Fragmentos del artículo que Javier Marías publicó hace un par de semanas sobre el Cid:

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El Cantar es uno de esos libros que pocos conocen y la mayoría cree haber leído. Del mismo modo que la historia del Caballo de Troya no se relata en la Ilíada (pero casi todos creemos que sí), sino más bien en la Eneida, en el Cantar no se cuentan muchos de los episodios más populares de la vida de Rodrigo Díaz, pues comienza con el héroe y sus mesnadas ya desterrados por el Rey Alfonso VI, sin que se explique el porqué ni se nos ponga en antecedentes.
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Una de las mayores sorpresas del Cantar (para quien no lo había leído desde la infancia, y entonces, sin duda, en edición modernizada) es lo mucho que en él se habla de dinero –mucho más que del honor, y a menudo con cifras concretas–, de ganancias, de mejora de posición, de riquezas y recompensas; y cómo, a la hora de luchar, lo que mueve al Cid y a sus huestes, lo que los enardece, no es el odio al enemigo ni la gloria del triunfo, ni la perspectiva de congraciarse con el Rey
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Pero no estaríamos conmemorando esta obra si además sus hallazgos literarios no fueran de primer orden: “Crécem’ el coraçón porque estades delant”, como le dice el Cid a Ximena, es una de las declaraciones de amor a la vez más apasionadas y sobrias que yo he leído
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Y conmueve el implícito acatamiento de la separación que trae la muerte, en contraste con la desdicha de la que no es debida a ella: “Yo lo veo”, le dice al Cid Ximena, “que estades vós en ida, e nós de vós partirnos hemos en vida”. Y el Cid le responde lo mismo, como si esa fuera la condenación máxima, que ambos padecieron tanto: “Ya lo vedes, que partirnos emos en vida, yo iré, e vós fincaredes remanida”.