Este fin de semana celebrábamos las Bodas de Oro de mis abuelos y nos fuimos a la misa y a comer a Teruel.

Amo esa ciudad; amo sus calles, su gente, su umbría, el frío, el arte, los edificios, el habla y las miradas. Estoy completamente enamorada de una ciudad de la que se ríen mis amigos y por la que nadie apuesta casi nada últimamente. Pero me encanta Teruel desde siempre, no recuerdo cuando empezó el amor platónico por la ciudad, pero estoy segura de que seguirá por mucho tiempo -aunque Toledo le disputa el puesto-.
Y si hay algo que tengo que hacer siempre cuando voy, es ir a ver a los Amantes.

Hacía meses que no iba a Teruel, entre final de exámenes, verano en el extranjero, anulada la conexión de tren con el pueblo, etc, no había podido.

Todavía no había visitado el nuevo museo de los Amantes, el definitivo, dicen.
Y…

Echo de menos su ubicación anterior. Echo de menos los cortinajes rojos que rodeaban la sala. Echo de menos la intimidad del ambiente acogedor y las luces tenues con las que podías ver los detalles de las momias, sentándote en el suelo durante unos pocos minutos que se te hacían eternos a su lado. Echo de menos la voz de las dos mujeres ya mayores que, sin cansarse en absoluto, repetían a cada visitante la historia de Isabel y Juan con la misma pasión con la que ellos la habían vivido.

De todas formas, sí, también me gusta el museo nuevo… Tengo que volver para visitarlo con más tiempo, que me pude escapar muy poco de los compromisos familiares. He intentado encontrar fotos del nuevo museo, pero no hay. En la web oficial, hay una visita virtual muy maja e interesante.

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Os dejo con un poema corto de Juan de Tarsis, que leí hace tiempo,dedicados a los Amantes:

Murieron como vivieron
y como cuando vivían
uno por otro morían
uno por otro murieron.

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Y para quien no se sepa la historia:

Cuenta la tradición que a principios del siglo XIII vivían en Teruel los jóvenes Juan de Marcilla e Isabel de Segura, descendientes de familias muy principales.

La vecindad de ambas casas y el trato constante desde la infancia , se convirtieron con el tiempo en un profundo amor mutuo; entonces Juan solicitó a D. Pedro Segura, padre de Isabel, la mano de su hija. Este, aunque estimaba la nobleza y las dotes del pretendiente, rehusó aceptar excusando su escasez de fortuna por tener hermano mayor que heredaría a su padre, en tanto él podía dotar a su hija con generosidad.

Informado Juan de esta dificultad, resolvió pedir a su amada un plazo de espera para lograr la hacienda necesaria al deseo de su padre; Isabel le concedió cinco años y él partió a la guerra.

Durante su ausencia, don Pedro intentó con ahínco que Isabel aceptara a otros pretendientes; pero ella, fiel a la promesa , no admitío a ninguno. Llegado el fin del plazo y como Marcilla no regresaba, don Pedro apremió a su hija para que se casara y ésta, viendo que el plazo de los cinco años había pasado sin saber nada de su amante, aceptó.

Enseguida su padre concertó la boda con un vecino de Teruel cuyo nombre desconocemos y entonces regresó Juan cargado de honores y riquezas, cuando su Isabel pertenecía a otro dueño ante Dios y los hombres.

El amante, desesperado, se reunió con su amada para despedirse de ella, rogándole que, en prenda de su imposible amor, le diera un beso con lo cual se consideraría satisfecho. Esta, invocando su honestidad negó y entonces, luego de intentarlo de nuevo, Juan cayó muerto a sus pies.

Enterado el marido de cuanto acababa de ocurrir, decidió llevar el cuerpo del amante a la puerta de sus casa, donde al amanecer lo descubrió su padre, don Martín de Marcilla, quien luego del natural sobresalto, tránsido de dolor, dispuso el entierro de su hijo en la iglesia de San Pedro.

Durante la celebración litúrgica, todos los asistentes vieron acercarse al cuerpo inanimado a una dama encubierta que llegando hasta él, descubrió su cara y lo besó, quedando allí reclinada hasta que en el momento de iniciarse el entierro fueron a apartarla y vieron que era Isabel de Segura, quien no obedecía a los ruegos para que se retirase porque estaba muerta.

Ante el asombro de los presentes, y después de que el novel marido relatara lo ocurrido, se decidió enterrar juntos a los dos amantes que tan desdichados habían sido en vida.

Sucedió este infausto acontecimiento en 1217, siendo juez en Teruel don Domingo Celadas.

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Algunos enlaces:

http://www.amantesdeteruel.es/
http://www.teruel.org/amantes/
http://revista.bodasdeisabel.com/
http://es.wikipedia.org/wiki/Los_amantes_de_Teruel