Tumbada en el césped, con el sol dándole en la cara, pensó que tenía mucha suerte. Estaba en la Acrópolis de Edimburgo. Así dicho, parecía algo impresionante, pero subir a la montaña que estaba en mitad de la ciudad apenas le había costado veinte minutos, por unas escaleras angostas e interminables.
Sus amigos no lo terminaron de entender cuando les dijo que se iba dos meses, todo el verano, a Edimburgo, a una ciudad donde nunca había estado, donde no conocía a nadie y que casi no sabía situar ni en el mapa.
Sí, quizás ahora les echaba un poco de menos. Tumbada en el césped, escuchando a guías turísticos hablando en inglés y en francés explicando las ruinas griegas, las construcciones neoclásicas que se habían erigido en aquella montaña en mitad de Edimburgo. Desde allí, se podía ver todo el centro de la ciudad, observando los tejados de los edificios con más de doscientos años de antigüedad, se atisbaba el ring, el anillo de urbanizaciones residenciales, y, mirando hacia el otro lado de la montaña, se podía observar el puerto, el mar, el fiordo, los barcos, los yates y la zona comercial de la nueva ciudad.
Y sus amigos estarían ahora en una playa atestada de personas con ganas de quemarse la piel bajo sesiones de siete y ocho horas al sol de verano. O quizás estaban en el pueblo, bebiendo y bebiendo alcohol sin parar. Sin embargo, ella había preferido “exiliarse” dos meses para aclarar sus ideas, para organizar sus preferencias, para plasmar por escrito algunas novelas y para plantearse un reto a sí misma.
También porque empezaba la universidad en Septiembre y quizás, dejar todo tirado en su ciudad, decirles a todos que en dos meses se verían, no lo podría volver a hacer en varios años.
Por eso y por algunas cosas más, se encontraba ella tirada en el césped, a la sombra de unas ruinas griegas neoclasicistas, bajo un sol que no calentaba demasiado, escuchando hablar en inglés, francés y español, viendo una ciudad en la que llevaba ya casi tres semanas viviendo.
Y le estaba gustando mucho, demasiado…
Hemos de vivir en un mundo sustentado por unas cuantas palabras y, si las destruimos, tendremos que sustituirlas por otras. Ellas son los verdaderos atlas del mundo; si una de ellas nos falta antes de tiempo, nuestro universo se arruina. Juan de Mairena, Antonio Machado.
Fernando
Julio 29th, 2007 at 10:23 am
ella…;);)..no coment..besicos.
papalbina
Julio 30th, 2007 at 2:33 pm
si hay algo interesante en los viajes, lo disfrutas mas si vas sola… creo que voy a tener que hacer yo algo asi… lo que no se es si sacaré algo en claro a estas alturas
un beso