia alguien con ese aspecto?

Rayas empezaba a estar bastante confundido.
Se tumbó sobre la hierba del prado para pensar con tranquilidad.

Un duende a rayas
María Puncel

[Porque todo en esta vida depende de cómo lo mires.]

[Mi libro favorito de enana y de siempre. El que me hizo amar los libros y la literatura y ya no dejar de leer nunca.]