“Todas las historias del mundo, en el fondo,
se componen sólo de veintiséis letras.
Las letras son siempre las mismas y
sólo cambia su combinación.
Con las letras se hacen palabras,
con las palabras frases,
con las frases capítulos y
con los capítulos historias…”

(La Historia Interminable)


Reflexionad un momento…
Todas, TODAS, que es decir mucho, ¿eh?, todas las historias del mundo se componen sólo de veintiséis signos grafiados. Cuando nos emocionamos, cuando reímos, lloramos, nos sorprendemos, nos intrigamos, nos metemos en la historia, nos enamoramos de un personaje, nos atrapan las letras…
Son sólo eso, símbolos, apenas unas motas negras de tinta impresas en un papel.

¿Y pueden transmitir tantas emociones?
¿Nos pueden hacer sentir esas sensaciones?
¿Son capaces de hacernos viajar a otros mundos?
¿A que todos habéis sonreido a leer esta entrada?
Sí, parece mentira, pero sí a todas las cuestiones.

Porque, al fin y al cabo, como decía Nabokov:
Lo que uno busca en la literatura es un estremecimiento en la espina dorsal.